Manuel Belgrano: El coleccionista de dientes

El futuro biógrafo nació justo un año y un día después de la muerte de su biografiado. Vino al mundo en medio del regocijo de los suyos pero en un clima de angustia colectiva, de violencia y de pasiones políticas desatadas sobre Buenos Aires, pero que ya estaban en marcha cuando lo sorprendió la muerte al otro.

El biógrafo no supo hasta muchos años después, cuando su vocación por el pasado, por los documentos, los archivos y los testimonios lo acercaron a la historia del país, que su biografiado había muerto pobre e ignorado por la opinión pública. Pasados algunos días del deceso, un sólo diario de los ocho que se editaban en la ciudad, el Despertador Teofilantrópico del padre Castañeda, dio a conocer la noticia a los porteños al tiempo que se hacían unos funerales sin estridencias en la iglesia de Santo Domingo, a unos pasos de la casona familiar donde había nacido y también muerto el biografiado.

Supo también, a su momento, que este fallecimiento fue silenciada por los políticos del momento, más preocupados

en sus rencillas y apetencias de poder, que en dar el merecido homenaje a un hombre que tanto había hecho por el país.

El biógrafo, Bartolomé Mitre, fue una pluma esencial de la historia moderna de Sudamérica, uno de los padres de la historiografía argentina y uno de los hombres públicos que más peso tuvo durante el siglo XIX. El biografiado, Manuel Belgrano, fue uno de los gestores de la revolución de Mayo, creador de la bandera y figura destacada en los primeros años independientes.

Desde aquellos días de 1810, los hombres de Buenos Aires, convencidos de que tenían un destino natural de conduc- ción, por haber sido la capital de virreinato y el foco principal donde nació la revolución, por poseer puerto, venían impo- niendo su voluntad sobre el resto de las provincias. Soberbia y mañosamente sus ilustrados hombres digitaron reglamentos, leyes, asambleas, congresos y hasta constituciones, sin atender mayormente las posturas ideológicas y culturales de los hombres del Interior. Tampoco sus economías y sus sociedades. La puja entre un centralismo descarnado y una defensa, aun- que anárquica, de las autonomías provinciales se había prolongado hasta 1820, creando un clima de angustia colectiva y de violencia sin aparente solución.

A principios de febrero de ese año la tensión política entre los bandos estalló. Las montoneras santafecinas dirigidas por Estanislao López y las comandadas por el entrerriano Francisco Ramírez, entraron a Buenos Aires, tras despedazar al Ejército Nacional en los campos de Cepeda. Un descarnado revanchismo provinciano inundó los aires de la ciudad, exigiendo al mismo tiempo la disolución del Directorio como

máxima autoridad, también del Congreso, y la elección de un nuevo gobierno en acuerdo con las provincias.

Las acciones se desencadenaron con vértigo. Rondeau renunció y el cetro del gobierno de Buenos Aires sufrió la seguidilla interminable de hombres que demostraron no estar a la altura de las circunstancias en el momento de posar sus asentaderas en el gobierno. Un día estuvo un tal Miguel de Irigoyen. Al otro, el benemérito Juan Pablo Aguirre. Después vino Manuel de Sarratea y después Hilarión de la Quintana. Más tarde llegó Juan Ramón González Balcarce, para caer nuevamente la brasa encendida del gobierno en manos de Irigoyen y después de Sarratea, otra vez.

Los describen como días cortos y opresivos, y de grandes divisiones. Tan profundas que la política marchaba por una senda y la vida por otra.

Días difíciles esos de la primera mitad del año 1820, en que no había tiempo para retener tantos nombres ni rostros luchando por una cuota de poder. Menos para ocuparse de una muerte.

***

La delgada sábana cubrió por fin el pequeño cuerpo aún tibio. Las palabras finales del doctor Joseph Redhead, el médico de cabecera que lo había venido tratando desde su vuelta de Tucumán a Buenos Aires en el mes de marzo de ese año, lograron al fin convencer a la familia de que nada quedaba por hacer.

