FREAKS: La película prohibida

No hay censura que sea inútil; cuando no me hace conocer mis defectos, me enseña los de mis censores.

Friedrich Hebbel

 

París siempre tuvo un gusto por lo exótico, lo extraño, único y horroroso. En 1897 abría sus puertas el Grand Guignol, teatro que se complacía en mostrar crímenes perversos, bestias feroces y exóticos malformados que se prolongarían en un genero de films proclives al espanto. Unos decenios antes, en Le Théâtre de la Gaîté las multitudes se agolpaban para ver a Saartjie Baartman, “la Venus Hotentote”, que lucía ante los espectadores la exuberante anatomía propia de su raza. Sobre el mismo escenario, años más tarde, se exhibirían las bailarinas desnudas de Bob Walter, danzando entre una maraña de serpientes y boas mientras las famosas siamesas, Rosa y Josepha Blazer, “las Hermanas Bohemias”, dejaban al descubierto la unión de sus cuerpos.

Algunos iluminados, conscientes de que estos espectáculos jamás habrían de volverse a ver, pretendieron capturar ese presente para la eternidad. El doctor John Ayrton Paris fue el primero en registrar estas imágenes únicas que después proyectaba desde su “Thaumatrope”, aparato óptico perfeccionado por Joseph Plateau en su “Phenakistiscope”. A éstos le siguieron una pléyade de ingeniosos inventos como el “Zoetrope”, el Phasmatrope, el Praxinscopio de Reynaud, las Pantomimes lumineuse, el “Zoopaxiscopio”, que, como su nombre lo dice, se especializaba en figuras de animales, y el “Teatrógrafo” de Robert Paul. Thomas Alva Edison pretendió imponer su “Visuscopio” y después el “Kinetoscopio”, pero los hermanos Lumière le ganaron la partida con su “Cinematógrafo”.

Era absolutamente natural que en medio de tantas exposiciones de rarezas y monstruosidades las nuevas artes pretendiesen capturar sus imágenes para la posteridad. Georges Méliès, un entusiasta del invento de los Lumiére, desarrolló el nuevo “cine de la magia y la ilusión”. Méliès dirigía el Teatro Robert-Houdin, donde a lo largo de 8 años había presentado espectáculos de prestidigitación y escapismo. Ahora que los hermanos Lumière mantenían un éxito comercial, con la asistencia de más de mil personas por día para ver sus películas y documentales, Méliès comenzó a filmar los mismos trucos que solía mostrar en el teatro. De su género nacieron El hombre de la cabeza de goma, El laboratorio de Mefistófeles, Antes del baile, Viaje a la luna —la primera película espacial— y El monstruo, una vista donde se exhibían algunos individuos peculiares y otros portentos de la naturaleza. El primer film de horror propiamente dicho fue la obra de Robert Wiene El gabinete del doctor Caligari, de 1920. Esta obra cumbre del expresionismo alemán muestra la estrecha unión que exisitió desde sus comienzos entre el cine y el espectáculo circense.

Los más claros ejemplos de este nexo fueron las obras de Tod Browning, que retomó el tema del circo hacia 1930. La vida de Browning estuvo estrechamente unida al espectáculo. Durante su adolescencia había huido de la casa paterna para unirse a un grupo de actores transumantes, ganándose la vida en obras como La lagartija y el cuervo o El cadáver viviente, donde Browning hacía de cadáver que volvía a la vida, un tema recurrente en la literatura de entonces. A partir de 1913, Browning colaboró con Grifith siendo su asistente y debutó como actor en Intolerancia de 1916. Lamentablemente, después de un accidente automovilístico, Browning se fracturó una pierna y perdió los dientes. Ya repuesto, continuó filmando obras intrascendentes, hasta que conoció a Lon Chaney “El hombre de las mil caras”. Los personajes de Chaney solían ser individuos tenebrosos o discapacitados. La vida de Chaney fue muy particular, de hecho, similar a los individuos que caracterizaba. Sus padres eran sordomudos, circunstancia que lo obligó a expresarse con gestos y pantomimas desde su infancia. Su primera esposa, Cleva Creighton, era alcohólica y durante un intento de suicidio se quemó las cuerdas vocales, finalizando así su incipiente carrera de cantante. Chaney abandonó a Cleva por una joven bailarina que había estado casada con un hombre sin piernas.

