Pericles, la guerra y la peste

 Hacia fines de 432 a.C., enviados de Esparta (por entonces, una ciudad-Estado que lideraba una confederación de oligarquías llamada “Liga del Peloponeso”) llegaron a Atenas para presentar al consejo de gobierno ateniense “nuevas condiciones de paz”. Un apriete, digamos.

     Atenas (que encabezaba una liga de Estados democráticos conocida como la “Liga Ática” o “Liga de Delos”) tenía su fortaleza en el mar, tanto en su flota naval militar como en su flota mercante. La fortaleza de Esparta, en cambio, era su ejército. Atenas era una potencia comercial en el Mediterráneo, Esparta era una potencia militar. Las fuerzas de Atenas apuntaban a protegerse (de los persas luego de las guerras Médicas, de los espartanos, de los rivales comerciales), las fortalezas de Esparta apuntaban a la agresión. Después de la llamada “Primera Guerra del Peloponeso” (460 a 445 a.C.) ambas ciudades habían quedado dañadas; una especie de empate doloroso había dejado a los dos enemigos resentidos y en “estado sensible” el uno con el otro, y la firmada “Paz de los treinta años” apenas había durado algo más de diez hasta que empezaran nuevos escarceos bélicos por cualquier excusa, principalmente defender a ciudades aliadas miembros de las Ligas que cada uno encabezaba. El estado era de una tensión permanente y una guerra entre ambas parecía inminente.

     Ante la mencionada “advertencia-ultimátum” de Esparta, una asamblea multitudinaria (cerca de diez mil ciudadanos) se reunió en la colina de Pnyx para decidir qué hacer. Los más belicosos e intransigentes sostenían que Atenas debía tomar la iniciativa y atacar primero. Los más racionales decían que atacar a Esparta por tierra era suicidarse, dada la evidente superioridad del ejército espartano. Los más moderados proponían aceptar las condiciones espartanas y evitar conflictos, pero eso no resolvía el asunto: los espartanos percibirían el temor y además tendrían tiempo de sobra para agrandar su ejército y hacerlo aún más poderoso.

     Las ideas y opiniones iban y venían hasta que apareció en escena Pericles, el más importante estadista ateniense, que por entonces tenía más de 60 años. Respetado y valorado por todos, era considerado más un filósofo que un político, aunque Pericles navegaba cómodamente en las dos aguas; era un líder con carisma y sentido común.

     Pericles había hecho su aparición en la vida pública ateniense en 463 a.C. Pese a provenir de una familia aristocrática, se acercó a las clases medias y bajas (agricultores, artesanos, marineros, remeros, comerciantes), dándoles más voz y más voto en las asambleas, lo que hizo que se ganara su confianza. Con ese respaldo mayoritario empezó a darle su impronta personal a la política ateniense. Se opuso a expandir más de lo aconsejable el imperio democrático de Atenas; sostenía que si Atenas se expandía en exceso abarcaría demasiado y perdería el control político de todos sus dominios (el clásico “el que mucho abarca, poco aprieta”). En lugar de eso, prefería consolidar el imperio existente y afianzar sus alianzas. 

Pericles

    Durante más de 20 años Pericles dirigió numerosas expediciones marítimas. Fue siempre cauteloso y nunca inició una batalla que supusiese demasiada incertidumbre o peligro, basando su política militar en el principio de que la predominancia de Atenas dependía de su poderío naval, ya que creía que los espartanos eran un pueblo prácticamente invencible en tierra firme. Había sido cauto en la Primera Guerra del Peloponeso, priorizando maniobras estratégicas que redujeran al mínimo la pérdida de vidas por sobre ataques heroicos y sangrientos.

   Bajo la administración de Pericles, Atenas tuvo un período de prosperidad como nunca antes. Utilizó los dineros públicos para hacer obras de infraestructura: construyó los “Muros Largos”, murallas que formaban un extenso corredor que unía Atenas con los puertos de El Pireo y Phaleron y que complementaron las murallas principales de Atenas construidas por Temístocles; construyó teatros y templos, dispuso un estilo arquitectónico geométrico y estético, construyó el Partenón y transformó el aspecto y el espíritu de la ciudad, que bajo su mando entró en una especie de “Edad de Oro” de las artes y las ciencias.

     El estilo de gobierno de Pericles era similar a su estilo oratorio: sobrio, sereno, con dramatizaciones oportunas que buscaban conquistar a su audiencia, cosa que habitualmente conseguía. Pericles gobernó Atenas durante más de treinta años (461 a 429 a.C.). Tanto tiempo en el poder hizo que algunos lo consideraran un dictador encubierto, pero lo cierto es que el pueblo seguía apostando por él y los resultados de su liderazgo a lo largo de los años eran indiscutibles.