Un clima de sosiego, de quietud y de cansancio se desplomó sobre el ánimo de los presentes haciéndoles entender que ni espejos ni velones cerca de la nariz, ni plegarias con llantos podrían devolverlo a la vida.

Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús, tal era su nombre recibido con óleo y crisma de bautismo hacía cincuenta años en la catedral de Buenos Aires, murió a las siete de la mañana del 20 de junio de 1820. Lo hizo apenas unas horas antes de que Ildefonso Ramos Mejías, Juan José Dolz y el general Miguel Estanislao Soler, designados por las autoridades porteñas uno, por el cabildo el otro y por el ejército que comandaba el último, se disputaran el poder entre sí haciendo pasar aquella jornada a la historia como el “Día de los tres gobernadores”.

–“Me hallo muy malo y duraré muy pocos días”, le había susurrado el enfermo a su amigo José Celedonio Balbín, la tarde anterior, como preparándolo para una verdad que no tenía remedio.

Esta frase venía repitiéndola desde hacía tiempo, acom- pañada de un lamento que tenía que ver con su pobreza, pro- ducto de los sueldos que el gobierno nunca le habían cancelado por su batallas y trabajos a favor de la Patria, y por el estado en que veía a su amada Buenos Aires tras tantos años de errores y desaciertos en la conducción del gobierno. Los efectos de Ce- peda se hacían sentir con profundidad en la ciudad, atormentándolo ante la imposibilidad de no poder hacer nada.

No se sabe de qué murió Belgrano. Su biógrafo, años después apuntó que “expiró hidrópico”, es decir a raíz de una acumulación de humor seroso en su cuerpo, más exactamente en sus piernas, debida a la hinchazón que describió, combinada con una cirrosis hepática. De seguro este cuadro debió

producirle una insuficiencia cardíaca irreversible, teniendo en cuenta el abultado tamaño que mostró su corazón cuando lo abrieron para someterlo a una autopsia.

Belgrano nunca había sido un hombre sano. Según el certificado firmado por los médicos Miguel O’Gorman, Miguel García de Rojas y José Ignacio de Aroche en 1796, apenas llegado de España tras hacer sus estudios en leyes, el joven estudiante portaba ya algunos trastornos significativos.

Aparte de traer obras de los ilustrados de moda en Euro- pa, un título en leyes, y vivencias e ideales referidos a la liber- tad y la igualdad entre los hombres, Belgrano trajo disimulado por sus ropas “un vicio sifilítico” producto de una vida sexual desatada en Salamanca, en Madrid o en alguna recámara de Valladolid. El mozuelo contaba con 23 años a su arribo al Plata, era bien parecido, culto por demás, y según se rumoreaba ha- bía disfrutado de la vida universitaria a lo grande con algunas señoritas de ocasión. Abogado de profesión, experto en ciencias económicas, en política y en filosofía, y con el cargo de se- cretario del Real Consulado, tuvo que convivir con un chancro en su piel como si fuera una marca grabada a fuego.

Más tarde le diagnosticaron dolencias reumáticas, que se potenciaron con el clima de Buenos Aires, y una afección ocular en los lagrimales que lo acompañó hasta los últimos momentos de su vida. Cuando asumió la responsabilidad de las campañas al Norte, padeció fuertes molestias intestinales y vómitos de sangre, como el ataque que vivió en vísperas de la batalla de Salta. Durante su marcha al Alto Perú, se enfrentó a un paludismo con intensas fiebres que fueron minando su organismo hasta debilitarlo por completo.

Tenía peso y estatura medios, pelo rubio, facciones finas y delicadas, y una inteligencia y preparación más aptas para las ideas y la acción política que para el rigor de las batallas, las inclemencias del clima y la crudeza del trato entre los hombres a que somete la guerra.

