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martes, agosto 16, 2022

Las vacaciones de la reina

¿Por qué una persona debía dejar de trabajar, viajar por caminos inseguros y enfrentar desavenencias? Pues la respuesta puede sonar extraña, pero hacían turismo por salud.

Desde la Edad Media las personas solían peregrinar a basílicas o catedrales donde se exponían restos de santos con capacidad curativa. Cuánto mayor capacidad terapéutica, más prestigio y mayor número de peregrinos dejarían donaciones en dichos templos. Obviamente, las vecindades se beneficiaban brindando hospedaje, comida y otros “divertimentos” no siempre tan santos, de allí que se desarrollará una no tan virtuosa  competencia por contar con reliquias más sanadoras a punto de desarrollar lo que dio en llamarse “furta sacra”, es decir, el robo de huesos que no siempre eran de santos.

Por esta misma razón terapéutica se fueron popularizando diversos baños termales, donde la gente acudía en busca de una “hidroterapia” que le devolviese, al menos, una fracción de esa salud perdida. Y la persona que más colaboró con este desarrollo del turismo fue Isabel II de España, una de las pocas cosas que se le pueden agradecer a esta reina, antes que sus súbditos la invitasen a retirarse. Obviamente, su aporte al turismo lo hizo sin querer… ya que Isabel desde muy joven padeció una afección cutánea. Los médicos reales, Carrasco, Damian y Castellón (este último también lo había sido de su padre, Fernando VII) le habían diagnosticado ictiosis –una rara enfermedad que acababa de ser descripta en París por los doctores Cazenave y Alibert.

Aquellos que padecen ictiosis, la  piel se cubre de escamas semejantes a las de un pez (de allí el nombre). Sin embargo, en el caso de la reina, estas escamas eran nacaradas. Esta apreciación de los facultativos es la que hace pensar que no se trataba de una ictiosis, sino que era psoriasis lo que padecía la reina.

Aunque esta enfermedad había sido descripta por Galeno, había mucha confusión con los diagnósticos diferenciales (muy probablemente muchos de los enfermos alojados en los leprosarios hayan sufrido formas generalizadas de psoriasis).

Como la psoriasis mejora con la exposición al sol y los baños de mar, fue Isabel quien puso de moda las playas de San Sebastián, especialmente el balneario conocido como La Concha.

La reina al desplazarse también arriaba gran parte de la corte y con ella todos los advenidezos del poder.

Fueron justamente estos personajes los primeros turistas quienes, además, empezaron a tomar baños de mar imitando a la reina. En realidad, lo de “baños de mar” es una expresión que poco se asemeja a lo que hoy así llamamos, porque Isabel tenía una caseta gigante instalada sobre rieles, tirada por un par de bueyes que la adentraban o la extraían del mar, poniéndola a salvo de las miradas plebeyas. No es que la reina exhibiese su cuerpo, porque se adentraba en el mar vestida de cuello alto, mangas hasta el codo y calzón hasta las rodillas. Difícil decir que esto fuese un baño, pero es lo que se estilaba entonces.

Obviamente, este proceso era controlado por un fornido caballero que hacía las veces de bañero.

Caseta construida para la reina Isabel II en la antigua playa

Mientras Isabelita “la frescachona”, como la conocían sus súbditos, paseaba su doliente humanidad por los mares ibéricos, acompañada por algunos de los muchos amantes que tuvo en vida, la emperatriz Sisi de Baviera paseaba su soledad por Corfu, Mallorca y Trieste para alejarse de la corte austriaca que solo le traía a la memoria la muerte de sus hijos (incluido el oscuro asesinato del príncipe heredero en Mayerling) y su fracaso matrimonial (además de su anorexia, pero ese es otro tema…).

Justamente el hábito viajero de la emperatriz fue su perdición. A orillas del lago de Ginebra un anarquista, Luigi Lucheni, casi por casualidad, puso fin a sus días (y a sus penas).

Hoy esto de viajar a reposar y conocer lugares se ha desbordado después de los forzados encierros durante la pandemia.

El turismo, antes reservado para aristócratas y enfermos, se ha convertido en una gran industria sin humo que no solo mueve fortunas sino virus y enfermedades por el planeta. Lo hizo antes, lo hace ahora y lo hará en el futuro, aunque antaño se desconociese la información “minuto a minuto” de números estremecedores de víctimas.

Conocer el mundo ya no es una aventura como la que vivían los peregrinos, soldados y navegantes, pero no por eso carece de riesgos que merecen correrse, aunque nos quieran cobrar más impuestos, sufrir cambios dispares y completar trámites infernales.

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