El ridículo peregrinar de Thomas Paine

“Una mala causa siempre será sostenida por malos medios y peores personas”

American CrisisThomas Paine

 

De joven, Thomas Paine, debió huir de su Inglaterra natal hacia Estados Unidos, donde su prédica libertaria prontamente ayudó a convertir el descontento de los colonos en un enfrentamiento para lograr su ansiada independencia, ajena a la voluntad de las autoridades británicas. Colaboró activamente con esta gesta, y así mereció el reconocimiento del Congreso por los servicios prestados. Sus textos también fueron conocidos en las colonias españolas y sirvieron para inspirar en los jóvenes criollos[1] los mismos sentimientos independentistas que habían despertado en los Estados Unidos.

En 1787 volvió a Inglaterra a promover la causa republicana, que sin dudas era un tema espinoso para el momento y el lugar. Poco después publicó Los derechos del hombre, una desmedida alabanza a la Revolución francesa. Fue más que suficiente, la oligarquía británica lo acusó de sedición y Paine debió escapar a Francia. Allí los franceses le dieron una excelente acogida y una banca en la Convención Constituyente aunque Paine no supiera una palabra del idioma. Todo fue bien al principio, hasta que aprendió a hablar francés. Entonces su prédica se volvió más virulenta y criticó duramente a sus anfitriones, enemistándose con los que aún le eran leales. Su antiguo amigo, Robespierre se tornó hostil y estuvo a punto de hacerle probar la justicia jacobina. Debió volver urgentemente a los Estados Unidos, donde fue declarado persona non grata.

Paine se recluyó en su granja de New Rochelle (nueva York), y allí murió en 1809. Lo debieron enterrar en la misma granja después de haber sido rechazado por el Quaker Cemetery de New York. Solo seis personas asistieron a su funeral. El obituario del New York Post fue conciso: “Vivió mucho. Hizo algunas cosas bien y mucho daño”.

Paine temía que sus innumerables enemigos vejasen su tumba, pero no fue así. Ellos lo dejaron en paz, contentos con su desaparición. Por el contrario fue un admirador quien condenó sus restos por la eternidad.

Peter Porcupine (Pedro el Puercoespín) era el seudónimo de William Cobbett, periodista de pluma mercurial, beligerante y bonapartista. Recalcitrante conservador, viró su ideología casi de la noche a la mañana al ver el empobrecimiento de las clases rurales inglesas durante la revolución industrial. Iluminado por el libro de Paine Declinación y caída del sistema financiero inglés, se convirtió en su más radicalizado apóstol, con tal énfasis que la monarquía británica lo invitó a pasar dos años en prisión por sus virulentos escritos.

La biografía de Thomas Paine que Cobbett publicó, aunque laudatoria hasta la obsecuencia terminó por convertir al filósofo en un personaje impopular en Inglaterra. Los niños ingleses solían cantar:

Poor Tom Paine! Here he lies

Nobody laughs and nobody cries;

Where he’s gone and where he fares,

Nobody knows and nobody cares

***

¡Pobre Tom Paine! Aquí reposa

Nadie se ríe y nadie lo llora.

Dónde se ha ido y dónde descansa

Nadie lo sabe y a nadie le importa

 

En 1817 Cobbett viajó a los Estados Unidos donde se abocó en cuerpo y alma a reivindicar la figura de Paine. Decidió que este profeta cívico merecía un mausoleo a la altura de sus ideales. Para este proyecto, Cobbett necesitaba dos cosas: el cadáver de Paine y dinero. No tenía ninguna de las dos. Pero esas eran menudencias que no podían amilanar a un espíritu como el de Cobbett, aunque por experiencia sabía que “ser pobre e independiente es casi imposible” (de su libro Consejo a los hombres jóvenes, 1829).

Decidió comenzar con lo más fácil, robar el cadáver.