A sus seres queridos no les costó mucho manejar ese cuerpo inerte, casi sin carne, en el momento de amortajarlo con el hábito blanco y la capa negra de los dominicos. Tampoco tuvieron problemas para dejarle el escapulario y doblada la capucha como él había dispuesto. Estos habían sido sus últimos deseos, teniendo en cuenta la fe y devoción que había profesado en vida hacia los religiosos, a los que se sumaron trámites de orden y saldo de cuentas que su familia cumplió de inmediato.

En lo que sí tuvieron problemas fue en la caja donde depositarlo, teniendo en cuenta la escasez de dinero de que disponían, y en la piedra que cubriría su tumba para poder identificarlo.

Los últimos meses habían sido penosos para Belgrano. Se fue desprendiendo de algunos bienes materiales para obtener remedios y pagar servicios y favores recibidos. Nada quedó para su entierro. El gobernador Ramos Mejías le había entregado unos meses antes del desenlace, con documento oficial de por medio para que constara que el gobierno lo ayudaba teniendo en cuenta su precaria salud, la suma de $300 para su curación. Recibió sin esperarlo una nota de Belgrano en donde le acercaba su eterno agra- decimiento sabedor del estado en el que se encontraban las rentas de la provincia.

Los últimos días fueron los peores. Casi inválido y sin fuerzas, falto de medicinas y con la imperiosa necesidad de no dejar deudas porque su conciencia lo azuzaba, Belgrano solicitó al gobierno que le liquidaran el importe en dinero de unos azogues que había tomado en el Perú como pago cuando su avance hacia el Norte.

La respuesta no se hizo esperar. Un joven muchacho, que probablemente desconocía de sus campañas al Paraguay y al Norte, y de sus triunfos en Salta y Tucumán contra los godos; que de seguro ignoraba la organización hospitalaria que había encarado entre las tropas, y el tribunal militar que había implementado para imponer disciplina; y que nunca escuchó de las escuelas que legó de su propio dinero, sin que se concretaran nunca, en Tarija, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero para acabar con la ignorancia, se presentó ante su cama, sin siquiera cuadrarse en señal de respeto por el hombre que tenía enfrente a entregarle la nota en mano. El papel oficial le denegaba el pedido aduciendo crisis en el erario público provincial y austeridad como primera y última medida para salir de ella.

Cubierto el cajón con un paño negro, y depositado en el piso de la iglesia, la tierra poco a poco lo fue envolviendo hasta hacerlo de ella. Una lápida de mármol improvisada, sacada de algún mueble de la casa, a la que se le estamparon unas letras con su nombre, sirvió para dejar testimonio de que muy cerca del atrio de la iglesia descansaba el brigadier general don Manuel Belgrano, muerto aquel día, pobre y olvidado.

***

La lejanía y el desdén a los que el tiempo somete irremedia- blemente a muchos hombres y a ciertos hechos no le pasaron nunca desapercibidos al joven biógrafo. La historia de la Ar- gentina durante el siglo XIX comenzó a ser escrita por Mitre con vistas a darle una identidad propia al país. Era un bucea- dor obsesivo de papeles y documentos guardados en archivos en Montevideo, La Paz, Lima, Santiago, Valparaíso, el Plata, o en el Interior de la República.

El futuro historiador copió afanosamente desde muy joven un escrito tras otro. Buscó en cajones y en carpetas documentos oficiales guardados por algún empleado y les pidió a sus amigos y conocidos que le mandaran material cuando un tema se le aparecía y lo perseguía como su sombra. Cada tanto, si lo dejaban solo en habitaciones que oficiaban de repositorios públicos, con los partes de batalla aún con olor a pólvora, las proclamas exudando órdenes, o la correspondencia trasluciendo los más íntimos secretos, se guardaba uno que otro documento, sintiendo que el peso del tiempo, la importancia de lo hallado y el abandono en que se encontraba merecían tal acto. Solía justificarse ante sí pensando que era preferible que él los conservara antes de que la indolencia de sus compatriotas les pasara por encima.

