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jueves, agosto 18, 2022

Vercingétorix

   Vercingétorix era hijo de Celtilo, líder de uno de los principales clanes arvernos, una de las tribus más importantes, que ocupaba un territorio en la región de Languedoc, al sur de Francia. Vercingétorix no era su nombre de nacimiento sino un título, y es el único nombre por el cual se lo conoce. Su nombre de pila era conocido sólo por su familia y algunas personas cercanas, ya que los galos creían que saber el verdadero nombre de alguien les daba poder sobre esa persona. Llamado por algunos Ouergentorix y por otros Vercingetorixs, el nombre definitivamente aceptado, Vercingétorix, significa según algunos “el gran jefe de los guerreros” y según otros “vencedor de cien batallas”. Vercingétorix era un líder carismático, valiente, exigente con sus tropas y aliados y respetado por sus enemigos;  esa clase de líderes por la cual se daba la vida sin dudarlo.

     En el año 53 a.C. Julio César había vencido en todas las batallas contra los galos aprovechando su punto débil: la división que había entre los diferentes pueblos de la Galia. Sin embargo, ese mismo año, la tribu de los eburones (celtas del norte de la Galia), dirigida por Ambiorix, se rebeló contra la invasión romana y derrotó a una de las legiones de César, que perdió casi un cuarto de sus tropas. Esa rebelión de los eburones (la primera derrota de los romanos en la Galia) inspiró sentimientos nacionalistas y revolucionarios en toda la región, y las tribus galas empezaron a darse cuenta de que sólo vencerían a Roma si se mantenían unidas. Se convocó un concilio de dirigentes en Bibracte (una ciudad ubicada en lo que hoy es la Borgoña), que había sido la capital de los heduos, un pueblo celta que habitaba la Galia pre-romana.

     En ese concilio, Vercingétorix, jefe de la tribu de los arvernos, se convirtió en el comandante de los ejércitos unidos de la Galia luego de convencer a los otros jefes de los pueblos galos de la necesidad de unirse para hacer frente a Roma.

     Pasando rápidamente de las decisiones a los hechos, los galos de Vercingétorix comenzaron a combatir a los romanos con la estrategia de la “guerra de guerrillas”: ataques rápidos a los romanos en las ciudades y en sus rutas de abastecimiento. Los galos atacaban en emboscadas y desaparecían rápidamente, en una especie de “toco y me voy”. Y no sólo atacaban a soldados o campamentos militares; también despacharon a ciudadanos romanos comunes, comerciantes, colonos, etc. César, que se encontraba en la Galia cisalpina, se enfureció y decidió perseguir a Vercingétorix, que utilizando la estrategia de la “tierra quemada” iba quemando ciudades y campos a su paso para evitar que las tropas romanas pudieran alimentarse, aprovisionarse o refugiarse en su camino; buscaba así que los romanos se fueran desgastando y debilitando poco a poco, mientras evitaba enfentarse frente a frente con ellos, que tenían una evidente superioridad en infraestructura y organización militar.

     La excepción a esta estrategia fue la ciudad de Avaricum. Allí, los pobladores galos le suplicaron a Vercingétorix que había que defenderla y no destruirla, ya que era muy hermosa y era el orgullo de su pueblo. Vercingétorix no estaba de acuerdo pero accedió a regañadientes a esa petición, no se quedó en la ciudad y acampó a unos kilómetros de allí, mientras muchos miembros de su ejército que tenían su familia en Avaricum se quedaron en su ciudad. César llegó a Avaricum, fuertemente defendida y fortificada; la asedió durante casi un mes, la atacó y los galos lucharon ferozmente, pero las fuerzas de César prevalecieron. No hubo piedad con la gente: de los 40.000 pobladores, sólo sobrevivieron 800. Tras la caída de Avaricum los galos se unieron aún más contra Roma; el ejército de Vercingétorix casi se duplicó en las semanas posteriores y continuó con sus tácticas de guerra de guerrillas, quemando puentes, cortando las rutas de suministros y atacando eficazmente a los romanos que buscaban comida.

     Finalmente los ejércitos ede Vercingétorix y César se encontraron en el río Allier (entre Clermont-Ferrand –más cerca– y Lyon –más lejos–). Habiendo sido destruidos los puentes, cada ejército avanzaba hacia el sur, cada uno por su lado del río, semblanteando a su enemigo de enfrente. Pero Julio César escondió a dos de sus legiones, que cruzaron el río y sorprendieron al ejército de Vercingétorix por la retaguardia. Los galos huyeron y se refugiaron en la fortaleza de Gergovia, en un cerro de baja altura pero de laderas empinadas. César avanzó ostentosamente con la caballería por el terreno más plano y mandó al resto por las zonas de las pendientes más inclinadas. Vercingétorix no cayó dos veces en la trampa del doble ataque y distribuyó sus tropas adecuadamente, y así no sólo derrotó a los romanos obligándolos a retirarse, sino que les infligió muchísimas bajas.