     Por todo eso, la palabra de Pericles en aquella asamblea era la más esperada por los atenienses. Y Pericles dejó sentada su posición: sostenía que ceder ante demandas unilaterales de los espartanos era un peligroso precedente y que las diferencias entre Atenas y Esparta debían ser resueltas con árbitros neutrales; pero también dejó en claro que si, llegado el caso, la guerra se instalaba, una guerra terrestre con Esparta sería suicida. Propuso entonces una forma novedosa de enfrentar el conflicto: proteger a toda la población quedándose dentro de las murallas de Atenas, en el espacio comprendido entre los Muros Largos construidos por él (que comunicaban Atenas con los puertos marítimos) y las murallas antiguas de la ciudad.

     “No morderemos el anzuelo, no los combatiremos en tierra; con nuestro acceso al mar mantendremos bien provista a la ciudad. Usaremos la marina para incursionar en sus poblaciones costeras, el tiempo acosándonos hará que se frustren, se quedarán sin dinero porque es muy costoso mantener bien alimentados a sus soldados, empezarán a pelearse entre ellos, sus líderes caerán en el descrédito y será inevitable para ellos aceptar la paz, con un costo mínimo para nosotros, tanto en vidas como en dinero”.

     El plan no les cayó bien ni a los intransigentes ni a los moderados, pero el prestigio de Pericles y la ausencia de ideas superadoras terminaron haciendo que su estrategia se aceptara. Y meses después comenzaría la guerra.

     Y ocurrió que los espartanos no se vieron frustrados por la estrategia de “negación de combate” de los atenienses; al contrario, se embravecieron y asolaron el territorio ateniense extra-muros, lo que comenzó a generar desaliento y quejas entre la población amurallada. Pericles imaginaba que eso podía ocurrir, y pedía constantemente paciencia a los ciudadanos.

   Pero para empeorar las cosas (y cómo), en el segundo año de la guerra se agregó un desastre inesperado: una peste feroz (que posiblemente haya entrado por el puerto, que se transformó en la entrada única de provisiones para la ciudad) se apoderó de la ciudad. Al estar toda la ciudad encerrada y hacinada, la peste se propagó rápidamente y costó la vida de más de un tercio de la población. La gente fue presa de un pánico general, y el mismísimo Pericles murió a causa de la peste en 429 a.C.

Funeral de Pericles (429 a.C)

     Los atenienses no lloraron a quien había sido su líder por más de treinta años; lo culpaban por la peste y protestaron por la ineficacia de su estrategia. Con la clásica conducta-panqueque del diario del lunes de la que siempre ha hecho gala la humanidad, las ideas de Pericles, antes tan aceptadas como elogiadas, eran ahora consideradas como las últimas y cansadas ideas de un anciano, y el amor se fue transformando en odio. Como tantas otras veces en la historia, un mal final predominó en el recuerdo del pueblo por encima de treinta años de progreso y prosperidad (la última foto siempre deja más impronta que una larga película).

    El legado de Pericles se ve en los trabajos literarios y artísticos de su Edad de Oro; la Acrópolis permanece como el símbolo de Atenas, pero el elemento más notable del legado de Pericles es el imperialismo ateniense. Los críticos de Pericles sostienen que ese imperialismo arruinó a Atenas; quienes lo elogian, en cambio, resaltan el humanismo ateniense ilustrado, que llegó a su máxima expresión durante su gobierno.

     Ya sin Pericles, los partidarios de la guerra directa se alzaron con más vigor, prometiendo recuperar la iniciativa y aplastar a los espartanos; era el mensaje que los atenienses querían escuchar en esos momentos. La peste fue cediendo y la ofensiva ateniense consiguió doblegar a los espartanos, pero éstos se recuperaron y la guerra se transformó en un “palo-y-palo” en el que ambos se desangraban. La crueldad de ambos bandos no reconocía límites, esos límites que seguramente habría puesto Pericles.

     Finalmente, con territorio arrasado y muertos por todos lados, en 421 a.C. se firmó la paz de Nicias, una paz entre dos ciudades dañadas. Esa paz duró apenas 7 años, ya que tanto Atenas como Esparta se habían quedado con la sangre en el ojo.

     Y en 415 a.C. volvió la guerra. Siempre lo mismo: Segesta (una ciudad aliada de Atenas en Sicilia) entró en conflicto con Selinunte, que fue socorrida por Siracusa (ciudad-Estado de Sicilia, aliada de Esparta). “Allá vamos”, dijeron los atenienses más belicosos, y atacaron Siracusa; de paso, agrandamos el imperio.

     Otro desastre en ciernes, y vaya si lo fue, ya que Esparta no tardó en reaccionar.

     Pero eso es otra historia (contada en “Atenas y las malas decisiones”).

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