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miércoles, febrero 8, 2023

“¿Qué mirás bobo?”: insultos en la historia, la literatura y el fútbol

El insulto puede ser hiriente como una daga o sutil como una caricia, expresado con la grosería de un carrero o la delicadeza del diplomático. Son parte de nuestras vidas y de la historia; son palabras que pasan desapercibidas o solo pueden limpiarse con sangre que pretende lavar el honor mancillado…

La política ha sido causa de insultos entre contrincantes, correligionarios (quizás los peores enemigos) y opositores (que más de una vez merecen el improperio). En la política se va de la sutileza criptica a las expresiones soeces con la misma facilidad con la que se trazan alianza y se labran traiciones. 

Napoleón le decía a su ministro de relaciones exteriores, el astuto príncipe de Talleyrand: “Usted es mierda en una media de seda” y, sin embargo, trabajaron juntos hasta la derrota del Corso en Rusia. Haber sido el canciller de Bonaparte no le impidió a Talleyrand serlo también de los Borbones (que pensaban lo mismo que Napoleón pero no se lo decían…al menos no con esas palabras). 

Obviamente, los insultos más sutiles son los que más genio requieren y grandes maestros de la literatura –especialmente la clásica donde las expresiones malsonantes eran prohibidas– se convirtieron en expertos en metáforas y circunloquios para expresar la estulticia u otros defectos de su interlocutor. 

Me arrepiento de los tediosos momentos que he pasado contigo” dice uno de los personajes creados por William Shakespeare en ese delicioso Sueño de una noche de verano o “Tu rostro es como febrero, lleno de escarchas, tormentas y nubosidad” (“Mucho ruido y pocas nueces”). En La fierecilla domada las comparaciones son más directas: “Los asnos están hechos para cargar y tú también”.

“Tú eres el índice y el prólogo de la historia de la injuria y falta de pensamiento” pone en boca del celoso Otelo el bardo inglés.

Quizás el más despectivo sea el que usó en Los dos hidalgos de Verona: “Tienes más cabellos que talento y más defectos que cabellos y más riquezas que defectos”.

Entre poetas y escritores cuando existe rivalidad las ofensas pueden adquirir dimensiones épicas como la que se profesaban Francisco de Quevedo y Luis de Góngora. Como el primero acusaba al segundo de ser descendiente de judíos, le dedicó este verso teñido del antisemitismo propio de esos tiempos.

“Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino”

Y también hace alusión a su enorme nariz en estás célebres estrofas 

“Erase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa
érase un pez espada mal barbado;

era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase un Ovidio Nasón mal narizado”

Gracias a esta filosa pluma fue que Quevedo debió recurrir con frecuencia a su más filosa espada para defender en el campo de los hechos los odios que ganaba con sus versos ofensivos.

Pero Góngora no se quedó callado y agredió a Quevedo por su cojera:

“Anacreonte español, no hay quien os tope,
que no diga con mucha cortesía,
que ya que vuestros pies son de elegía,
que vuestras suavidades son de arrope.” […]

Y pasa a acusar a Quevedo de caer con frecuencia bajo la influencia del vino en el que busca fuente de inspiración :

[…]“a Brindis, sin hacer agua, navega.
Este sin landre claudicante Roque,
de una venera justamente vano” […]

Juan Ruiz de Alarcón (1581-1634) también se trenzó con  Quevedo  y su cojera: “Quien contra todos escribe, escribiendo con los pies” […]

Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) no calla hirientes palabras cuando a despreciar se pone:

[…]“es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.” […] (Engaño colorido)

O

[…] “Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.” (Redondillas)

Don Miguel de Cervantes y Saavedra (1547-1616), militar, funcionario y recaudador de impuestos, debe haber escuchado muchos insultos en sus días de andar, por tal razón los insultos no escasean en su obra maestra sobre las andanzas de hidalgo castellano…

A veces lo hace en forma cruda y destemplada: “Traidor, descompuesto, villano, infacundo, deslenguado, atrevido, desdichado, maldiciente, canalla, rústico, patán, malmirado, bellaco, socarrón, mentecato y hediondo”, también llama a su adversario “enemigo del género humano”, pero la más sonada de sus frases hirientes fue “Truhán moderno y majadero antiguo, de villana y grosera tela tejido, echacuervos, corazón de mantequillas, ánimo de ratón casero, alma endurecida, pan mal empleado”.

