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miércoles, octubre 5, 2022

Los burros del presidente

Que un presidente tenga burros alrededor no es nuevo, se remonta a los albores de la democracia. Deberíamos aclarar, para ser más precisos, a que tipo de burros nos referimos porque los hay de distintos tipos y pelajes. Algunos son mansos y trabajadores y hay otros díscolos y propensos a la vagancia; a estos ninguna tarea les viene bien y terminan con todos a las patadas.

Los mansos son más útiles y versátiles, se los puede usar en distintas tareas que cumplen sin pena ni gloria, pero con perseverancia. Son estos los que, por su docilidad, pueden cumplir alguna tarea conductora pero burros al fin, nunca se destacan por su inteligencia. Es que tampoco podemos pedirle peras al olmo, o discernimiento a un burro.

En cuanto al pelaje, los hay más bancos y otros rojizos. Su color no implica ni mayor tendencia al trabajo ni docilidad, aunque algunos expertos digan que los rojizos suelen ser más díscolos que los demás, pero suena prejuicioso.

Decíamos que la costumbre del presidente de tener burros se remonta a los albores de la democracia y más precisamente nos referimos a George Washington, el primer presidente norteamericano que tenía una muy buena relación con Carlos III de España.

Resulta que este monarca y su pariente francés al trono (ambos eran Borbones) habían apoyado a la insurgencia de las colonias inglesas en Norteamérica y tenían sumo respeto por el primer mandatario, quien no solo promovió una constitución basada en los derechos del hombre (aunque fuese uno de los mayores poseedores de esclavos del nuevo país) sino que también estableció la alternancia en el poder como principio esencial del sistema.

Cuando le ofrecieron ser presidente por un tercer período dijo: “Yo he luchado siempre contra la monarquía, no pretendo eternizarme en el poder”, y se retiró a su propiedad de Mount Vermont donde se dedicó, entre otras cosas, a la cría de mulas.

Para producir mulas necesitaba burros y los mejores sementales eran los españoles. Fue entonces que Carlos III se enteró de la inquietud del ahora expresidente y le envíó dos excelentes ejemplares de burros zamoranos y un pastor para que los cuidara durante el viaje –aunque uno murió en el trayecto– Fue así como las mejores mulas norteamericanas son descendientes de un burro español regalado por un rey que admiraba a un demócrata al que había asistido a liberar una nación del yugo británico.

Los descendientes de Carlos III y, especialmente su nieto Fernando VII, no entendieron esta lección y Fernando se embarcó en una guerra a muerte con los súbditos de sus colonias que buscaban independizarse como antaño lo hicieron los de Norteamérica. Peor suerte corrió la rama francesa de los Borbones que terminó en el patíbulo probando las bondades equiparadoras de la guillotina …

Pero la historia no termina acá porque los burros, a instancias del dibujante Thomas Nast (el mismo que creara a Santa Claus y Uncle Sam), se convirtieron en el símbolo de los demócratas. No sabemos a ciencia cierta si Nast, que había nacido en Alemania en 1840, conocía el origen de los burros españoles pero eligió a los elefantes para representar a los republicanos y a los asnos para hacer lo mismo con los demócratas por considerarlos a estos propensos al dispendio descontrolado, como hacen algunos burros con el gasto público.

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