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domingo, junio 26, 2022

La independencia esclavista

     Acerca de esas batallas, Benjamín Franklin, en una de sus lúcidas intervenciones, desafió: “los británicos han gastado 3 millones de libras para matar apenas a 150 yanquis… pero en el último año han nacido 60 mil más, ¿cúanto tiempo hará falta para matarnos a todos?” George Washington tenía tiempo, paciencia y un territorio más que extenso para retirarse y esperar mientras mejoraba y disciplinada sus tropas, y los ingleses sólo podían abastecerse por mar. Mientras la guerra de la independencia de las 13 colonias británicas contra Inglaterra continuaba, el país progresaba en todo su extenso territorio. Puestas sus estrategias sobre la mesa, los norteamericanos obtuvieron lo que esperaban: la victoria. 

     Pero para consolidarla necesitaban asegurarse un gobierno apropiado, y eso sí que no lo tenían. A diferencia de las colonias españolas, sujetas desde el cuello por una enorme y asfixiante madre patria, la ausencia de un control minucioso por parte de la Corona británica en sus colonias había hecho que las instituciones políticas y administrativas evolucionaran separadas y bastante independientes, sin haber sido impuestas por la autoridad colonial.

     Así que para gobernar ese conjunto de estados separados pero con el objetivo común de manejar sus propios destinos, no se decidieron por un gobierno sino por varios, que tuvieran vinculación entre sí; estaban creando algo así como una Liga, una Confederación, no una nación. Los artículos estatutarios no contemplaban un jefe del poder ejecutivo, ni revisiones judiciales de las leyes de cada estado, y menos aún una autoridad consensuada que decretara impuestos. Llamaban a eso “salutary neglect” (“conveniente negligencia”).

     Si tan enorme revolución sólo daba como resultado una “liga de naciones”, nunca serían tomados en serio como potencia, pensaban. No podrían firmarse tratados como nación y serían mirados con desconfianza por otros países más antiguos. “Hemos pasado nuestro Rubicón, y la cuestión es si debemos mantenernos separados en clanes al mando de caudillos que mantendrán nuestro territorio en constante agitación o si nos uniremos todos para establecer un gobierno eficiente que incluya todo el territorio de los Estados Unidos”, decían los así llamados “Padres Fundadores”.

     Así que los estadounidenses empezaron su propia revolución interna buscando cómo gobernarse ellos mismos. Los encuentros y las discusiones eran permanentes; el primer encuentro fue en Mount Vernon, en el que Maryland y Virginia discutieron por la navegación del Potomac; había encuentros para resolver muchas cuestiones diferentes, y las más  frecuentes eran las discusiones sobre los aranceles internos. Así, los aranceles acordados iban siendo enmendados constantemente, hasta que se decidió organizar una “convención constitucional” que se hizo en 1785. Washington fue el anfitrión, y James Madison y Alexander Hamilton llevaron la voz cantante. Los impuestos seguían en primer plano y la hoja de ruta se extendió a l786 y 1787, en la convención de Filadelfia. Allí nació la Constitución, diez años después de haber gritado la independencia, que en 1788 sería ratificada y se transformaría en la Constitución de más larga vida y menos modificada del mundo

     Pero los firmantes no habían quedado del todo convencidos aún, y eso empujó a James Madison, Alexander Hamilton y John Jay a redactar “Los artículos federalistas”, un conjunto de 85 textos y ensayos de mucha mayor extensión que la Constitución y que justificaban la aprobación de la misma. Los mismos fueron aprobados por el estado de New York en 1788, y la Constitución fue ratificada. Los “artículos federalistas” son un compendio de estrategia política y buscan dejar establecida la necesidad de alinear las aspiraciones con las posibilidades. Hamilton planteaba el hecho de que la UNIÓN (Hamilton mismo la escribió con mayúsculas) implicaba insastisfacción y problemas para muchos, sacrificio y dejar de lado apetencias. En este sentido, James Madison, unos de los llamados Padres Fundadores, decía que la independencia no había librado a EEUU de los peligros de las ambiciones egoístas.

Página de título de la primera colección de “The Federalist” (El Federalista, 1788). Este volumen en particular fue un regalo de la esposa de Alexander Hamilton, Elizabeth Schuyler Hamilton, a su hermana Angélica.

     Había que estudiar y decidir qué se aceptaría, qué no, a quién le convenía cada decisión que se tomara y a quién no. Revocar la libertad sería un remedio peor que la enfermedad; curar ésta con igualdad, sin embargo, no garantizaría la seguridad de nadie. Atendiendo a que los distintos estados tenían una extensión pequeña y estaban cercanos entre sí,  se decidió que los grandes intereses colectivos serían atendidos en la gran asamblea nacional y los intereses locales y particulares serían atendidos por cada estado. Los fundadores (sobre todo “los siete Padres Fundadores”: George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, James Madison, John Adams y John Jay) dejaban así que la Unión se probara a sí misma.

