La curiosa memoria histórica de los argentinos: de San Lorenzo a Caseros

El mes de febrero es un mes marcado por el recuerdo de batallas: Cepeda, Salta, Chacabuco, Bacacay, Ombú, Laguna Limpia, el asedio del Callao, el comienzo de las hostilidades que conducirán a la guerra del Paraguay y la batalla de Pigüé, entre otras.

Pero quiero señalar dos enfrentamientos (o, mejor dicho, un combate y una batalla, esta última la más grande librada en América hasta ese entonces). Me refiero a San Lorenzo (3 de febrero de 1813) y Caseros (3 de febrero de 1852). A pesar de que uno era un combate poco trascendente desde el punto de vista estratégico y el otro es un evento bisagra de nuestra historia, San Lorenzo adquirió una jerarquía mítica, casi fundacional de la argentinidad. Obviamente, la marcha de Cayetano Silva (1868/1920) asistió en ese proceso de construcción nacional, quizá porque el combate refleja uno de esos momentos de comunión entre los argentinos combatiendo a un enemigo común, mientras que Caseros es la culminación de un proceso de escisión interna, la superación de una guerra civil por la fuerza que, en algunos momentos, adquirió ribetes de violencia desmedida.

La batalla de San Lorenzo, la más grande librada en América

La agresión a los heridos del bando rosista por el coronel León de Palleja (1816/1866) y el consiguiente homicidio del Dr. Mamerto Cuenca (1812/1852), al intentar frenar esa barbarie, fue uno de los episodios desafortunados que jalonaron esa batalla de extraordinarias dimensiones. Cuando las tropas de Urquiza se impusieron en el campo de batalla, casi inmediatamente comenzaron la búsqueda de distintos oficiales afines a Rosas para ajustar cuentas. El más destacado de estos episodios fue el fusilamiento del coronel Martiniano Chilavert (1789/1852), antiguo oficial de artillería, que estuvo a las órdenes de Juan Galo Lavalle (1797/1841), pero que, por discrepancias con “el sable sin cabeza” (como lo llamaban los mismos unitarios), había optado por pasarse al bando rosista. Durante los años que estuvo en el ejército federal no se conoce participación alguna en excesos en la represión.

Concluida la batalla, Chilavert ni intentó huir, sino que se entregó a los enemigos. Llevado frente a Urquiza, estos tuvieron un encuentro a solas. ¿Qué le habrá recriminado el entrerriano al artillero? Lo cierto es que Urquiza ordenó su fusilamiento como traidor (por la espalda), a lo que Chilavert se resistió porque él a nadie había traicionado. Otra víctima de esa sed de venganza fue el feroz degüello del coronel Martín Santa Coloma (1800/1852), miembro de una distinguida familia porteña que había militado en la Sociedad Restauradora, cometiendo algunos desmanes que generaron esta retaliación.

La violencia, las revanchas y los saqueos continuaron los días subsiguientes a la batalla

Urquiza debió frenar los intentos de saqueo y finalmente proclamar que no habría “vencedores ni vencidos”, frase que había usado para convencer a Manuel Oribe (1792/1857), expresidente del Uruguay y encargado del Sitio de Montevideo, para que le entregara las tropas porteñas a su mando y así incorporarlas al Ejército Grande. Urquiza se tomó unos días para repetir esa frase en Buenos Aires, después de asegurarse de que el brazo exterminador había llegado a quien correspondía. En el combate de San Lorenzo, que había ocurrido cuarenta años antes, no existieron tales revanchas, pero sí momentos de profundo dramatismo.

La caída del entonces coronel San Martín y su rescate marcó el recuerdo de este combate, donde ciento veinte granaderos enfrentaron a unos trescientos cincuenta realistas a lo largo de quince minutos. Atrapado bajo su caballo a minutos de comenzado el combate, los soldados Juan Bautista Baigorra y Juan Bautista Cabral asistieron a su comandante. El primero era puntano y continuó su actividad en el Ejército de los Andes, donde se tienen registros de él hasta 1818. Después se diluye en la tiniebla de los tiempos. Cabral se incorporó al imaginario popular al haber muerto en acción. No está claro si era hijo de un indio guaraní con una esclava negra, Carmen Robledo, o hijo natural del estanciero Luis Cabral, que le dio su apellido. Cuando se sacrificó para salvar a San Martín tenía 23 años.

La historia ha rescatado sus últimas palabras, reproducidas por San Martín en su parte de combate: “Muero contento, hemos batido al enemigo”. Otras versiones dicen que habló en guaraní y la expresión utilizada no habría sido tan enaltecedora… Pero eso es lo de menos. El ascenso a sargento fue póstumo y se ha convertido en el non plus ultra del suboficial argentino. Curiosamente, la historia ha exaltado la muerte de este soldado caído en acción, aunque además de Cabral hubo otras catorce muertes entre los patriotas, contra cuarenta de los españoles.

Entre los granaderos hubo muertos oriundos de distintas provincias (riojanos, cordobeses, santiagueños y porteños), además de un tal Julián Alzogaray, de origen chileno; un francés llamado Domingo Portlau; y el segundo al mando de los granaderos, el capitán Justo Germán Bermúdez, oriundo de Maldonado, Banda Oriental, donde había nacido en 1783. Este había participado de la batalla de Las Piedras a las órdenes de Artigas y era, sin dudas, el oficial de granaderos de más experiencia, razón por la cual San Martín lo había puesto bajo su mando directo y como jefe de uno de los contingentes que intentó rodear a las huestes españolas. A sus órdenes estaba el teniente Manuel Díaz Vélez, también caído por sus heridas, y el alférez Mariano Necochea (quien, con los años, llegaría a ser general del Perú).

Mientras San Martín trataba de reponerse de la rodada, Bermúdez y Díaz Vélez fueron los encargados de empujar a los españoles hacia la barranca del río Paraná. En esta atropellada final murió Díaz Vélez, con dos balas en la cabeza, y Bermúdez recibió un disparo de cañón en su rodilla izquierda. Herido de gravedad, fue llevado hasta el convento, donde lo atendió el doctor Francisco Cosme Argerich. El cirujano hizo lo único que estaba a su alcance: amputar la pierna. a herida se infectó y, atormentado por un futuro de invalidez, Bermúdez decidió abrir el torniquete y morir desangrado el 14 de febrero de 1813.

La construcción del relato histórico es historia de todas las naciones

Argentina no es una excepción. Ya lo decía Napoleón: “La historia es una serie de mentiras acordadas”. Año tras año se evocan momentos de nuestro pasado para dar cohesión a una nación, aunque ese relato no se ajuste a la verdad o a la estricta cronología de los hechos, víctimas de una simplificación que puede pecar de arbitraria y falaz, sacrificada la veracidad en aras de un relato consistente y reproducible para la memoria popular, que otorga idéntica jerarquía a eventos de disímiles características.

Ultimos Artículos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

TE PUEDE INTERESAR

    SUSCRIBITE AL
    NEWSLETTER