La niña monstruo de los Austria 

Eugenia Martínez Vallejo nos contempla con furiosa resignación desde este cuadro pintado por Juan Carreño de Miranda en 1670, atesorado hoy día en el Museo del Prado. En este cuadro, luce su abundante anatomía cubierta con galas de brocato… pero basta dar unos pasos en el museo para contemplarla escasa de ropas, solo con una parra que cubre sus vergüenzas como si se tratase del dios Baco.

Esa mirada de furiosa resignación ha dado lugar a una vergüenza oscura. El título de la obra fue otorgado por el mismo pintor quien la llamó “La niña monstruo de los Austria”, porque los reyes la tomaron como una mascota, como uno de esos enanos que pintaba Velázquez, que eran entretenimiento y compañía de los monarcas para paliar su soledad y aburrimiento.

Eugenia había nacido en la villa de Bárcena de Pienza y cuentan que al año ya pesaba 25 kilos. Este crecimiento descomunal llamó la atención del mismísimo Carlos II, a quien sus súbditos llamaban “el Hechizado” debido a los muchos males que lo aquejaban (investigaciones ulteriores sospecharon que se trataba de un síndrome de Klinefelter y que, por esa razón, no dejó descendencia). La niña siguió creciendo en el Real Palacio de Alcázar donde plumas dispuesta a exagerar hasta lo inverosímil, continuaron la descripción de sus excesos anatómicos, donde contrastaban la desproporción de su volumen abdominal con la extensa pequeñez de sus pies, como lo destaca Juan Carreño en los retratos encomendados por el monarca hechizado.

Eugenia pasó a poblar la corte de locos y contrahechos que rodeaban a Carlos II. A los jóvenes insanos, María de Todo el Mundo y Francisco,cel anima del Purgatorio, los llamaban “tinieblas vivientes” por creerse ángeles del cielo. Entre ellos transcurrió la efímera existencia de Eugenia, de la que se desconoce la fecha de defunción.

Hoy se sabe que la “niña mosntruo” padecía una deleción del cromosoma 15 en sus locus 11 y 13, circunstancia que da lugar a niños obesos de cabellos claros y ojos almendrados, de pies y manos pequeñas, hipogenitalismo e hipolucidos en el entendimiento, como lo describiera el Dr. Pradel-Willi en 1956. La falta de sensación de saciedad los lleva a una ingesta casi constante de alimento, circunstancia que explica su obesidad mórbida.

Existen otras enfermedades que se asemejan al cuadro de Pradel-Willi, como el Sindrome de Laurence-Moon- Biedl, que además de hipogenitalismo y obesidad, tienen polidactilia (un dedo más) y una afección de la retina que lleva a la ceguera, la retinosis pigmentaria. Curiosamente, al mismo tiempo que Eugenia exhibía su anatomía, había una niña siciliana que también se paseaba por España luciendo su sobrepeso y su dedo supernumerario.

En este día de la prevención de la obesidad se convoca a corregir algunas concepciones equivocadas que tenemos sobre la obesidad.

Al igual que otras enfermedades que tienen un origen genético desconocidos para muchos, se tiende a pensar que vencer la obesidad es una cuestión de voluntarismos. La obesidad es una cuestión de salud compleja, multifactorial, que favorece la aparición de otras afecciones, como la diabetes, hipertensión y arterosclerosis. Ser obeso acorta la expectativa de vida.

Gracias a un aumento de la producción de alimentos y especialmente del abaratamiento de los aceites, el porcentaje de obesos ha aumentado significativamente en los últimos años. Mientras que históricamente era el hambre la condición imperante, en estos años se calcula que en el mundo hay no menos de 2000 millones de obesos y “solo” 800 millones con déficit alimentario.

¡Ojo! que con obesos no queremos decir que haya mejorado su nivel económico ni la calidad alimentaria.

Hoy en día, la dieta farinácea barata, el sedentarismo y también el encierro obligado por la pandemia (aunque hay pocas evidencias estadísticas) ha aumentado el sobrepeso en la población con las consecuencias que ello apareja.

No es este el espacio para hablar de tratamientos pues cada caso debe abarcarse desde distinta perspectiva. El concepto elemental es bajar el ingreso de calorías por el consumo y aumentar las calorías que se queman por el ejercicio, circunstancia que implica un cambio de actitud para que el resultado de adelgazar se mantenga. Circunstancia harto difícil y que algunos, como la niña Eugenia, resulta casi imposible, porque ella no era capaz de regular su hambre voraz.

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