     Pero pocos cuestionaban (al menos abiertamente) durante esos primeros años algo por lo que muchos darían su vida por cambiar, años después: que la Constitución de los EEUU, que prometía “una Unión más perfecta”, legitimara el esclavismo. La Declaración de la Independencia declamaba que “todos los hombres han sido creados iguales”, pero la Constitución no reconocía eso en su texto.

   Thomas Jefferson temía quedarse sin Estado si los esclavos eran liberados junto con la independencia del país; de hecho, su postura parecía (¿deliberadamente?) ambigua, ya que decía que “todos los hombres fueron creados iguales”, pero a la vez reafirmaba los derechos autónomos de cada uno de los estados, entre los cuales se encontraba el de defender la esclavitud. El mencionado temor de Jefferson quedaba expresado en la jerga legal de la Constitución, en la parte en la que considera el método de asignación de cada estado en la Cámara de Representantes: se contaría el “número de total de personas libres” y a ese número se le sumarían “tres quintos de las demás personas”. Más claro, agua. También decía “ninguna persona obligada a trabajar para otro en un estado, que escape a otro estado, será exonerada de dicho servicio o trabajo.” La palabra “esclavitud” no aparece, pero ni falta que hace. Madison también era críptico: “sería deseable que el poder de prohibir la importación de esclavos no se hubiese pospuesto hasta 1808 o, más bien, que se hubiese tolerado su inmediata puesta en marcha.” “Tolerado”, dice. Genial. Negaciones y afirmaciones en potencial, mezcladas en una frase que hay que leer varias veces para entender si está a favor o en contra del esclavismo, y que encierra hipocresía ya que Madison había defendido la mencionada cláusula de “los tres quintos”.     

     Benjamin Franklin había sido dueño de esclavos, publicaba anuncios sobre venta de esclavos en su diario y no habló públicamente en contra de la esclavitud hasta los años de su vejez. George Washington era esclavista, era dueño de más de cien esclavos que trabajaban en sus tierras. Alexander Hamilton era el padre fundador más antiesclavista (y enemigo político de Jefferson), pero veía en la Unión una oportunidad para convertir el nuevo Estado en un referente europeo en toda América y un representante de toda América ante Europa. Madison sostenía que estando el Estado equilibrado “para adentro” la expansión hacia afuera sería naturalmente favorable. John Adams sostenía “la negociación entre libertad y esclavitud en el marco de la Constitución es moral y políticamente mezquina, incoherente con los principios en virtud de los cuales sólo nuestra revolución puede justificarse. La consecuencia será, sin duda, la eliminación de la esclavitud de todo el continente. El devenir de los acontecimientos podrá ser aciago y desolador, pero igualmente glorioso será el resultado final que, Dios me juzgue, no me atreveré a decir que no es deseado.” Ambigüedad, ahí vamos otra vez.

     Así que, más allá de la dialéctica y los dobles mensajes (hipocresía, bah), las opciones parecían irreconciliables: los Padres Fundadores podían lograr la Unión o la Emancipación de los esclavos, pero no ambas cosas; al menos no durante su generación. Y eligieron la Unión. Su argumento fue que la Emancipación de los esclavos sería más posible en un estado grande y poderoso que en varios estados desunidos y por lo tanto débiles. Esa fue su apuesta. De las posiciones personales de los Padres Fundadores pueden deducirse las decisiones tomadas, por supuesto. Y así quedó claro que ese enorme cambio, la Emancipación, y al decir de Adams, también Dios, en todo caso, tendrían que seguir esperando. Aquel no era el momento, parece.

   Recién después de la dolorosa Guerra de Secesión, muchos años después, se derogó la esclavitud en EEUU, con la 13a enmienda de la Constitución, propuesta en enero de 1865 y establecida definitivamente en diciembre de ese mismo año, cuando finalmente Georgia la ratificó. Abraham Lincoln tuvo directa y trascendente responsabilidad en llevar a cabo este proceso, como veremos. Dicha enmienda dice que “ni en los EEUU ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto”. También se estableció la enmienda 14a: “las personas nacidas en EEUU son ciudadanas del país, independientemente de su raza, su etnia o el origen nacional de sus padres” y la 15a, que establece que “los gobiernos en los EEUU no pueden impedir a un ciudadano votar a causa de su raza, color o condición anterior de servidumbre (esclavitud).”     

     En la otra punta del continente americano, también en lucha por la independencia, San Martín cruzaba los Andes (1817) con un ejército en el cual la mitad de los soldados eran esclavos o hijos de esclavos afroamericanos o mestizos. En 1813 se había decretado la “libertad de vientres”, pero recién en 1853, cuando entró en vigencia el artículo 15 de la Constitución Nacional, entró en vigencia la abolición de la esclavitud.

     En todas partes se cuecen habas.

Continuará…

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