Nacida en Buenos Aires en 1935, en el seno de la clase media acomodada liberal-conservadora, Oddone encarnó inicialmente el ideal femenino de su tiempo: formación “apropiada”, matrimonio con un militar, ejercicio docente, residencia en Barrio Norte. El espacio doméstico -servicio, rituales sociales, respetabilidad- funcionó como escenario de una normalidad incuestionada. Sin embargo, ese orden, más que sostener, disciplinaba. Y la disciplina, en su caso, terminó por volverse objeto de crítica.
El ingreso de Oddone al feminismo no se produce en la juventud militante, sino en la madurez reflexiva. A comienzos de la década de 1970, ya en sus cuarenta años, la lectura de Simone de Beauvoir y Victoria Ocampo opera como un quiebre epistemológico: el pasaje de la identidad asignada a la subjetividad pensante. La separación conyugal que sigue a este proceso no constituye un episodio biográfico menor, sino un acto político inaugural, en tanto hace visible la dimensión estructural de lo privado.
En 1972 funda el Movimiento de Liberación Femenina (MLF), tomando como referencia directa los feminismos estadounidense y europeo. Este gesto de traducción -frecuentemente señalado como signo de dependencia cultural- debe leerse también como operación estratégica: introducir en el campo local un vocabulario crítico inexistente o impronunciable en la Argentina de entonces. El feminismo porteño de clase media se constituyó, en buena medida, como un feminismo bibliográfico: antes que masivo, fue textual; antes que callejero, fue lectura compartida y circulación clandestina de ideas.

La revista Persona, creada por Oddone, sintetiza este programa. El título funciona como tesis: persona frente a rol, persona frente a género, persona frente a la figura normativa de la madre-esposa. En sus páginas se publicaron traducciones y discusiones de autoras como Kate Millett, Evelyn Reed, Susan Sontag y Simone de Beauvoir, configurando un archivo fundamental para la emergencia de una conciencia feminista en el país. Junto con la Unión Feminista Argentina (UFA), impulsada por María Luisa Bemberg y Gabriela Christeller, el MLF desarrolló talleres, conferencias y grupos de concientización integrados mayoritariamente por mujeres urbanas de clase media. Reconocer este recorte social no implica deslegitimar la experiencia, sino situar históricamente su punto de partida.
La irrupción de la dictadura cívico-militar clausuró institucionalmente estas prácticas. El MLF fue disuelto y el feminismo pasó a un régimen de clandestinidad discursiva. Oddone continuó formándose, acumulando herramientas conceptuales en un tiempo de silencio forzado. Lejos de desaparecer, el feminismo argentino entró en una fase de latencia: sobrevivió como archivo mínimo, como conversación privada, como escritura no publicada.
Con el retorno democrático, Oddone reaparece en la escena pública con una agenda claramente definida. Su intervención se dirige al núcleo más resistente del orden patriarcal: la familia como institución jurídica de propiedad. Participa activamente en la lucha por la patria potestad compartida y funda el Tribunal de Violencia hacia la Mujer, desde donde denuncia fallos judiciales que absuelven violadores y femicidas. La respuesta estatal -demandas por injurias, deslegitimación pública- revela la persistente alianza entre derecho, moral y violencia de género.
El 8 de marzo de 1984, Oddone condensa su posición política en una imagen que marcará un punto de inflexión en el espacio público argentino: el cartel “NO A LA MATERNIDAD — SÍ AL PLACER”. Más que una consigna, se trata de una intervención conceptual que desarticula simultáneamente el mandato biológico, el deber familiar y la idealización del sacrificio materno. Por primera vez, el deseo femenino es enunciado sin culpa en una manifestación masiva.

Esta radicalidad tuvo costos. Oddone mantuvo conflictos sostenidos con diversos colectivos feministas (Lugar de la Mujer, Frente de Lucha por la Mujer, Multisectorial, Asociación de Protección Familiar) de los que se retiró o fue excluida. El motivo recurrente, aunque raramente explicitado, fue su negativa a disciplinarse. Rechazó subordinar el feminismo a otras causas políticas, incluso a aquellas investidas de alta legitimidad simbólica, como el movimiento de derechos humanos. Su postura defendía una idea central: la autonomía política del feminismo como proyecto en sí mismo, no como apéndice moral de otras luchas.
En este marco, Oddone articuló tempranamente con el Grupo Política Sexual y el Frente de Liberación Homosexual, reconociendo una constelación disidente que desbordaba la agenda de género tradicional. Su feminismo no buscó consenso ni respetabilidad, sino desplazamiento.
Entre 1989 y 1994 escribió una columna en El Informador Público, donde denunció sistemáticamente la violencia machista, la corrupción policial y la complicidad judicial. En 2001 publicó La pasión por la libertad, un texto autobiográfico que puede leerse menos como memoria personal que como ensayo político sobre la ruptura sostenida.
El legado de María Elena Oddone resiste la monumentalización. No se integra fácilmente al panteón de figuras celebrables ni al feminismo institucionalizado. Su figura obliga a formular preguntas incómodas pero necesarias para la historiografía feminista: ¿cómo pensar los feminismos de clase media sin negarlos ni idealizarlos?, ¿qué lugar ocupan las militantes que no negocian con la pedagogía del consenso?, ¿quién decide qué trayectorias son archivadas y cuáles canonizadas?
Oddone no fue una figura conciliadora. Fue una productora de conflicto. Y en ese gesto -insistente, incómodo, radical- radica su potencia histórica.
Links de interés:
MEMORIAS FEMINISTAS, NI ESCRITAS NI CONTADAS: GUARDADAS. METIENDO LAS NARICES EN EL ARCHIVO PERSONAL DE UNA FEMINISTA ARGENTINA DE LOS AÑOS SETENTA.









