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miércoles, agosto 17, 2022

BELGRANO Y EL OTRO BORGES

“Su vida, medida en el espacio y el tiempo,

ocupará unas pocas líneas,

que mi ignorancia abreviará aun más”

Jorge Luis Borges

Juan Francisco Borges nació en junio de 1766, en la villa de Santiago del Estero, lugar de soles destemplados y tierras vibrantes, bendecida por la presencia de un manto sagrado cedido por Felipe II a la última ciudad fundada en sus dominios que resultó ser esta Santiago, a orillas de un Río Dulce.

Juan Francisco era hijo de un comerciante de origen portugués (como fueron los ancestros de Jorge Luis). Desde niño acompañó a su padre en los viajes al Alto Perú donde tenía fuertes intereses. Allí fue testigo de la revuelta de Túpac Amaru II y el joven no dudó en incorporarse a las fuerzas que defendían la ciudad de La Paz. Fue herido y atrapado al intentar quebrar el sitio, pero aún así logró escapar de los insurrectos. Su padre y su tío no tuvieron la misma suerte.

Ajusticiados los sediciosos, Francisco se dedicó al comercio de la quina pero con menos suerte que su progenitor y hasta llegó a ser procesado y enviado al puerto del Buen Ayre  para ser juzgado. El virrey Sobremonte lo absolvió y Francisco continuó con su actividad comercial.

Hombre de fuertes convicciones y respuestas altaneras, volvió a tener un conflicto, esta vez con un tal Domingo Achával. Una vez más fue arrestado y otra vez más liberado.

Cansado del comercio que tantos sinsabores le había acarreado en su corta existencia, marchó en busca del “Mesón de fierro”, un inmenso meteorito en Campo del Cielo, ese territorio del Chaco tachonado de cometas extraviadas.

No tuvo suerte (y si la tuvo, no reveló qué se llevó de esta enorme masa de metal). Lo próximo que sabemos de este Borges es que viajó a España donde hizo reconocer sus servicios, siendo nombrado “Caballero de la Orden de Santiago”. Luciendo este título honorifico volvió a Santiago del Estero, donde su nueva y encumbrada situación creó celos y envidias por su actitud jactanciosa, conducta altanera y temperamento impulsivo.

Producidas las jornadas de mayo, Borges adhirió al movimiento patrio y siguió las instrucciones de José Moldes, revolucionario salteño que había conocido en España. En Santiago del Estero instó a cumplir las instrucciones de la Primera Junta, convocando a un Cabildo abierto que terminó reconociendo el mandato del gobierno porteño.

De su propio peculio formó al batallón de “Patricios santiagueños”, fuerza de 300 hombres que se integró al Ejército del Norte.

El Cabildo santiagueño votó para escoger al delegado que formaría parte de  la Junta Grande. Fue elegido Juan José Lami, pero Borges impugnó esta votación y pidió su anulación ya que se creía la persona idónea para ese puesto. La patria apenas había nacido y ya existían reclamos de representatividad…

Camino al Alto Perú, Borges fue acusado por el comandante Ortiz de Ocampo de haber sustraído material que pertenecía a la fuerza expedicionarias. Castelli, que actuaba como auditor del Ejército del Norte, le dio la razón al comandante y Borges debió volver cabizbajo y humillado a su Santiago natal.

Tanto Castelli como Ortiz de Ocampo protestaron ante el Cabildo santiagueño por la postulación de Borges. Éste resistió la arremetida, cuestionando la legitimidad de los miembros del Cabildo para destituirlo.

Como ya la cuestión tomaba conato de insurrección, Bernardino Rivadavia, como miembro del Triunvirato, lo hizo arrestar y trasladar a Buenos Aires para ser procesado. Como Borges tenía muchos seguidores en su provincia natal, éstos, temiendo por su vida, lo eligieron miembro del Cabildo santiagueño, confiriéndole así fueros e inmunidad. A la caída de Rivadavia, nuestro hombre recuperó la libertad y volvió a su terruño.

