Los hugonotes y la matanza de San Bartolomé

El origen del nombre “hugonote” es incierto. Una versión dice que proviene de la palabra “aignos”, derivada a su vez del alemán “Eidgenossen”, que significa “confederados”; otra versión dice que proviene del apellido Hugues, en referencia al líder ginebrino Besançon Hugues (líder suizo político y religioso que se rebeló contra los Saboya) y una tercera versión sostiene que se llamaban así porque se reunían de noche en un lugar cercano a la puerta de “le roi Huguet” (el rey Hugo).

     Fuera cual fuese el origen real del término, la realidad marca que desde que el movimiento de la Reforma protestante se extendió por Francia, estos protestantes franceses fueron perseguidos. A partir del episodio conocido como “el Asunto de los Carteles”, ocurrido en 1534 y en el que se encontraron letreros que atacaban la misa en las paredes de todo París (hasta en la puerta de la habitación del rey Francisco I), muchos protestantes franceses tuvieron que huir; muchos fueron a Estrasburgo, ciudad en la que Martín Bucero (un teólogo alemán, sacerdote convertido al protentantismo por Lutero) era referente y había organizado la Iglesia de la Reforma. Ese mismo año, Juan Calvino, el más famoso de los exiliados hugonotes, se fue a Basilea.

   En 1538 Calvino fue invitado a Estrasburgo por Bucero; ambos organizaron allí a la comunidad protestante de habla francesa, y luego de mucho tiempo, en 1555, se fundó la primera iglesia hugonote de París. El primer sínodo, que se llevó a cabo en 1559, estuvo claramente influenciado por las ideas de Calvino y fue el inicio de un gran crecimiento del movimiento hugonote: empezaron con 15 iglesias y a los dos años ya había más de 2.000 iglesias, un crecimiento que puso a los hugonotes en el primer plano de la escena política de Francia.

     En 1560 los hugonotes intentaron secuestrar al rey Francisco II (que tenía 16 años) con el objetivo de liberarlo de la tutela de la Casa de Guisa, familia de la nobleza francesa, garantes en Francia de la religión católica y absolutamente intolerantes con los protestantes. El episodio, denominado “la Conjura de Amboise”, terminó con la muerte de casi todos los conspiradores y fue un episodio sangriento y trágico, preámbulo de lo que serían, años después, las “Guerras de Religión” de Francia, una prolongadísima sucesión de conflictos que se desarrollaron en Francia entre 1562 y 1598.

     Por entonces se formaron dos partidos nobiliarios, decididos cada uno de ellos a tomar las riendas del gobierno y que hicieron de su religión su estandarte: por un lado, la facción católica liderada por la poderosa familia Guisa, decidida a eliminar de Francia la herejía protestante; por el otro, los calvinistas hugonotes, agrupados en torno al almirante Gaspard de Coligny.

    Gaspard de Coligny, su líder más famoso, protestó en la asamblea de notables en 1560 contra la violación de la libertad de conciencia ejercida en Francia; su voz no fue escuchada, su intento de paz fracasó y eso dio paso al trágico período de confusión y violencia en Francia ya mencionado: las “Guerras de Religión”.

   Quizá el más famoso hecho de este período fue la “Matanza del Día de San Bartolomé”, trágico símbolo de la rivalidad política entre católicos y hugonotes.

    Si bien los hechos se produjeron en la noche del 23 al 24 de agosto de 1572 en París, la ola de violencia se extendió luego durante meses por todo el país.

    La masacre estuvo precedida por una escalada de tensión que tuvo su momento inicial en “la paz de Saint-Germain” en 1570, que teóricamente debía poner fin a la tercera guerra de religión entre católicos y protestantes pero que resultó ser en realidad una paz muy precaria, ya que los católicos más intransigentes nunca la aceptaron. Curiosamente (o no tanto) la principal defensora del acuerdo, la reina madre Catalina de Medici, sería después la principal instigadora de la matanza de San Bartolomé. Tanto ella como su hijo, el rey Carlos IX, abrumados por las estrecheces financieras de Francia, estaban dispuestos a realizar concesiones para que no recomenzara la guerra entre ambas facciones y hasta permitieron que Gaspar de Coligny, líder de los protestantes, formara parte del consejo real.

