De países ingobernables

El general Charles de Gaulle declaró que era imposible gobernar un país donde existían 325 tipos de quesos. Al retirarse como presidente del Uruguay, el general Lorenzo Latorre declaró: “Llevó el desaliento hasta el punto de creer que nuestro país es un país ingobernable”. Para cuando este presidente declaró su desazón, la República Oriental ya llevaba medio centenar de revoluciones en sus cincuenta años de vida.

El Libertador Simón Bolívar poco antes de morir le escribió al general Juan José Flores, primer mandatario constitucional de Ecuador, algunas recomendaciones para ejercer su puesto: “He mandado veinte años y de ellos he sacado pocos resultados ciertos:

1- América Latina es ingobernable para nosotros;

2- el que sirve una revolución ara en el mar;

3- la única cosa que puede hacerse en América es emigrar.

4- La gran Colombia (Colombia, Venezuela y Ecuador) caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas.

5- devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos.

6- Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de América Latina”.

Don Simón no estaba en un buen día, aunque mucho, pero no todo, de lo que dijo se hizo realidad.

Quizás el que mejor expresó su desazón fue Amadeo I de Saboya, quien, a la sazón había sido proclamado rey de una España convulsionada que había pasado por la cleptocracia de Cristina Borbón, al desgobierno de su hija Isabel, las guerras carlistas (además de otras revoluciones), y un ensayo de República que resultó bastante caótico.

Como no había español sin algún pasado comprometido, decidieron convocar a un extranjero para fundar una nueva dinastía. Después de la revolución llamada “La Gloriosa” (en realidad varios países han tenido una con el mismo nombre que nunca resultó ser tan “gloriosa”), España había declarado la libertad de prensa, de reunión, de culto y enseñanza, es decir, demasiadas libertades juntas de un día para otro. Por está razón nadie se puso de acuerdo, salvo en una cosa: si se elegía un rey, éste no debía ser Borbón (bueno, con el tiempo volvieron y aún están en el trono).

Los españoles buscaron al candidato ideal entre los nobles europeos y al final se quedaron con este duque de Saboya, habiendo descartado a un príncipe alemán, Hohenzollern – Sigmaringen, –porque ya el ingenio popular madrileño había desvirtuado su apellido en un “Olé, olé si me eligen” (con tonada española suena gracioso).

Al que no le hizo nada de gracia su paso por el trono fue al pobre Amadeo quien, después de meses de desentendimientos con las cortes, la aristocracia, los políticos y militares hispanos, exclamó, después de dos años y tres meses de tratar de poner algo de orden en el caos: “No entiendo nada”, y antes de irse a Italia, declaró desconcertado “España es ingobernable”.

Muchos argentinos, al igual que Amadeo no entendemos nada, creemos que el país es ingobernable, o como Bolívar pensamos que estamos arando en el mar, o como de Gaulle creemos que hay demasiadas variedades de quesos además de gremios, planeros y pocos proyectos viables de cómo salir de este embrollo. Otros, como sugería don Simón, han recurrido al exilio…. Pero las naciones no mueren y España es hoy un país pujante, Francia fue la meca cultural del mundo y tanto Venezuela, Colombia y Ecuador tuvieron momentos de esplendor (además de tiranuelos). Los países nunca mueren. Solo hay que seguir trabajando con paciencia.

Esta nota también fue publicada en Clarín

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