En esos años, Santiago del Estero dependía de la gobernación de Tucumán. Las discrepancias entre las dos provincias, que hoy son fuente de anécdotas folklóricas, entonces no eran tan “graciosas” y los conflictos se sucedían con designaciones de “tenientes de gobernador” que eran sistemáticamente rechazados por los santiagueños. Borges decidió tomar el toro por las astas y escribirle al director Álvarez Thomas una nota reclamando la escisión de su provincia a fin de evitar las arbitrariedades de los tucumanos. Álvarez Thomas delegó la solución del conflicto al Congreso que se reuniría en Tucumán. No parecía esta la forma más feliz de llegar a la autonomía provincial…

Borges, en una de esas decisiones impetuosas que lo caracterizaban, inició una revuelta local que destituyó al teniente gobernador Tomás Juan de Taboada (ancestro de los hermanos Taboada que gobernarían la provincia por años).

Borges declaró a Santiago del Estero como pueblo libre y parte del Protectorado artiguista, que incluía, además, la Banda Oriental, la Mesopotamia, Santa Fe y Córdoba. Para septiembre de 1815, cuando Borges proclamó la emancipación de su provincia, las integrantes del Protectorado habían declarado su independencia de España en el Congreso de Arroyo de la China y promovían un régimen confederado con una alianza estratégica (que los artiguistas llamaban independencia relativa).

Bernabé Araoz, gobernador de Tucumán, reaccionó rápidamente y atacó a Santiago del Estero, logrando capturar a Borges. Éste pudo escapar de la prisión y se dirigió a Salta donde se puso bajo la protección de Martín Güemes. Junto a él participó en una serie de levantamientos que culminaron con la autonomía salteña.

Envalentonado por este logro, Borges volvió a su provincia, sublevó al pueblo de Santiago y declaró la autonomía provincial. Belgrano, a cargo del Ejército del Norte, ordenó la represión de este movimiento que suponía una contrarrevolución realista. A tal fin destacó una fuerza a cargo del coronel Bustos –futuro gobernador de Córdoba–, quien contaba entre sus subordinados a José María Paz (que, años más tarde, derrotó a Bustos en el contexto de la guerra entre unitarios y federales) y con un muy joven Gregorio Araoz de Lamadrid, futuro jefe unitario y gobernador de Tucumán.

Borges se retiró con 500 hombres hacia El Loreto, pero fue alcanzado por Araoz de Lamadrid y un contingente de cien jinetes. A  pesar de estar este en inferioridad numérica, Lamadrid logró derrocar las fuerzas santiagueñas. Borges huyó hacia Salta, convencido que Güemes habría de prestarle ayuda, pero fue atrapado por Leandro Taboada (padre de Manuel y Antonino, futuros caudillos de la Santiago del Estero), quien lo entregó a Araoz de Lamadrid.

La suerte de Borges estaba echada, ya que las órdenes de Belgrano eran terminantes: éste debía ser pasado por las armas. La fatídica disposición se cumplió en el convento de Santo Domingo. Bajo un frondoso algarrobo, Juan Francisco Borges fue fusilado, después de haber dispuesto de sus asuntos terrenales y recibido asistencia espiritual, siguiendo la fe de sus mayores. Media hora después de su ejecución llegó un indulto firmado por Belgrano…

El general Paz, en sus memorias, señala el grave error del creador de nuestra bandera quien había decretado esta muerte, “sin juicio, sin forma alguna y sin oír al reo”. El general Bartolomé Mitre, en su minuciosa biografía sobre Belgrano, señala el excesivo rigor de la sentencia, pero reconoce que “los tiempos eran duros, y Belgrano era inexorable en materia de disciplina, siendo Borges un militar sujeto a su dura ley”. El mismo Mitre, a lo largo de su extensa carrera, se vio obligado a tomar decisiones temerarias, de las que seguramente se arrepintió. En más de una oportunidad, Mitre debe haber meditado sobre esta medida que puso fin a la vida de un verdadero patriota federal como lo fuera Juan Francisco Borges, hoy reconocido como el precursor de la autonomía provincial.

Juan Francisco pudo ser un héroe de mayores proporciones, pero su trágico fin malogró su carrera y privó a Santiago del Estero de un líder. Su hijo, Juan Francisco Segundo, llegaría a ser gobernador de la provincia.

El otro Borges, el poeta, dijo de su abuelo, también Francisco :

“Fue tu vida una cosa que arrastran las batallas, el honor, la tristeza, la soledad y el inútil coraje”, una imagen especular de dos hombres extraviados en el laberinto de una historia que se repite  con obstinada perseverancia.

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