Cuando el 21 de marzo de 1806 nació Benito Juárez García en el seno de una familia de indios zapotecas, nadie hubiese adivinado que este niño, que hasta los 10 años no habló español, llegaría a ser presidente de México y una figura de prestigio internacional.
A los tres años quedó huérfano y, tras vivir con sus abuelos, que también murieron, debió trabajar como pastor para su tío.
En busca de mejores condiciones para desarrollarse, viajó a Oaxaca, donde vivía su hermana.
En esa ciudad trabajó para un comerciante llamado Maza, mientras aprendía a hablar castellano. Años más tarde se casaría con su hija adoptiva, Margarita Maza, el amor de su vida. Antes ingresó a un seminario, pero descubrió que el sacerdocio no era esta su vocación.
El latín aprendido le sirvió para completar su formación como abogado, actuando en sus primeros casos como defensor de oficio de personas de escasos recursos. Lentamente comenzó su carrera política que lo llevaría a ser juez, diputado, docente y gobernador de Oaxaca en 1847, en plena invasión de los Estados Unidos a México.
En esos años se destacó por su honestidad y capacidad de trabajo.
Antonio López de Santa Anna, quien fuera presidente de México por once períodos (un eufemismo para no llamarlo dictador), se enemistó con Juárez por su independencia de criterios, lo hizo apresar y lo envió exiliado a Cuba.
Desde allí Juárez viajó a Nueva Orleans, donde tomó contacto con miembros de logias masónicas para planear un golpe de Estado contra Santa Anna de la mano de los liberales.
El 9 de agosto de 1855 Santa Anna huyó del país y Juárez fue ministro de Justicia del nuevo gobierno, promoviendo una ley que coartaba los derechos de militares y eclesiásticos a formar tribunales especiales.
Volvió a ser gobernador de Oaxaca y posteriormente presidente de la Corte Suprema de Justicia.
Sin embargo, y a pesar del encumbrado puesto que ocupaba, el presidente Comonfort lo hizo apresar porque sospechaba que Juárez encabezaba un movimiento sedicioso.
En pleno conflicto político, Juárez fue nombrado presidente interino. Solo estuvo dos años en la primera magistratura, donde la única constante era la falta de recursos.
Mientras conducía una reunión de ministros, un grupo de soldados rebeldes entró a su despacho e intentó fusilar a Juárez, pero éste, muy tranquilo, se puso de pie e instó a que le tiraran al pecho en ese preciso instante. Los rebeldes titubearon ante esta actitud desafiante.
Otra medida importante fue la nacionalización de los bienes eclesiásticos, que impedía a las órdenes religiosas tener propiedades en México.
Mientras tanto, el país mantenía cuantiosas deudas con las potencias europeas que, en esa época, imponían su voluntad con intervenciones armadas.
Aprovechando la oportunidad de estos compromisos impagos, Napoleón III dirigió una coalición de países europeos para poner un gobierno títere en México y, a tal fin, impuso al príncipe Maximiliano de Austria, casado con Carlota, princesa de Bélgica, como emperador del país conquistado.
El 6 de enero de 1862, 3000 franceses y 800 ingleses, más de 6000 españoles, desembarcaron en Veracruz con el apoyo del papa Pío IX, que no le perdonaba a Juárez la secularización de los cuantiosos bienes de la Iglesia.
Ante la superioridad numérica, el gobierno de Juárez abandonó la capital con una caravana llevando a cuestas los documentos más importantes de la nación.
Comenzaba un calvario para Benito Juárez y los patriotas mexicanos.
Las derrotas se sucedieron y, a veces, el ejército invasor sólo estaba a días de capturar al presidente, quien decidió enviar a su familia a los Estados Unidos.
El presidente Abraham Lincoln estaba en plena guerra civil, imposibilitado de asistir a Juárez, más allá de un apoyo moral y alguna asistencia puntual.
En esos días aciagos, rechazó un ofrecimiento de Napoleón III, al que Juárez acusaba de hacer “de sus virtudes un crimen y de sus vicios una virtud”, y le advertía sobre el “fallo tremendo de la historia”.
El panorama era funesto y, en algún momento, al encontrarse arrinconado, le ofrecieron asilo en los Estados Unidos, a lo que don Benito se resistió, adentrándose en una serranía que hoy lleva su nombre. Entonces dijo: “Prefiero morir con la bandera en el pecho que abandonar el suelo patrio”.
Después del asesinato de Lincoln, el presidente Andrew Johnson desconoció al gobierno invasor y prometió enviar 10.000 hombres a la frontera con México a fin de intimidar a Maximiliano y los usurpadores.
De a poco, las fuerzas de la República de México se reorganizaron y desalojaron a los imperiales de Chihuahua.
El gobierno de Juárez comenzó a recuperar el territorio perdido a medida que Maximiliano era abandonado a su suerte por Napoleón III, quien no podía (¿o no quería?) soportar el costo de esta guerra.
Maximiliano estuvo a punto de abdicar, pero su madre, Sofía de Baviera (la rígida suegra de Sisi), le aconsejaba no abdicar: “Tu posición en Europa sería ridícula”, le recriminó.
Mientras tanto, su esposa, la princesa Carlota, mendigaba ayuda en Bélgica y Francia, con poca suerte, porque cayó en un brote psicótico de consecuencias funestas, ya que nunca recuperó el juicio, más aún cuando se enteró del fusilamiento de su marido, condenado a morir por un tribunal de Querétaro.
Juárez fue criticado por los medios europeos como “el indio que sació su sed de sangre”. Él se limitó a decir: “No mató al hombre, mató a la idea”.
El 15 de julio de 1867, después de sortear infinidad de problemas como la intromisión del exdictador Santa Anna, que quería derrocarlo, la eterna falta de medios, la rebelión de ciertos sectores de la sociedad mexicana que veían comprometidos sus intereses y hasta la muerte de dos de sus hijos, el presidente Juárez pudo entrar al Palacio Nacional.
Allí se encontró con los reclamos de Porfirio Díaz para convocar a nuevas elecciones. Juárez fue muy claro ante sus ministros: “En esta mesa todos somos republicanos, no juaristas”. Si el designio del pueblo era que otro los gobernara, todos debían inclinarse ante la voluntad ciudadana.
Por fin pudo reunirse con su esposa Margarita, quien llegó con los cuerpos embalsamados de sus dos hijos, Toni y Pepito, que habían expresado su deseo de ser enterrados en tierra mexicana.
Los siguientes años de gobierno fueron turbulentos por las revueltas de Porfirio Díaz y los conservadores que deseaban dañar la imagen del presidente.
Pero fue la muerte de Margarita, el 2 de enero de 1871, cuando tenía 44 años, lo que terminó de destrozarlo. Aún en el dolor pidió que las exequias de su esposa no fueran ostentosas y, menos aún, que fuesen utilizadas con fines partidarios.
Juárez se presentó a las elecciones y las ganó por amplio margen, aunque pesaron denuncias de fraude. Díaz se alzó en armas. El suyo había sido un gobierno signado por la adversidad. Después de la muerte de Margarita nada fue igual.
El 17 de julio de 1872 se descompuso, pasó mal la noche, pero a nadie molestó. El pecho le dolía y sentía calambres. La familia se sentó en torno a su lecho, al igual que los más estrechos colaboradores. A las 23:35 hs falleció.
Poco después su país lo declaraba Benemérito de la Patria.
El presidente Juárez fue homenajeado en toda América y su texto difundido, y su ejemplo de perseverancia ante la agresión extranjera sentó una doctrina: “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.









