La historia del arte argentino ha sido, en buena medida, una pedagogía del cuerpo correcto. Del gaucho disciplinado en la pintura decimonónica al obrero monumentalizado en el muralismo social, del mártir católico a la performance politizada de los sesenta, siempre hubo un modelo implícito de humanidad que organizar. El Ánthrōpos[i] —esa ficción ilustrada, blanca, racional, heterosexual, productiva— funcionó como patrón oro. Todo lo demás fue desvío, exceso o folclore.
En ese paisaje de normalización, la irrupción contemporánea de therians[ii], furries[iii] y cosplayers[iv] no es una anécdota de cultura pop. Es una grieta ontológica. No porque anuncie una revolución gloriosa, sino porque expone la fragilidad del centro. El therianismo, en particular, desarma el pacto antropológico sin pedir audiencia. Thēríon: bestia. No la domesticada en el zoológico escolar, sino la que no acepta cercado simbólico. El therian afirma un theriotype —una identidad animal sentida como núcleo— y lo encarna en prácticas concretas: shifting[v], quadrobics[vi], sensaciones corporales que desbordan la ergonomía humana. No es metáfora literaria ni cosplay radicalizado. Es una afirmación ontológica que incomoda.
La diferencia importa. El cosplay es un laboratorio de artificio consciente. En eventos masivos como la Argentina Comic-Con[vii], el cuerpo se convierte en superficie de verificación técnica: fidelidad al personaje, precisión material, destreza performativa. La máscara no engaña; exhibe su condición de construcción. Hay reglas, jurados, premios. El centro humano permanece intacto, incluso cuando se traviste.



El furry opera en un registro próximo. La fursona —avatar animal antropomórfico— es creación estética y comunitaria. Circula en ilustraciones digitales, trajes elaborados, redes sociales. La animalidad aquí es juego identitario, espacio de exploración simbólica. Puede haber intensidad afectiva, pero el marco sigue siendo lúdico. El humano diseña, produce y controla su criatura.


El therian, en cambio, no diseña una máscara: declara una condición. No busca aplauso ni validación institucional. La práctica de correr en quads por una plaza suburbana no está pensada para el lente fotográfico ni para la economía del like. Es insistencia corporal. Y esa insistencia descoloca porque no solicita legitimación estética. No es espectáculo; es ejercicio de ser.
La reacción institucional resulta predecible. Academia y clínica activan su repertorio: clasificación, diagnóstico, patologización. El gesto de nombrar “trastorno” funciona como acto de soberanía epistemológica. Michel Foucault[viii] mostró cómo el saber médico no describe simplemente; produce normalidad al delimitar la desviación. En ese sentido, reducir el therianismo a delirio no es un error ingenuo, sino una estrategia de contención. El centro se protege declarando irracional lo que no puede integrar.

Argentina conoce esa lógica. La dicotomía civilización/barbarie no fue una metáfora inocente, sino un dispositivo de exclusión que justificó exterminios y silenciamientos. El cuerpo indígena, el afrodescendiente, el disidente sexual fueron leídos como amenaza al orden racional. Hoy, el joven que afirma una identidad lobuna activa, en miniatura, ese mismo mecanismo defensivo. La burla mediática repite la vieja lección: vuelva al molde humano, sea razonable.
Sin embargo, lo verdaderamente perturbador no es la afirmación animal, sino su negativa a pedir permiso. El therian no solicita estatuto artístico ni diagnóstico favorable. Simplemente actúa su identidad. En términos ontológicos, esto erosiona la idea de que “ser humano” es un dato natural. Revela que es un mandato histórico, una categoría administrada.
Desde la historia del arte, conviene leer estas prácticas como continuidad de una tradición de cuerpos que desobedecen. Las acciones del Instituto Di Tella[ix] en los años sesenta ya habían puesto en crisis la integridad del sujeto moderno. Las performances posteriores a 2001 expusieron la precariedad del cuerpo económico y político. En ese linaje, el therianismo introduce una torsión adicional: la especie como campo de disputa.