Más hacia nuestros días, el ingenio se hace más corto y la agresión más directa:

“Si tu cerebro fuera dinamita, no habría suficiente para hacer volar tu sombrero” le dice Kurt Vonnegut a un adversario corto de entendederas.

Winston Churchill (1874-1965), tanto como político y escritor, sabía ser hiriente. De uno de sus adversarios (el laborista Stafford Cripps) afirmó: “Tiene todas las virtudes que desteto y ninguno de los vicios que admiro”.

Contra Bessie Braddock (1899-1970) fue menos elegante, cuando ésta lo acusó de estar borracho. “Tal vez esté ebrio, querida”, le espectó, “pero por la mañana estaré sobrio pero usted seguirá siendo fea ” 

George Orwell (1903-1950) los desprecia a uno de sus personajes describiéndolo como “un agujero en el aire”, evidentemente relacionado con el insulto que usa Shakespeare en El mercader de Venecia: “Hablas una cantidad infinita de nada”.

Con el dramaturgo George Bernard Shaw (1856-1950) Churchill mantuvo una larga relación de amor/odio que se hizo evidente cuando esté lo invitó al estreno de una de sus obras: “Tráete a un amigo.. si es que tienes uno”, le escribió irónicamente Shaw, a lo que Winston contestó: “No podré ir al estreno, pero intentaré ir al día siguiente… si es que sigue en cartel”.

Tradiciones de la cancha y algo más…

Ya que estamos en modo mundialista, la cancha de fútbol ha sido y será  un lugar propicio para insultar, es más, sospecho que son lugares hechos con la finalidad de  denigrar a los 22 jugadores, a los directores técnicos, a los árbitros… y al VAR.

A los jugadores excedidos de peso los han llamado “cementerio de canelones”, a los pocos veloces, “pasalo a nafta”, a los poco habilidosos –comúnmente asociado con los “muertos”– les proponen donar los órganos, o “sacate las ojotas para correr”, o cuando se ponen añosos los invitan a afiliarse al Pami.

A los jugadores les han endilgado los epítetos más fantasiosos, como dengue, fantasma, cuco negro, los han invitado a ponerse la montura, o moverse afín de  no ser orinados por los perros cual estatuas.

A algunos los comparan con Norma Aleandro por sus dotes actorales al ser lesionados mientras buscan el salvador penal. Los han tratado de “negro quita hipo”, los invitan a barrar andenes, a poner el GPS, o a tomar laxantes para acelerar su  tránsito intestinal.

También les  gritan que tienen “menos pique que el Riachuelo” o “menos fantasía que estrella porno” o “menos reflejos que espejo de corcho”… Obviamente todos estos improperios concluyen con un recuerdo que poco exalta las virtudes de sus madres, esposas, hermanas, abuelas, tías y demás miembros femeninos de la familia. 

Para terminar, algunos de la propia cosecha como la vez que a un profesor lo felicité por “lo bien que habla de lo que no sabe”. Cuando un académico comenzó su alocución reconociendo  que tenía muchos defectos, lo invité rápidamente  a tomar asiento para no cansarse durante su prolongada enumeración.

Según Alessandro Manzoni (1785-1873), las injurias tienen la gran ventaja de ser admitidas sin prueba alguna, pero tanto los que proferimos como las que sufrimos no son pesados con la misma balanza, obviamente teñidos de parcialidad…

El insulto es un asalto (esta es su etimología latina assaliere), un ataque, una humillación, un descuere y una desestimación… pero quizás la fuerza del insulto no radique en su agresividad sino en el eco, en la reverberación del sonido que le otorga una trascendencia más allá de la emoción violenta para no caer en chabacanerías, obscenidades ni obviedades.

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