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domingo, diciembre 4, 2022

Alpiste, Napoleón

La batalla fue sangrienta. Se enfrentaron unos 280.000 hombres y hubo más de 70.000 muertos. La Grande Armée de Napoleón prevaleció tácticamente en la batalla, pero el aprovechamiento de las circunstancias fue bien diferente en cada bando, lo que derivó en consecuencias que  terminaron inclinando la balanza en su contra.

Un mes y medio antes, Napoleón y su Grande Armée con más de 600.000 hombres habían cruzado el río Niemen, que marcaba el límite entre el ducado de Varsovia, controlado por los franceses, y el Imperio ruso. Seis meses después, sólo 90.000 hombres regresaban.

La sangrienta batalla de Borodinó debilitó a ambos bandos, pero los rusos tenían muchísimo territorio hacia el cual retirarse a lamer sus heridas y a repensar su lucha. Los franceses siguieron avanzando tras ellos, ya que Napoleón no pudo resistirse a la idea de tomar Moscú con la intención de presionar al zar Alejandro I para que firmara la paz. Así, Napoleón cumplió el papel de un perro que persigue a un auto que se aleja sin poder alcanzarlo nunca. Encima, llegaba el invierno. La ofensiva se prolongaba en el tiempo y se estiraba en el terreno, y cuando eso ocurre, las líneas de suministro también se alargan y se hacen lentas, y la retirada del enemigo (tal la táctica de los rusos) invita a seguir persiguiéndolo. Pero el perro que persigue un coche no sabe bien qué hacer cuando se da cuenta de que no lo puede alcanzar.

Los expertos en estrategia dicen que el sentido común es como el oxígeno: cuanto más alto sube uno, más difícil es usarlo. Tantos éxitos militares acompañaron a Napoleón a lo largo de sus campañas militares que él mismo terminó de convencerse de que su lógica era la única, de que lo que él decidiera estaba bien simplemente porque lo decidía él. Llegó tan alto que dejó los fundamentos debajo.

El extraordinario estratega militar Carl von Clausewitz decía que “en la guerra, la fuerza física constituye el medio, el vehículo; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo”. Y sostenía: “el uso de la fuerza física en su máxima extensión y expresión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia”, concepto de tanta delicadeza como sentido común, que en este caso Napoleón pasó por alto.

Las campañas de Napoleón habían matado a millones de personas, habían asolado y conquistado enormes territorios y habían derribado monarquías por toda Europa. Cuando cruzó el río Niemen, Napoleón tenía un propósito político: lograr que el zar Alejandro I se uniese al bloqueo continental, al embargo contra el Reino Unido que los franceses trataban de imponer en Europa después de que la Armada británica cerrara los puertos franceses. Su plan era derrotar a los rusos lo antes posible, aceptar su rendición (la cual daba casi por descontada) y volver por donde había venido antes del invierno. ¿Qué podría salir mal?

Lo que salió mal fue que los rusos, en lugar de plantarse cara a cara, luchar y perder, como habían hecho todos los adversarios de Napoleón hasta entonces, simplemente se fueron. Se retiraron y prendieron fuego a las tierras que iban dejando detrás. “Tierra quemada y tierra arrasada”, le dicen a esa táctica. Y, hay que decirlo, si hay algo que les sobraba a los rusos era tierra; mucho más que en el resto de los países de Europa. Así, los rusos “extendieron la guerra en el terreno”, en el enorme espacio del que disponían, para debilitar a su atacante, y ningún ejército (en este caso, el de Napoleón) puede reforzarse adecuadamente si avanza más rápido que sus propias líneas de suministro. Además, la constante retirada de los rusos también prolongaba la guerra en el tiempo; cuanto más avanzaran los franceses, más tardarían en regresar. Pero Napoleón nunca pensó en pegar la vuelta, no quería “dejar las cosas sin terminar”.

La batalla de Borodinó terminó con victoria pero no con éxito. Pese a las enormes pérdidas, el zar se negó a negociar. La retirada rusa del ejército de Kutúzov no hizo más que cebar a Napoleón, que mordió el anzuelo. Kutúzov decidió que no podía defender Moscú, y cuando Napoleón entró a la ciudad encontró muros chamuscados y no mucho más. Vituallas o suministros no, de eso nada. Así que llegar a Moscú no les sirvió para nada a los franceses; por el contrario, los alejó aún más de sus bases de abastecimiento. Mientras tanto, el ejército ruso ya estaba recompuesto. Recién entonces Napoleón empezó a plantearse dudas (dudas que su ejército ya  tenía desde antes). La guerra se había diluido no sólo a lo largo y a lo ancho en el espacio sino del tiempo.

Para colmo, el 18 de octubre se desarrolló la batalla de Tarutino (o batalla de Chernishnya), donde los cosacos sorprendieron y vencieron a los franceses comandados por Joaquín Murat, que perdieron casi 3.000 hombres, y ese fue el empujoncito que faltaba para que Napoleón se diera media vuelta. Tarutino fue mucho menos sangrienta que Borodinó pero llegó justo cuando Napoleón ya estaba lleno de dudas, y cuando ordenó la retirada final había perdido la autoridad necesaria para evitar la confusión y luego el pánico, que llegaron de la mano de la aplastante derrota.

Napoleón perdió en forma inapelable contra dos enemigos implacables: Invierno y Hambre. Estos dos “generales”, que hicieron jugar a Napoleón una mezcla del juego de la escondida con una carrera de postas vacías,  desbarataron la odisea conquistadora y prepotente de Napoleón, que perdió su ejército y un año y medio después su trono y su poder.

“La guerra exige una combinación armoniosa de elementos en los que predomina una habilidad u otra, sin estar ninguna disociada de las demás. La guerra requiere, en resumidas cuentas, un buen juicio”. (Carl von Clausewitz).

Este no fue el caso.    

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