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lunes, diciembre 5, 2022

Cinco premios Nobel y una infusión

Tenemos la falsa impresión que hay enfermedades que han quedado en el pasado y nunca volverán. Nos asustan a diario con nuevos virus mutando a velocidad de terror y que algunos medios difunden con “morboso placer”.
El mundo es mutación, de nuestros genes, de las plantan que comemos y los gérmenes que nos invaden. Sin mutaciones no hay vida ni evolución… Nada es inalterable en biología; el cambio es lo único que no cambia. Por tal razón creo que no debemos estar tan temerosos de las nuevas amenazas si aún no pudimos con las viejas. 
Estamos muy preocupados por las nuevas variantes del covid y de la viruela del mono, pero las enfermedades de transmisión sexual han aumentado un 50%, el sida sigue siendo una pandemia y la gente se muere de hambre o de obesidad… Y entre las más antiguas causas de mortandad está el paludismo. Quizás no exista otra enfermedad que haya dejado más improntas en la humanidad que la malaria.
Probablemente Lucy, el australopithecus más antiguo que se conoce, haya padecido malaria y es lícito hacer esta afirmación porque probablemente la mitad de todas las personas que murieron desde Lucy hasta nuestros días padecieron malaria, enfermedad que, de una forma u otra, los asistió a morir. Aun hoy hay 250 millones que la sufren y 650.000 de estos afectados mueren al año por su culpa.
Si queremos irnos más allá, es posible que los dinosaurios que poblaron al planeta también hayan sido afectados por el plasmodio, que ya existía en los mosquitos de hace más de 30 millones de años (se ha hallado el plasmodio en dípteros atrapados en ámbar). 
Si las aves y los reptiles actuales están afectadas por este plasmodio, también lo pudo estar el argentinosaurius o el tiranosaurius rex. 
Los síntomas de la malaria -fiebre periódica, cefalea y escalofríos- eran conocidos por los médicos de la antigüedad -así figura en el Papiro de Ebers (1570 a.C.) y en los textos chinos-.
Decíamos que Lucy pudo haber padecido malaria, pero sí tenemos la certeza que entre sus víctimas estaban Tutankamón, Alejandro Magno, Aníbal el cartaginés y Gengis Khan.
Fue Hipócrates quien la clasificó en su forma terciaria y cuaternaria -es decir que cada tres o cuatro días se manifestaban las fiebres-. Los egipcios se frotaban ajo sobre la piel para evitar la picadura de mosquitos y los chinos usaban al Quinghao o artemisia para tratar estos síntomas. 
Ya los romanos habían establecido una relación entre las aguas estancadas y los pantanos con la aparición del paludismo. Fue Francesco Torti (1658-1741) quien llamó “malaria” a esta enfermedad, justamente por el aire pestilente que brotaba de los pantanos, pero debieron pasar dos siglos para que Alfret Freeman Africanus Ring (1841-1914) estableciese la relación entre mosquitos y malaria. Este médico estadounidense fue uno de los pocos profesionales que sirvió tanto en el ejército confederado como el federal durante la guerra civil y estuvo presente cuando el presidente Lincoln cayo abatido por John W. Booth. El curioso nombre Africanus se lo puso su padre por la admiración que tenía por ese continente y no porque Alfred fuese un hombre de color. 
En 1898 el doctor Ronald Ross (1875-1932) pudo probar que el mosquito era vector de este plasmodio, razón por la cual le fue concedido el Premio Nobel de Medicina. Fue el primero de los cinco premios otorgados por la Academia Sueca, que honraron a estudiosos del tema relacionados con la malaria.
Para llegar a esta conclusión, Ross había leído los trabajos de Charles Louis Alphonse Laveran (1845-1922), un médico francés que ejercía en Argelia. Éste había visualizado al microscopio a estos plasmodios en la sangre de un afectado por paludismo. A su vez, Ross había continuado con los trabajos de Sir Patrick Manson (1844-1922) -llamado el padre de la medicina tropical- quien tenía la fuerte sospecha que los mosquitos actuaban como vectores.
Cuentan que para estudiar mejor a estos dípteros, Masón le envió una carta al Museo Británico solicitando los libros sobre el tema a fin de disecar mejor a los mosquitos. La respuesta pasó a la historia de la medicina: “No disponemos de libros sobre mosquitos, pero le enviamos uno sobre cucarachas, esperando que le sea de utilidad”. A pesar de esta desavenencia, Manson no se dio por vencido, y publicó sus conclusiones sobre el mosquito como vector del paludismo. 
Para demostrar su hipótesis, Manson obtuvo fondos para enviar a Ronald Ross a la India, donde después de un minucioso proceso de investigación y debates, publicó sus conclusiones. Casi al mismo tiempo, Giovanni Battista Grassi (1854-1925) y Amico Bignami (1862-1929) publicaron su hipótesis sobre la trasmisión de la malaria por la picadura de mosquito. Fueron ellos los primeros en infectar de manera experimental a un voluntario humano con malaria mediante la picadura de un mosquito parasitado.