    Catalina de Medici quería evitar convertirse en una figura decorativa en manos de la nobleza, fuera esta católica o protestante. Para ello usó diferentes estrategias según el momento, desde ponerse al frente de los católicos partidarios de la aniquilación de los protestantes hasta buscar formas de tolerancia que permitieran la convivencia entre ambos grupos (panquequeaba según la corriente predominante del momento, digamos). Ninguna tuvo éxito, y así la guerra se prolongó con diversas alternativas y sin que ni unos ni otros lograran una ventaja decisiva, mientras el hugonote Coligny, ya consejero real, iba adquiriendo una influencia creciente sobre el rey Carlos IX. Por entonces los hugonotes ya representaban el 10% de la población de Francia.

   Luego del fracaso de la paz de Saint-Germain y ante el avance de Coligny y los hugonotes, Catalina de Medici intentó una nueva maniobra: con motivos más políticos (y financieros, hay que decirlo) que de otro tipo, concertó la boda de su hija Margarita (Margarita de Valois) con el príncipe protestante Enrique de Navarra (Enrique Borbón, que más tarde sería Enrique IV de Francia, primer rey de Francia proveniente de la casa Borbón). De este modo, la reina madre esperaba restablecer la concordia en la alta nobleza y dar estabilidad a la Corona. Enrique, que había sido bautizado en el catolicismo, había sido educado por su madre en la fe protestante; a la muerte de su madre, heredó el trono de Navarra en 1572.      

   El anunciado enlace se ofició el 18 de agosto de 1572, y las celebraciones se llevaron a cabo entre el 18 y el 21 de agosto. La ceremonia religiosa se celebró en Notre Dame y los festejos sociales en el Palacio del Louvre. Teóricamente la unión entre las coronas de Francia y España ofrecería una garantía de reconciliación entre católicos y hugonotes, pero no fue así.  Todo se desarrolló en medio de grandes tensiones; el papa (Gregorio XIII), el Parlamento de París y el rey Felipe II de España habían manifestado su desaprobación, y siendo los parisinos mayoritariamente antihugonotes, la presencia en la ciudad de miles de protestantes para la fiesta del casorio generó un gran rechazo. La mecha era corta.

  En la serie de festejos protocolares comenzaron los problemas, agresiones y desencuentros (por decirlo de manera elegante); por ejemplo, en una puesta en escena de ballet en el palacio, el príncipe recién casado fue representando como un caballero andante que intentaba forzar con sus hombres las puertas del paraíso, siendo rechazados por los caballeros celestiales, representados por el rey Carlos IX y sus hermanos. El simbolismo era obvio: los hugonotes no podían entrar al paraíso.

     Este incidente protocolar no sería el único. En el patio del palacio se llevó a cabo una representación en la que los hugonotes eran personificados como herejes, mientras que los Guisa y el rey, que representaban a los defensores de la cristiandad, obviamente vencían en la contienda. Otra ofensa más para el joven desposado y su gente: en el supuesto  momento de la conciliación (en definitiva, para eso se había decidido el matrimonio), la corte de Francia humillaba al príncipe hugonote.

     Los festejos de la boda continuaron en un clima tirante; sólo faltaba prender la mecha para encender el fuego, y esto ocurrió el 22 de agosto, día en el que Gaspar de Coligny fue víctima de un atentado: cuando volvía de una reunión del Consejo del rey, un francotirador le disparó desde una ventana; Coligny resultó gravemente herido en un brazo y perdió un dedo. Los responsables del atentado fueron esbirros del duque de Guisa; Coligny fue trasladado rápidamente a su residencia y Carlos IX se apresuró a visitarlo prometiendo encarcelar a los responsables del atentado (ja, un clásico) pero se encontró con la ira de los hugonotes, que responsabilizaban del atentado al entorno del rey, concretamente a Catalina de Medici y a los Guisa (estaban bien rumbeados, los hugonotes).

    Mientras tanto, la noticia del atentado se difundía rápidamente y a la misma se le agregaba el rumor (se cree que inventado por los católicos para justificar sus propósitos) de que los protestantes planeaban vengarse en forma violenta. La reina madre y su consejo vieron en esta rabia de los hugonotes una agresión contra la autoridad y la dignidad real, y al día siguiente por la noche, en una reunión con el rey, lograron convencerlo de que era necesario tomar una medida drástica: eliminar a todos los líderes del movimiento protestante reunidos en París, antes de que éstos se organizaran y atacaran a la corte. Así fue como Catalina y su hijo el rey Carlos IX decidieron exterminar a los hugonotes, después de una reunión en la que también participaron el  Duque de Anjou y los Guisa. 