De a poco fue adoptando la actitud de un coleccionista, ávido de poseer lo que fuera y como fuera. Así logró formar un archivo privado de gran magnitud y calidad, que después llegó a ser uno de los más importantes del país, y que catalogó pacientemente con vistas a sacar de allí la levadura para sus escritos. También consiguió objetos de valor, como bastones, sombreros, plumas y libros, entre otras cosas, que

compró o se los obsequiaron, para atesorarlos celosamente en vitrinas y estantes como si fueran partes vivas de sus antiguos dueños.

De ese modo fue reconstruyendo la historia Mitre, en medio de la guerra del Paraguay; batallas, como Cepeda, Caseros y Pavón; la gobernación de Buenos Aires; la presi- dencia de la República bajo el régimen de la Constitución del ‘53, y la fundación del diario La Nación, entre otras mu- chas actividades.” Cuando las vidas política y militar le da- ban un respiro, se encerraba por las noches, “único momen- to en que soy dueño de mí mismo”, decía, a escribir obras con las que intentaba entender al país y hacerlo entender.

Aunque muchas veces no se cuidó de consignar fechas y datos precisos, como así tampoco de mencionar las fuentes documentales o de interpretar correcta y ecuánimemente lo que leía, Mitre fue fabricando una historia nacional en base a una galería de celebridades que según él debían ser imitadas. Sus modelos para narrar los sucesos del pasado fueron Belgra- no y San Martín, para él, artífices privilegiados y tocados por la providencia.

Dicen que Mitre no se encontró con su hombre por casualidad. Según las malas lenguas, o al menos las más afiladas por el rencor y el odio que despertó entre algunos intelectuales de la época, como Alberdi, Mitre tomó la idea de un amigo y colega, el uruguayo Andrés Lamas, sin importarle. Al parecer, por su pedido, Mitre juntó durante algún tiempo documentos, testimonios y objetos del patriota, para enviárselos a la otra orilla del Plata a fin de que terminara una biografía inconclusa.

Pero surgió entre tanto su participación en un libro, el después conocido “Galería de celebridades argentinas”, con un capítulo sobre el patriota a pedido de un editor.

¿Por qué desprenderse de Belgrano si es de Buenos Aires? se habrá dicho el historiador mientras ordenaba lo hallado y llenaba por las noches páginas con su pluma. ¿Por qué entregar este material si le pertenece a la Argentina?

Primero fue un artículo, luego una obra más grande que terminó, convirtiéndose en fundacional dentro de la historiografía científica argentina.

En 1858 don Bartolo, como lo conocían, actuando con solemnidad por el acto del que era el gran protagonista, dejó en el escritorio de los dueños de la famosa librería de la Victoria, Ledoux y Cía, un paquete con un montón de cuartillas prolijamente escritas para que cobraran cuerpo. Era el resultado de varios años de esfuerzo y de la lectura de al menos diez mil documentos manuscritos usados para terminar su libro.

La obra no se hizo esperar y de inmediato, ese mismo año, comenzó a ser vendida en cuadernillos para una en- cuadernación final.

Las críticas fueron dispares, pero no lo amedrentaron en su pasión histórica. Hubo tiempo para el agradecimiento, pero también para aquellos que la caracterizaron como una “historia de un zonzo escrita por otro zonzo”. Tenía 37 años de edad y era sólo el comienzo.

***

Ya consagrado como historiador, el biógrafo cerró la historia personal con su biografiado, que no fue fácil, en 1902, a los 81 años.

A poco de morir, y como si de dejar curadas algunas he- ridas del pasado se tratara, la sola presencia en sus manos de ese diminuto talismán le devolvió la idea de la fugacidad de las cosas, del olvido de los hombres sobre los hombres, y de las trampas constantes de que son capaces por una cuota de poder. También el gusto y deleite por poseer objetos.