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Tod Browning
Tod Browning

 

Lon Chaney fue el primer intérprete de personajes que con el tiempo fueron arquetipos de la pantalla grande, como el Jorobado de Notredame y el Fantasma de la ópera. Pero Chaney jamás abandonó a los personajes circenses. En The Unknown de 1927 personifica a un arrojador de cuchillos sin brazos (obra que le encantaba a André Breton, el padre del surrealismo) y en Laugh, clown, Laugh de 1928 personifica a un payaso trágico al mejor estilo de los clowns de Leoncavallo. La última película que hizo Chaney junto a Browning se llamó The Unholy Three (1925) basada en la novela homónima de Tod Robbins. Chaney encara el papel de Echo, un ventrílocuo que planea una serie de robos junto a alguno de sus compañeros de circo que eran enanos. Poco después de filmar su primera película sonora, Lon Chaney murió víctima de una hemorragia laríngea.

A pesar de haber perdido a un socio genial y actor multifacético, Browning continuó con su saga de minusválidos y contrahechos. West of Zanzíbar (1928) es la historia de un sádico mago condenado a una silla de ruedas. En 1930 filmó Drácula con Bela Lugosi y aunque hoy es un clásico del cine, la película pasó sin pena ni gloria (o quizás con más pena que gloria) por las salas del cinematógrafo.

En The Show (1927), un actor que representa todas las noches a San Juan Bautista, muere decapitado durante el espectáculo al ser cambiado el filo de la falsa hacha que simulaba dejarlo sin cabeza. Esta obra mereció un comentario del doctor Freud, quien relacionó estas amputaciones ficticias con el miedo ancestral a la castración. (En fin… cosas del doctor Freud).

Pero fue Freaks la película que reunió a los personajes circenses que nunca más volverían a verse. El mismo guionista de The Unholly Three, Tod Robbins, desarrolló este triangulo amoroso entre un enano, una trapecista y un forzudo. El enano despechado a quien la trapecista había intentado asesinar para quedarse con su plata lleva adelante su venganza, valiéndose de sus compañeros de feria en medio de un clima surrealista. Microcéfalos, enanos acondroplásicos, el conocido Johnny Eck, “el Rey de los Freaks” y el Príncipe Randian llamado también “el Hombre Gusano”, individuo que había nacido sin brazos ni piernas, se encargan de matar al forzudo y desfigurar a la pérfida acróbata que tanto había hecho sufrir al pobre enanito. De esta forma convierten a la bella en una descastada como ellos, que debe lucir sus deformidades para subsistir. Hay una serie de escenas inolvidables como cuando el príncipe Radian reptando con una hoja de afeitar entre los labios avanza dispuesto a ultimar al forzudo o los microcefalos jugando alegremente en el bosque con su mirada extraviada.

Una película como esta no podía dejar de despertar polémicas. Debió ser varias veces reeditada a fin de de evitar algunas escenas perturbadoras. Aun así fue un desastre comercial y la película fue prohibida en los Estados Unidos. Quizás esta muestra descarnada de seres tan particulares era, y sigue siendo, demasiado para una sociedad que sólo valora la belleza.

La carrera de Browning fue desmoronándose hasta que finalmente se retiró y murió olvidado, víctima de un cáncer de laringe. La versión completa de Freaks recién fue proyectada en 1962 y aclamada durante el Festival de Cannes, después de que la humanidad hubiese contemplado los dramas de Auschwitz, Nagasaki, Hiroshima, y mientras las bombas de napalm caían sobre la selva de Vietnam… Después de estos desastres, Freaks era solo una caricatura de la realidad.

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Texto extráido del libro Criaturas del Señor de Omar López Mato

Libro disponible en olmoediciones.com y a través de Amazon en versión ebook y papel: mybook.to/criaturas

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