Perón y el sueño del avión propio

Impresionado por la sincera propuesta de Friedrich Bergius (Premio Nobel de Química del año 1931, que prestó al gobierno de Hitler grandes servicios por sus aportes sobre energía y al terminar la guerra encontró amparo en la Argentina), el general Perón estaba dispuesto a cumplir las sugerencias del laureado científico para nuestro país, aunque pesasen —detalle técnico al fin— las diferencias culturales entre obreros alemanes y argentinos, que el justicialismo estaba dispuesto a allanar, aunque tomasen caminos distintos.

Mientras que Alemania, por consejo de los asesores ingleses que asistieron a reconstruir al país en el contexto del Plan Marshall, no favorecía la formación de sindicatos fuertes por la mala experiencia del laborismo de posguerra en Inglaterra, en la Argentina se recurría a la creación de sindicatos con gran poder de disuasión.

A fin de lograr la meta de crear aviones con motores a reacción, Perón recurrió a técnicos e ingenieros que habían quedado desocupados en Alemania, descartados por la Operación Paperclip. El brigadier Bartolomé de Colina (1894-1967), el ingeniero Juan Ignacio San Martín (1904-1966) y el ex SS Carlos Fuldner (1910-1992) tendieron sus tentáculos y atrajeron a varios diseñadores aeronáuticos, entre ellos al francés Émile Dewoitine (1892-1979), a los hermanos Walter (1913-1998) y Reinar Horten (1915-1993) y al célebre Kurt Tank, quien llegó al país con un nombre falso (Pedro Matties) y una extraña historia de requerimientos internacionales, construida por él a fin de crear un halo misterioso alrededor de su persona. En la biografía escrita por Francisco Halbritter, este sostiene que Tank ejerció la dirección técnica de la Focke-Wulf siendo responsable de varios diseños exitosos como el Fw 44, Fw 190 y el Fw 200. Tras la guerra fue solicitado por los Estados Unidos, la Unión Soviética, los ingleses, los franceses y ¡los chinos! Sin embargo, aceptó la invitación argentina y partió desde Dinamarca con un nutrido grupo de colaboradores y el flamante nombre, Matties, que estrenó al firmar los contratos con el gobierno argentino.

Poco antes que Tank había llegado Dewoitine, ingeniero aeronáutico francés cuya fábrica de aviones había quedado del lado del Vichy y por esta razón había trabajado con los alemanes. Obviamente, al terminar la guerra fue acusado de colaboracionista y optó por viajar a la Argentina gracias al contrato firmado con el ingeniero San Martín. En el país diseñó el que sería el primer jet fabricado en Sudamérica, el I.Ae.27, más conocido como Pulqui I, que logró volar el 9 de agosto de 1947. Por supuesto que el motor era una turbina Rolls Royce y al parecer parte del fuselaje había sido traído por Dewoitine de Francia —de otra forma no hubiese podido lograr ese cometido en tan poco tiempo—, pero la preferencia del gobierno por todo lo que era alemán lo dejó en desventaja y fue cesanteado en octubre de 1948. Finalmente volvió a Francia donde continuó su carrera.

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Kurt Tank
Kurt Tank

 

Entre el francés y el alemán hubo una serie de inconvenientes desde el principio, porque bien sabía Dewoitine que el diseño de Tank no podía superar la velocidad del sonido, de allí que el Pulqui I tuviese un diseño más conservador y pudo superar los 700 kilómetros por hora, tal como lo había pronosticado Dewoitine. Sin embargo, el gobierno peronista, obnubilado con las brillantes promesas de Tank, se embarcó en un proyecto más ambicioso y peligroso.

Antes de terminar la historia de Tank, nos vamos a referir brevemente a Reinar Horten (1915-1993), un matemático doctorado en la Universidad de Göttingen. Junto a su hermano Walter (1913-1998) se dedicaron a diseñar planeadores. En 1944 diseñaron el H.1X,[1] un prototipo de alas volantes del cual se hizo una prueba sin motor. Los hermanos realizaron un modelo con motor que hizo la primera prueba en febrero de 1945. Cuando terminó la guerra había varios prototipos que quedaron en construcción. Los Horten no quisieron seguir trabajando en Alemania bajo la supervisión aliada y vinieron a la Argentina escapando por Austria e Italia.

Al integrarse al equipo de Tank, pronto surgieron desavenencias y Reimar Horten pidió ser separado del equipo porque criticaba los graves defectos del Proyecto Pulqui II. La idea de diseñar planeadores no estaba entre los proyectos justicialistas y por su cuenta se dedicó a trabajar en aladeltismo en la Argentina.

Una virtud del diseño de los Horten, que entonces pasó desapercibida, fue la poca reflexión en el radar que producía este diseño, el cual inspiró más tarde a los aviones modelos espías como el Stealth.