     El triunfo en la batalla de Gergovia hizo que Vercingétorix recibiera el apoyo de más tribus. Ahora sí los galos eran enemigos de temer para los romanos. Varios combates y batallas se sucedieron entre romanos y galos a partir de entonces; en el año 52 a. C., las tropas de Julio César comenzaron a predominar en diversos enfrentamientos y Vercingétorix decidió reunir sus tropas en la fortaleza de Alesia (centro-este de Francia), para afrontar la batalla definitiva que pondría punto final al enfrentamiento entre galos y romanos.

     Alesia estaba situada en un cerro, era una fortaleza natural muy parecida a Gergovia, desde la cual se dominaban todos los valles cercanos. Ante la imposibilidad de un asalto frontal y luego de la mala experiencia de la derrota de Gergovia, César cambió de estrategia y decidió aislar a sus enemigos, buscando desgastarlos para que terminaran sucumbiendo al hambre y la sed. Para eso, César mandó construir un muro perimetral de 18 kilómetros de longitud y de 4 metros de alto, con torres de más de 20 metros de alura, excavaron fosos anchos y profundos para desviar el agua de los ríos cercanos y pusieron trampas de todo tipo y por todos lados: agujeros ocultos, estacas afiladas, lanzas, etc. Y toda esa obra la hicieron…¡en menos de un mes!

  Apenas comenzada la construcción de la fortificación romana, Vercingétorix envió a su primo Vercassivellaunus, a cargo de parte de la caballería, a buscar refuerzos. Estos pudieron escapar de la ciudad por una zona apartada, antes de que la enorme construcción militar romana estuviera terminada. Esta maniobra alarmó a César, que imaginó que entonces llegarían tropas galas de refuerzo que lo atacarían “desde afuera”. Entonces hizo construir una línea defensiva exterior de unos 21 km de perímetro; de este modo, los romanos quedaban protegidos por los dos lados.

     Mientras tanto y como era de esperar, los galos (80.000 soldados además de la población civil) cercados dentro la fortaleza de Alesia, empezaron a quedarse sin provisiones. Los jefes del ejército se reunieron con los jefes  civiles de la ciudad para decidir qué hacer. La discusión fue dura y descarnada; incluso una de las posiciones (defendida por Critognato, un noble arverno) sostenía que no había que rendirse y que ante la falta de alimentos había que devorar a aquellos que no fueran aptos para la lucha (heridos, no combatientes, débiles, etc), pero esa postura no logró imponerse. Finalmente, los líderes galos decidieron expulsar a todo aquel que no estuviera en condiciones de pelear, incluyendo mujeres y niños. Vercingétorix pensaba que César los dejaría escapar o los haría esclavos, lo que quizá, ante una mínima permeabilidad de la fortificación construida por César, podría darle a su ejército una oportunidad para romper las filas romanas. Así fue como los “no combatientes” expulsados llegaron hasta las posiciones romanas, donde pidieron y hasta suplicaron que los dejaran ir o que los tomaran como esclavos, pero César ordenó que no fueran admitidos, argumentando que no tenía granos ni alimentos para miles de bocas extras, y les ordenó que volvieran a la ciudad sitiada. Cuando regresaron, los líderes galos no los dejaron volver a entrar, y entre 5.000 y 10.000 personas murieron de hambre en una especie de “tierra de nadie” entre Alesia y la circunvalación romana.

    Poco después, cuando el ejército de Vercingétorix estaba cerca de quedar exhausto, llegaron finalmente las tropas galas de refuerzo. En una estrategia conjunta, mientras las tropas recién llegadas asaltaban las murallas exteriores, el ejército de Vercingétorix atacaba las interiores. Aun así, el esfuerzo conjunto no fue exitoso. El ejército romano era demasiado para los galos, agotados y débiles después de casi dos meses del sitio de Alesia.

     Vercingétorix entendió que no habría escapatoria para él ni para sus hombres. En este punto surgen dos versiones diferentes de los acontecimientos que siguieron: según César, los jefes galos del ejército de Vercingétorix decidieron entregarlo para acabar con el asedio; según el historiador Dion Casio, Vercingétorix se entregó, sorprendiendo a César y sus hombres en el campamento. Según este historiador, Vercingétorix llegó sin anunciar, apareciendo imponente aún en la derrota. Los defensores de Alesia fueron masacrados, vendidos como esclavos o regalados como esclavos a los soldados por su servicio durante el asedio. César hizo que encadenaran a Vercingétorix y lo llevaran prisionero a Roma. Ya en Roma, Vercingétorix fue sacado a rastras de prisión para que apareciera en el desfile triunfal de Julio César por las calles, como trofeo de César en su larga campaña en la Galia.

  Hay versiones diferentes sobre la muerte de Vercingétorix; la más aceptada es que fue mantenido prisionero en una celda de Tulliano, donde fue estrangulado en agosto del 46 a.C., año en que César celebró su triunfo sobre la Galia.

    A pesar de haber sido derrotado la fama de Vercingétorix creció y se convirtió en una figura de culto y una leyenda poco después de su muerte. Los franceses dicen que “los galos nunca olvidaron el momento en que se unieron como una sola nación”.

     Vercingétorix es considerado el primer héroe nacional de Francia.

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