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miércoles, agosto 17, 2022

Lo esencial es invisible a los ojos: todo eso que creemos ver y que tan solo estamos imaginando

¿Hasta dónde la memoria no es una sarta de imágenes photoshopeadas por nuestro inconsciente? Esas interconexiones neuronales que producen esas supuestas vivencias pasadas, son, a fin de cuentas, meras ficciones creadas a través de una sumatoria de condicionamientos heredados e hipervinculaciones de información contemporánea, sumadas a los mambos jambos psicológicos particulares de cada uno. ¿Pero que nos hace creer que vemos aquello que creemos estar viendo? El horror vacui. El temor al vacío, suele ser la respuesta ante la mayoría de los actos por los humanos consumados. Nada es más facciosamente propulsor de la fantasía, la mentira, la ilusión y la frustración, que ese pánico ante el desconcierto, lo desconocido, ante la ausencia de certeza alguna y/o placebos nomenclados de “verdades” (aunque ni bien sean relativas).

La verdad: ¡qué tan maravillosa falacia! Qué ejercicio literario mayor que esa mentira repetida muchas veces a la llaman “verdad” … Lie to me, tell me no truth. ­– “Fly me to de moon, let me play among the stars, let me see what spring is like on Jupiter and Mars”, cantaba Frank Sinatra. “Es cierto que te amé y es falsa la verdad, pero parte del amor es mentir sin lastimar”, canta Rosario Ortega–. Mentime que me gusta… me gusta saberme receptor protagónico, la entidad viva para la cual esa suma de palabras fue enhebrada. Protagonismo de bisutería, fugacidades de cortejo, espacios interpretativos gestores de realidades fantasiosas, de invenciones, de literatura… – “Solo es mentira la mentira, solo es mentira la verdad”, según Manu Chao–. ¿Hasta dónde no todo es una mentira? ¿Hasta dónde no somos una mentira con patas? Si creemos como “cierto” todo aquello que percibimos no devenimos más que en mentirosos compulsivos autoconvencidos, si creemos que es “verdad” eso que subjetivamente experimentamos: vamos cuasi muertos, suerte de zombis de la necedad, infectos por el miedo al asombro y a la otredad.

La mentira es literatura, así como lo es la verdad y eso a lo que denominan “realidad”. Cada subjetivación – por más somatopolitizada que esté– es una interpretación específica –por más desubjetivizados que estemos–, una unicidad sensitivamente interpretativa, una suma de átomos, cadenas moleculares y neurotransmisiones propias de cada ser (y de toda entidad viva: demás mamíferos, plantas y hongos). Toda exégesis es una arrogación, una atribución personal para convertirse no solo en director de su película, sino también en autor de declamaciones por otros conculcadas. No es el planeta tierra un conglomerado de ficciones caminantes y fetichizaciones estéticas que van desde la armonía y lo sublime, pasando por el absurdo y la tragedia, a lo grotesco y obsceno… –¿Mentiras estéticas o estetizadas?  Estetizadas. Sí, en este capitalismo farmacopornográfico, la verdad es anecdótica y la estetización es la substancia que todo lo inocula–.

“Son ilusiones”, dice el madrileño C.Tangana, después de un: “Yo pienso en ti”, en unas de las canciones de su último disco. –Illusions, that kind of dreams that can become nightmares–. Y, ¿hasta dónde no es todo lo que creemos estar viendo mera ilusión, veladuras superpuestas encomiadas como “realidad” … Somos creadores de ilusiones compulsivos, lo hacemos incesantemente, ­–casi– inconscientemente. Ahora, si toda percepción es –de alguna manera– ilusoria, no solo el concepto de “verdad” deviene irrisorio, sino que hasta dónde no somos todes disfóricos substanciales… Igualmente, por más desubjetivizades que la biopolítica nos tenga y de la alexitimia que nos caracterice, creo que todes somos unicidades irreproducibles, entidades auráticas, y que como tales columbramos todo lo que contextualiza nuestras existencias desde una óptica absolutamente intrínseca (siendo esa consustancialidad la que nos acaudilla las libres interpretaciones gestadoras de esas sarta de imágenes photoshopeadas por nuestro inconsciente a las que entendemos como “memoria”).

Ni verdades ni certezas, solo caprichos perceptivos que, de no ser reconocidos como tales, el egotismo puede hacer de las suyas y en cuestión de segundos convertirse en la estrella más pesadillesca de cualquier “yo” y en la peor compañía para todo “ello” (freudianamente hablando). De no ser completamente conscientes de que toda sensación/percepción/emoción no es más que un acrisolamiento subjetivo, el incordio de la necedad y la obturación de la cerrazón psicoemocional harán de toda posibilidad de intercambio relacional y descubrimiento de otredades una imposibilidad rotunda. Mutabilidad, sentido del humor, del ridículo y de la contradicción como compañera de vida, son les mejores aliades imaginables en esta contemporaneidad que nos contextualiza. La seriedad y la fehaciencia perecieron (fueron enterradas tras la modernidad y bastardeadas por el revisionismo poshistórico), las grandes narrativas y los universalismos (si bien aún se oyen los despojos sonoros que supieron dejar sus ecos –unheimlich–) ya no representan nuestro zeitgeist. El relativismo y el subjetivismo tomaron el podio posmodernista, deviniendo en la ambigüedad que tan substancialmente encarna el presente que vivimos.

El ser humano se esclavizó a sus instrumentos y a las normas de sus instrumentos, y su sistema artificial de normas, economía y tecnología; naturalizó esas construcciones narrativas socioculturales desubjetivizantes que todo lo unifican, achatan, despoetizan. El pánico a la anomalía hizo del silencio un espiral y de la sumisión una actitud de vida. La anulación de la propia esencia –siendo las nanotecnologías de poder autoadministradas el magnánimo de los ejemplos– hizo de las posibles rizomatizaciones venideras una irrisión categórica y del concepto de “utopía” un término –cuasi– peyorativo –lindante entre la ingenuidad y la psicosis–. “Lo primero que el poder extrae y destruye es nuestra capacidad de desear el cambio”, escribió Paul B. Preciado a comienzos de este milenio. Ahora, pero si toda concepción de “realidad” es ilusoria, no paramos de estar creando realidades con nuestras percepciones/sensaciones/interpretaciones, por ende, no solamente somos capaces de producir cambios que gestan nuevas realidades, sino que lo hacemos endémicamente. A fin de cuentas, resulta que lo único que, como creadores natos de ficciones que somos, lo significante sería que empecemos a coescribir el guión de esa ilusión designada como “realidad” conjuntamente.

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