     La idea era fácil de llevar a cabo: los representantes del poder hugonote estaban alojados en el Louvre, al alcance de la mano, oportunidad inmejorable e irrepetible. Así se decidió la matanza de San Bartolomé, que se llevó a cabo en la noche del 23 al 24 de agosto de 1572. 

Una mañana a las puertas del Louvre, pintura de Edouard Debat-Ponsan, del siglo XIX. Catalina de Médici aparece vestida de negro.

     Ya de entrada, el joven duque Enrique de Guisa se encargó de ir a la casa donde yacía Coligny, cerca del Louvre, para asesinarlo. Sesenta soldados a caballo llegaron a la casa; los asesinos entraron en el patio y Cologny pidió clemencia a un oficial del duque de Guisa, pero éste no dudó en hundir su espada en el pecho de Coligny, que además fue apuñalado salvajemente por otros soldados y rematado con un tiro de arcabuz introducido en su boca. Su cadáver fue arrojado por la ventana, decapitado y arrastrado por las calles.

     Una vez asesinado Coligny comenzó la ejecución masiva de los jefes hugonotes, sobre todo en el barrio Saint-Germain. Mientras tanto, en el Palacio del Louvre, la ejecución de los hugonotes fue más fácil: los guardias reales sacaron a los hugonotes de la cama para degollarlos, sin posibilidad alguna de defenderse. Muchos, tratando de escapar, se vieron atrapados en el gran patio del palacio, donde fueron asesinados a lanzazos y golpeados hasta morir.

     El príncipe consorte Enrique de Navarra fue arrestado pero no lo mataron en consideración a su sangre real (una delicadeza de su cuñado el rey y de su suegra Catalina, qué atentos). También salvó el pellejo su padre Enrique I de Borbón, príncipe de Condé, por la misma razón. Margarita de Valois, la reciente esposa, en la madrugada de una de sus primeras noches de casada, relata que “a mí no me dijeron nada de todo esto… Los hugonotes sospechaban de mí porque soy católica, y los católicos sospechaban de mí por casarme con un hugonote…”. Una inocente, pobre Margarita (que dijo muchas más cosas, pero para qué señalarlas aquí); parece que vivía en una nube de… En una nube, bah.

     Pero la cosa no terminaría ahí.

    Después de la ejecución de los hugonotes hospedados en el Louvre fue convocada la milicia municipal, y tras cerrar las puertas de la ciudad, en plena madrugada, las campanas de la iglesia de Saint-Germain-l’Auxerrois fueron la señal del inicio de la matanza en París. Todo aquel ciudadano que quisiera matar a un hugonote era bien recibido, y los ciudadanos, a quienes se les proporcionaron armas suficientes para matar a cuanto hugonote se les cruzara, se lanzaron a la caza de los protestantes, asesinando brutalmente a hombres, mujeres y niños.

     En la tarde del día 24 de agosto, el rey Carlos IX (alias “el cuñado”), horrorizado (vaaamos Carlitooosss, no te hagas el zonzo ahora…), intentó detener la masacre (tarde, Carloncho) pero sus intentos fueron infructuosos. Los homicidios no sólo se prolongaron por varios días en París sino que se extendieron a Orleans, Lyon, Burdeos y otras ciudades. Unos 2.000 hugonotes fueron asesinados en París y otros 10.000 en toda Francia.

     Al evaluar la masacre cada uno de los bandos hizo su propia lectura de los hechos. Para los protestantes, la matanza había sido el resultado de una conspiración urdida durante largo tiempo por la siniestra Catalina de Medici y el rey de España, Felipe II. Para el papa Gregorio XIII y su entorno, el suceso fue un triunfo resonante (un tierno, el pontífice), una nueva muestra del respaldo de Dios a la Iglesia católica (¿cómooooo?), un año después de la gran victoria ante los otomanos en la batalla de Lepanto. Para el rey de Francia, un desastre que no había podido controlar, pero… bueno, como que “los hugonotes se lo merecían, después de todo”.

     Ayayay, Carlitos…

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