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Reimar Horten en Argentina
Reimar Horten en Argentina

 

Solo cabe preguntarnos, ¿qué hubiese pasado si el modelo Horten[2] IX se hubiese producido en lugar del Pulqui II? Probablemente esa hubiese sido una revolución peronista que no fue.

Por los artículos publicados queda claro que la propuesta de Tank era una mala copia de los aviones tipo flecha que usaban los soviéticos. Tank contó que él les había mostrado su diseño a los rusos estando en Alemania cuando era controlada por los británicos. Suena muy extraño ¿Era acaso Tank un espía ruso?

Después de haberse sacado de encima a estos dos competidores, a Kurt Tank le quedó la pista libre para mostrar su pericia con el Pulqui II. El gran día llegó el 8 de febrero de 1951, año de elecciones en el que el general Perón debía demostrar los adelantos a los que había accedido el país durante su gobierno. Y qué mejor que el pueblo presenciase estos progresos viendo volar al Pulqui II tripulado por el mismísimo Tank. Miles de personas se acercaron hasta el aeroparque de la ciudad de Buenos Aires para ver a la Argentina lanzarse a la conquista del espacio. Allí estaba el “argentino” Pedro Matties (que insistía en llamarse Kurt Tank como le decían sus connacionales ya que, como relató el enviado del New York Times, el lugar estaba lleno de nazis). Tank nunca ocultó su identidad dentro de la sociedad local y estaba rodeado por dos estrellas del aire, Adolf Galland (1912-1996) —el piloto más famoso de la Luftwaffe— y Hans-Ulrich Rudel (1916-1982)[3] —el oficial más condecorado de todos los tiempos—, quien bajó 520 tanques, una fragata, un crucero, un destructor, 150 cañones, 4 trenes blindados y que triunfó en 9 batallas aéreas. Rudel voló en más de 2400 misiones, perdió la pierna derecha, pero así y todo, estando en la Argentina, escaló el Aconcagua y otras montañas andinas. En 1953 ascendió al Volcán Llullaillaco y descubrió el santuario inca, donde en 1998 se desenterraron las momias que llevan el nombre del cerro.

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A pesar de las alabanzas y el despliegue periodístico, Perón se percató de que no era oro todo lo que brillaba. El Pulqui despegó y aterrizó sin problemas y fue aclamado por el público presente, pero era claro que no rompía la barrera del sonido A fin de estar seguro de que los valores técnicos que Tank comunicaba fuesen reales, Perón le encargó al comandante Carlos Adolfo Soto que controlase los partes del alemán y que los próximos pilotos de prueba fuesen argentinos.

Soto hizo algunas pruebas muy cautas en Córdoba. A bajas velocidades el avión parecía responder a los mandos.

Envalentonado, el capitán Vedania Mannuwal quiso acelerar la máquina — después de todo el avión debía ser ultrasónico—, pero el ala se desprendió y el Pulqui II se cobró su primera víctima. Perón autorizó a construir otro prototipo, a condición de que no volara hasta después de las elecciones. No quería que su carrera política dependiese de estos alemanes.

La nave fue modificada y como regalo de cumpleaños al general, el 9 de octubre de 1952, Otto Behrens (1886-1952) hizo una nueva prueba. La máquina no respondió a los mandos y se estrelló. Definitivamente no fue un buen regalo… Cansado de esperar, Perón suspendió las pruebas del Pulqui. El justicialismo podía subsistir sin un avión ultrasónico.

Después de la Revolución Libertadora, un piloto de prueba argentino, Rogelio Balado, desempolvó al viejo Pulqui en el que se llevaba gastada una fortuna y lo sacó a pasear. El avión se estrelló, pero Balado salvó su vida. En 1959, el entonces presidente Arturo Frondizi (1908-1995) quiso resucitar el proyecto, pero no prosperó y solo sirvió para ser exhibido sobre la Costanera porteña, cerca del Aeroparque.

Tank se fue de la Argentina, con gran parte de su equipo, a la India donde desarrolló algunos modelos menos ambiciosos, pero que tampoco tuvieron mejor suerte. Al final volvió a Alemania donde, antes de morir (en 1983), pidió que sus cenizas fuesen arrojadas al Río de la Plata. Desconocemos si se cumplió su deseo.

[1] Este modelo fue la primera ala volante y fue confiscada y llevada a Estados Unidos.

[2] Reimar Horten murió en Villa General Belgrano en 1998. Anecdóticamente y sin pruebas palpables, se comenta que la sucesión de ovnis que se vieron en los años 60 y 70 no eran más que los diseños de Horten usados por los soviéticos…

[3] Llegó a la Argentina bajo el nombre de Emilio Meier y nunca renunció a su ideario nacionalista, cosa que le aparejó problemas de todo tipo.

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Texto extraído del libro Ciencia y mitos en la Alemania de Hitler (Ediciones B).

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