Pero, a pesar de todos estos antecedentes, el Nobel no fue a manos de Manson, ni Grassi ni Bignami, sino para Ross… ¿por qué? Quizás sea por esos caprichos de los académicos suecos, por falta de información o por afinidad ideológica. Lo cierto es que en 1902 le fue concedido el Nobel a Ross. Sin embargo, este reconocimiento no lo hizo muy feliz. Digamos que Ross era un tipo amargado, de pocos amigos que escribió después de su consagración: “He perdido dinero y no he recibido más que escepticismo e injurias… la palabra malaria me pone tan enfermo como la propia enfermedad”. ¿Qué podían decir los demás excluidos? A Laveran no le fue tan mal, porque el Nobel le fue concedido en 1907 por “el papel de los protozoos en el origen de la enfermedad”. 
Terminada la Primera Guerra algunos profesionales se percataron que las personas que padecían malaria y sífilis al mismo tiempo, no sufrían las terribles consecuencias de la enfermedad terminal o cuaternario sifilítico. Esta demencia luética se caracterizaba por conductas megalómanas, es decir delirios de grandeza. De allí viene la caricatura de retratar a los locos como Napoleó. Al doctor Julios Wagner-Jauregg (1857-1940) se le ocurrió que para tratar a estos locos lo mejor era infectarlos con el plasmodio de la malaria y ¡voila! Se curaban. En 1927 a Wagner-Jauregg le fue concedido el Premio Nobel de Medicina por la malarioterapia.
Sin saberlo, la malaria que tantos pesares le ocasionara a nuestro Manuel Belgrano, había salvado al creador de la bandera de caer en la locura (aunque fuera una de las concausas de su óbito).
Ahora que se sabía de los mosquitos y del plasmodio, había que buscar una cura porque durante las guerras los soldados morían de malaria y no por las balas.
Paul Ehrlich (1854-1915) fue uno de los grandes científicos de su tiempo quien se dedicó sistemáticamente a investigar la capacidad terapéutica de distintas drogas. Así fue como descubrió la capacidad antipalúdica del azul de metileno. A pesar de evitar la malaria, el paciente se quejaba porque el blanco del ojo se ponía azul y orinaba del mismo color. 
Desde hacía años los españoles habían aprendido de los incas la extracción de la quinina de la corteza del quino, pero este árbol crecía en la espesura de la selva amazónica, razón por la cual tanto los alemanes como los aliados desarrollaron cientos de compuestos hasta llegar a la hidroxicloroquina, un potente antipalúdico que no tenía los efectos colaterales de la quinina o chinchona (nombre otorgado en honor a una condesa española que fue tratada con la quinina).
Durante la pandemia del covid-19, la hidroxicloroquina fue propuesta y utilizada como antiviral, pero su uso creó un fuerte debate y abandonado su uso por “efectos colaterales” cuando millones de soldados norteamericanos, ingleses, japoneses y alemanes la había utilizado con éxito para mantenerse sin fiebre en las zonas tropicales durante la Segunda Guerra. Un tema curioso que aún nos hace ruido. 
La otra parte de la batalla contra la malaria era la destrucción del mosquito y a tal fin se usó un producto incoloro, insípido e inodoro que no era el agua sino el DDT. Este se lo conocía desde 1874 pero su acción insecticida la descubrió el suizo Paul Hermann Müller (1899-1965), razón por la cual éste recibió el Nobel en 1948.
Poco duró el prestigio del DDT cuando en 1962 Rachel Carson (1907-1964) publicó Primavera Silenciosa donde revelaba los efectos tóxicos del DDT.
No solo este era un punto oscuro en la investigación sobre los antipalúdicos, durante la Segunda Guerra Mundial, el profesor Klaus Schilling (1871-1946) inoculó distintos productos en mil internos del campo de concentración de Dachau, sin su consentimiento. De ellos murieron 400. Los americanos no se quedaron atrás e hicieron algo parecido con los internos de la prision Stateville. Schilling fue condenado en los juicios de Nuremberg a morir en la horca. 
Nos falta el quinto Nobel de esta larga historia y este fue otorgado en el año 2015 a Tu Youyou (1930), la primera mujer china en recibir este premio, sin un título de posgrado, sin haber trabajado fuera del país ni pertenecer a ninguna academia china. Fue ella quien, a pedido de Mao Tse Tung, buscó la receta tradicional de la medicina china del año 340 a.C. escrita por Ge Hong (283-343 a.C.) para encontrar un tratamiento eficaz contra la malaria que estaba haciendo estragos entre los soldados de Viet Cong. De acá surgió la artemisinina, mencionaba al comienzo del artículo. 
Probablemente los lectores no sepan de dónde proviene el nombre Youyou de la profesora Tu, pero existe un antiguo poema chino que dice así:
Youyou, bala el ciervo
pastando la artemisa de los campos

Un nombre premonitorio que los padres de la profesora le pusieron a su hija, hasta ahora el último Nobel en la lucha contra la malaria. 

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