Era viejo ya. Se permitía pensar y decir todo cuanto le viniera en mente, y hacer, sin importarle, los comentarios más filosos.

Algunos días antes de estas cavilaciones, el 4 de setiembre en horas de la tarde, se exhumaron los restos de Belgrano, enterrados en 1820, para llevarlos a un mausoleo erigido en las proximidades de la misma iglesia donde estaba enterrado. Una colecta popular había permitido su construcción, cumpliéndose con el traslado y la reparación histórica que el héroe nunca había tenido.

Mitre recibió la invitación oficial para presenciar el acto con mucha antelación. Tras un tiempo de pensarlo, de repasar los nombres de algunos personajes y seres queridos que había acompañado al descanso como Lavalle, Brown, Paz, Alsina, Pacheco, Mármol, Molina, y a su esposa Delfina y algunos de sus hijos, pretextó fatiga y dolencias en su cuerpo para no verse mezclado con la situación.

El día de la exhumación ocurrió algo insólito dentro de las honras fúnebres tributadas a los héroes de la patria. Algu- nos funcionarios del gobierno del general Roca estuvieron en

el acto, junto con el prior de los dominicos, el padre Becco, y familiares del prócer, Carlos Vega Belgrano y Manuel Belgra- no, nieto y biznieto correspondientes. Un gentío, teniendo en cuenta el acotado espacio físico del lugar, estuvo con la comiti- va para rendir su homenaje.

Según los periódicos de la época, entre ellos La Nación y La Prensa, una vez retirada la lápida no se halló ningún cajón en la bóveda saltando la alarma entre los funcionarios de que allí no se encontraba el cuerpo del héroe. Se habló de la desaparición del mismo, se imaginó su sustracción y hasta se especuló con un posible boicot hacia el gobierno.

El público fue empujado por la comisión organizadora fuera de la iglesia, en medio de un gran nerviosismo y confusión, pretextando la necesidad de poner orden frente a lo ocurrido.

Los hombres de la generación del ́80, con Roca a la cabeza, eran expertos en hacer uso político de traslados, re- patriaciones y discursos de algunas figuras destacadas de la historia. Los recuerdos de San Martín y Alberdi, entre otros, todavía seguían frescos dando una prueba de la capacidad de acción de ese grupo político.

La zozobra dio paso de inmediato a la calma una vez que se siguió cavando y descubrieron los restos. Los ministros del Interior y de Guerra, doctor Joaquín V. González, y el teniente coronel Juan Pablo Ricchieri, junto a los médicos Marcial Quiroga y Carlos Malbrán, contuvieron el aliento al ver aparecer solo clavos y tachuelas, y vestigios de huesos carcomidos por el paso del tiempo. Unos dientes perfectamente conservados brillaron en lo gris del espectáculo, poniendo una nota de color a la desolación que mostraban los restos dejados en una bandeja de plata usada para la ocasión.

Días después se conoció el triste colofón de esta historia. Manos anónimas, que después resultaron ser las de Joaquín V. González y Juan Pablo Ricchieri, funcionarios oficiales del gobierno de la Nación, tomaron esos diminutos objetos con un destino incierto. Las versiones fueron múltiples y dudosamente aclaradas.

El diario La Nación calló el incidente a la opinión pública, mientras que La Prensa recogió el guante dando a conocer que uno de esos dientes había sido entregado a don Bartolomé Mitre, un viejo coleccionista, gracias al ministro de Guerra.

El biógrafo no ofreció batalla esta vez ni se batió a duelo de palabras con nadie. Era viejo y estaba más allá de todo.

Como alguien después escribiera: el patriota que menos había comido en su corta y gloriosa vida con los dineros de la patria, volvía a estar en boca de todos. Ya era polvo, pero no había sido olvidado.

TEXTO EXTRAÍDO DEL LIBRO: HECHOS POLVO (Olmo Ediciones)

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