Visitó varias veces la tumba de su ídolo, hasta que un día, con la ayuda de dos personas, lo desenterró y se llevó el féretro. Para cuando las autoridades se percataron de la ausencia, ya estaban lejos. Embaló el ataúd como mercadería y se lo llevó a Inglaterra para poner distancia con “los ingratos americanos” que no habían sabido (o no habían querido) darle a Paine, el trato póstumo que merecía.

Hacia la rubia Albión marchó Cobbett con los restos de Paine en busca del esquivo reconocimiento. Contando ya con el cadáver era menester juntar el dinero para el monumento ¿Qué mejor forma de obtenerlo que con la presencia de Paine (o lo que quedaba de él)? Las muchedumbres se aglutinarían sólo para atisbar sus reliquias… O al menos eso pensaba Cobbett, con una perspectiva que resultó ser exageradamente optimista.

No bien desembarcó, una multitud se reunió en el puerto de Liverpool para recibir al filósofo de la igualdad. Señalando el ataúd, Cobbett se dirigió a los presentes: “Estos son los restos mortales del inmortal Paine”. El entusiasmo inicial fue transformando la solemnidad en ridiculez. A esto, debemos agregar que el gobierno de su Alteza Real no consintió exposición alguna de los restos de un personaje tan radical, confeso enemigo de la corona. Pero Cobbett insistió.

La exhibición de las reliquias fue un fracaso, nadie estaba interesado en ver el ataúd de personaje tan controvertido. La suscripción pública para levantar un monumento, apenas juntó algunas monedas. La cena organizada para celebrar el onomástico del filósofo fallecido, debió ser cancelada. Cobbett recurrió a la venta de los cabellos de Paine para recaudar fondos. Pocos centavos obtuvo.

En el ínterin, su campaña se convirtió en el hazmerreír del periodismo británico. Hasta Lord Byron, quien compartía los principios liberales de Cobbet (una de las razones por la que pasó sus últimos años fuera de Inglaterra) le dedicó estos versos satíricos:

In digging up your bones Tom Paine

Will Cobbet has done well

You visit him on earth again

He’ll visit you in hell

***

Al escarbar los huesos de Tom Paine

Will Cobbett ha hecho muy bien

Tú lo visitaste en este mundo también

Y él te encontrará en el infierno

Cobbett debió admitir su derrota: a nadie le interesaba su ídolo. Dejó de lado sus proyectos y guardó los restos del ídolo bajo su cama.

Al morir, sus descendientes heredaron los huesos de Thomas Paine y las enormes deudas de Pedro el Puercoespín. Para pagarlas, el hijo de Cobbett ofreció rematar el esqueleto del filósofo. La Corte Suprema Británica dictaminó, con acertado criterio, que los huesos de Paine no eran bienes de uso.

Después de este último fracaso comercial se pierdió el rastro de Paine, diluido en rumores y mentiras. Para algunos, fue enterrado en Ash; para otros, pasó a las manos de Benjamin Tilley, secretario de Cobbett, en parte de pago por los servicios adeudados. Otros sostienen que fueron comprados por un mercader de muebles que exhibió en Londres lo poco que quedaba del virulento pensador. En 1854, un predicador unitario, sir. Robert Ainslie, dijo poseer la osamenta de Paine, aunque jamás la mostró. Lo cierto es que desde ese entonces nada se sabe del malogrado filósofo.

Como dijera el mismo Paine en vida: “Lo sublime y lo ridículo están a veces tan íntimamente relacionados que resulta difícil separarlos. Un paso delante de lo sublime, está lo ridículo…” [2] Y es allí donde terminó su cadáver, conducido por la voluntad de un ferviente admirador.

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Máscara mortuoria de Thomas Paine.
Máscara mortuoria de Thomas Paine.

 

[1] Mariano Moreno, José Gervasio Artigas, Godoy Cruz y varios de los diputados que declararon nuestra independencia tenían el libro de Paine que Washington había hecho imprimir.

[2] Frase tomada del libro La era de la razón de Thomas Paine, publicado en tres volúmenes en 1794,1795 y 1807.

Texto del libro Trayectos Póstumos de Omar López Mato – Disponible en la tienda online de OLMO Ediciones.

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