Todos recordamos las imágenes del Cabildo en ese día lluvioso de mayo, los retratos de los miembros de la Primera Junta, esas damas de amplios miriñaques, los caballeros de levita y galera con paraguas, protegiéndolos de la lluvia y cintas celestes y blancas entre una concurrencia de rasgos europeos, sin gente de color ni gauchos o mestizos, primera impresión que debería despertar las sospechas del espectador.
El cuadro de Ceferino Carnacini (1883-1964), llamado “El pueblo quiere saber de qué se trata”, fue pintado en 1938 y estaba destinado a ilustrar los billetes de cinco pesos.

Desde un principio, los historiadores señalaron esta improbable difusión de paraguas, que en ese tiempo era una rareza reservada a las personas pudientes, como Mariquita Sánchez de Thompson.
Ese día, las vecindades de la plaza habían sido ocupadas por las tropas de Arribeños a las órdenes de Ortiz de Ocampo y el predio por “Los infernales” de French y Beruti para intimidar a aquellos que se opusiesen a los designios de los patriotas. Un año más tarde se alzaría en ese lugar la primitiva Pirámide de Mayo, primer monumento patrio.
Cabe destacar que muchos de los soldados de los Arribeños eran mestizos y que la población de Buenos Aires estaba constituida por un 30 % de gente de color, ya que era la vía de entrada de los esclavos que trabajaban en Perú y las minas del Potosí.
Además, en un día de lluvia y frío era poco probable que damas tan elegantes estuvieran paseando por un lugar que el barro hacía difícil transitar.
Tampoco era un día propicio para salir de la casa: había soldados, peligro de combates y, lo peor, el frío, que podía ocasionar resfríos que muchas veces terminaban en pulmonía.
El cuadro de Subercaseaux (1880-1956), llamado “Cabildo Abierto del 22 de mayo”, fue mejor recibido, no solo por su perspectiva, que respeta los puntos de fuga, sino por una mayor adecuación histórica de los ropajes y los retratos de los presentes.

Acá se destaca la figura de Juan José Paso, de pie, defendiendo la opinión de los criollos (aunque no fue el principal orador del día, honor reservado a Castelli). En primer plano, a la derecha del espectador, se ve a un meditabundo Mariano Moreno, que un año antes se había plegado al alzamiento de Álzaga (del que salió incólume por milagro). Sumarse al movimiento de los criollos podía costarle la vida… como al final pasó un año más tarde. Su muerte fue la culminación del enfrentamiento con don Cornelio Saavedra, reflejado en esa famosa frase: “Hacía tanta agua para apagar tanto fuego”.
En un plano posterior se ve al obispo Lué, el defensor más poderoso del españolismo en el Río de la Plata, que también murió un par de años más tarde en dudosas circunstancias.
A la derecha sobresale la figura de Buenaventura Arzac, a quien consideraban “el gigante de Mayo” por su altura.
Este cuadro puede apreciarse en el Museo Histórico Nacional, ya que fue encomendado y también guiado por los conocimientos del historiador Adolfo Carranza.
Subercaseaux hizo gran parte de su carrera en Chile, como caricaturista y, curiosamente, tanto su esposa como el pintor terminaron de común acuerdo su vida marital; ambos hicieron voto de castidad y terminaron sus días en sendos conventos.
Juan Manuel Blanes (1830-1901) también retrató ese momento del 22 de mayo, que fue objeto de una amplia investigación, pero la obra, desafortunadamente, no pasó del boceto.
Leoníe Matthis agregó un toque femenino a la iconografía de mayo. La artista centraba una de sus obras en la Recova, que ocupaba la parte central de la plaza, dividida en la fracción que enfrentaba al Fuerte y otra al Cabildo.

Curiosamente, resalta un rosa furioso que era de uso frecuente, pues solía usarse como pintura de los frentes una mezcla de cal (que provenía principalmente de la Calera de los Huérfanos, en Carmelo, Uruguay) y la sangre de los animales sacrificados en los mataderos vecinos.
Por último, Francisco Fortuny hizo un retrato de los miembros de la Primera Junta, apelando a su imaginación porque ya no vivía nadie que los hubiese conocido; en pocos casos había un retrato fehaciente, y ni de Matheu ni de Alberti subsistían esbozos de sus rasgos.

Todos los países han recurrido a la imaginación de sus artistas para reconstruir la historia nacional. No hemos sido una excepción y hasta, posiblemente, se ha caído en algunas exageraciones para crear en los hijos de inmigrantes una imagen idealizada del país que sus padres habían elegido para tener un futuro mejor. Fue así que estas pinturas ilustraron algunos libros de texto y construyeron un pasado más idílico que tapaba los problemas de una sociedad conflictiva y conflictuante.
El pasado realmente ocurrió, pero la historia que conocemos es lo que algunos escribieron y otros pintaron sin necesariamente reflejar con exactitud lo que aconteció.









