Silvia Federici o la poesía incómoda de lo que sostiene

Es una filósofa, historiadora, escritora, profesora, activista feminista y marxista italo-estadounidense que no entró en la historia por la puerta principal, sino por la cocina, por el patio trasero, por ese cuarto donde alguien lava platos mientras el mundo discute ideas brillantes. Hablar de Federici es aceptar que la civilización tiene manos agrietadas y que casi nunca son las que firman los libros.

Nació en Parma el 24 de abril de 1942, cuando Europa aprendía a contar muertos y a llamar futuro a la reconstrucción selectiva. Creció viendo a una madre campesina sostener la vida sin salario, sin relato, sin épica. Ahí se instaló la fisura: la intuición de que lo esencial no suele tener nombre, y que lo que no se nombra se explota mejor.

Federici escribe desde ese lugar incómodo donde la teoría baja el volumen y escucha. No le interesa el pensamiento como ornamento, sino como herramienta de desgaste. Marx miró la fábrica; ella se detuvo en el trabajo que no termina nunca. Cocinar, limpiar, cuidar, parir, sostener. El movimiento perpetuo de lo doméstico. El trabajo que no se paga porque se disfraza de amor. El motor invisible del capital, funcionando a pura gratuidad femenina.

Cuando en los años setenta propuso salario para el trabajo doméstico, no estaba pidiendo propina histórica. Estaba poniendo una bomba semántica. Decir “trabajo” donde se decía “vocación” fue romper el hechizo. Nombrar es politizar. Y politizar es volver indecente lo que parecía natural. El patriarcado del salario —esa coreografía donde solo existe lo que cotiza— queda expuesto como una ficción bien administrada.

Calibán y la bruja[i] (su obra más reconocida) es el libro donde la historia pierde su tono pedagógico y se vuelve áspera. Federici mira la transición al capitalismo y encuentra una masacre metódica: la caza de brujas como tecnología política. No fue ignorancia, fue estrategia. Quemar parteras para controlar la reproducción. Castigar la sexualidad improductiva. Sembrar terror para fabricar obediencia. El cuerpo femenino convertido en territorio de conquista. La acumulación originaria escrita sobre la piel.

Nada de esto, insiste Federici, pertenece al pasado. La violencia no envejece: se actualiza. Hoy la bruja reaparece donde hay tierras que cercar, ríos que privatizar, comunidades que desarmar. La acusación cambia de idioma, pero no de función. Estigmatizar, expulsar, aislar. La violencia de género deja de ser una anomalía cultural y aparece como una pieza estructural del sistema económico.

Federici no cree en el progreso como redención automática. Ve cómo el capital privatiza el agua, las semillas, el tiempo, el conocimiento, incluso el cuerpo. Todo lo que fue común se vuelve mercancía. Todo lo que resiste es patologizado. El control reproductivo, las leyes sobre los cuerpos, la vigilancia del deseo: no son debates morales, son disputas por la gestión de la vida.

Y sin embargo, su pensamiento no se instala en la ruina. Hay en Federici una poética seca de la insistencia. Los comunes como gesto político cotidiano. Huertos, redes de cuidado, ollas compartidas, cuerpos que se sostienen fuera del mercado. No como utopía blanda, sino como práctica concreta. “Reencantar el mundo” no es volver a creer: es dejar de pagar por todo. Es recordar que la vida no nació para ser eficiente.

Federici escribe para erosionar las coartadas. Para que ya no sea posible hablar de amor sin contar el trabajo que implica. Ni de libertad sin mirar quién sostiene el día. Su pensamiento no consuela. Afila. Y en ese filo —crítico, poético, obstinado— deja una certeza incómoda: mientras el cuidado siga siendo invisible, la historia seguirá escribiéndose con una sola mano. Y no será la que lava.


[i] chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Caliban%20y%20la%20bruja-TdS.pdf

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