No se trata de romantizar. Estas prácticas no están exentas de contradicciones ni de riesgos de encapsulamiento subcultural. Tampoco constituyen un programa político coherente. Pero su potencia radica en otro lugar: en la evidencia de que la identidad no es propiedad estable ni acta civil. Es práctica reiterada, fricción entre biología, tecnología y deseo.
Donna Haraway[x] propuso el cyborg[xi] como figura que desarma dualismos entre humano y máquina. El therian podría pensarse como una figura menos tecnofílica y más arcaica: un recordatorio de que la frontera entre naturaleza y cultura siempre fue una convención útil al poder. La cola impresa en 3D y la sensación fantasma conviven en el mismo cuerpo, señalando que la materialidad nunca fue pura.
El Ánthrōpos, ese sujeto central de nuestra historiografía, no desaparece. Se descentra. Y en ese descentramiento se revela como lo que siempre fue: una construcción contingente. La desobediencia corporal de therians, furries y cosplayers no destruye el orden; lo expone. Muestra que el centro no era natural, sino hábito.

La incomodidad que generan es un dato político. Allí donde la institución ve delirio, hay una pregunta no resuelta sobre los límites de lo humano. Y mientras el aparato académico intenta clasificar, algunos cuerpos siguen corriendo en cuatro patas, no como espectáculo, sino como afirmación. Esa imagen —cruda, sin glamour— resume la fractura: el humano absoluto ya no es incuestionable. Y quizá nunca lo fue.
[i] Ánthrōpos (ἄνθρωπος) en griego clásico significa “ser humano”, “persona” o “hombre” (en sentido genérico, incluyendo ambos sexos), diferenciándose de los animales y los dioses. Es la raíz de términos como antropología y antropomorfo, refiriéndose al aspecto o característica propia del hombre.
[ii] Un therian es una persona que se identifica, a nivel psicológico o espiritual, con un animal no humano, sintiendo una conexión profunda con una especie específica (su “theriotype“), sin creer que se transforma físicamente en él; es una identidad interna que se expresa a veces mediante comportamientos como “quadrobics” (moverse en cuatro patas) o usando elementos como máscaras y colas, aunque no todos lo hacen y no es un disfraz, sino una vivencia personal, El término viene del griego thēríon (bestia) y ánthrōpos (humano) y se popularizó en internet en los años 90, resurgiendo recientemente en redes sociales.
[iii] Furries es el plural del término inglés “Furry” (o “furro/a” en español) que se refiere a los apasionados por los animales antropomórficos —animales con características humanas como hablar, caminar en dos patas o usar ropa— en la ficción, el arte, la literatura y los videojuegos. Es una subcultura basada en la creación de personajes propios, conocidos como “fursonas”.
[iv] Un cosplayer es una persona que practica el cosplay (del inglés costume play, “juego de disfraz”), una actividad y arte escénico que consiste en vestirse, caracterizarse e interpretar a un personaje específico de anime, manga, videojuegos, cómics o películas. El cosplayer va más allá del disfraz, buscando recrear la apariencia, personalidad y gestos del personaje con un alto nivel de detalle.
[v] El shifting o reality shifting es una práctica mental popularizada en redes sociales que consiste en trasladar la conciencia de la realidad actual (CR) a una “realidad deseada” (DR), ya sea ficticia, alternativa o un recuerdo. Se basa en técnicas de visualización profunda, meditación, autosugestión y guiones (scripts) para experimentar sensaciones realistas en ese otro lugar.
[vi] El quadrobics es una práctica física y tendencia de fitness que consiste en moverse, caminar, trotar, correr o saltar apoyando las cuatro extremidades (manos y pies) en el suelo, imitando la locomoción de animales cuadrúpedos como felinos, lobos o caballos. Combina elementos de calistenia, aeróbicos y parkour para fortalecer todo el cuerpo, mejorando la agilidad, equilibrio y fuerza funcional.
[vii] Una convención de cómics o Comic Con es una convención de fans centrada en los cómics y su cultura, en la que los aficionados se reúnen para conocer a creadores, expertos y entre ellos.
[viii] Michel Foucault (1926–1984) fue un filósofo, historiador de las ideas y teórico social francés, cuya obra es fundamental para comprender las estructuras de poder y la formación del sujeto en la modernidad. Su enfoque, influenciado por Nietzsche y Heidegger, se aleja de la filosofía tradicional para centrarse en una arqueología y genealogía del saber.
[ix] El Instituto Torcuato Di Tella (ITDT) representa uno de los hitos más significativos en la historia cultural y científica de la Argentina, funcionando como el epicentro de la vanguardia y la modernización académica entre finales de la década de 1950 y 1970. Fundado el 22 de julio de 1958 por los hijos del industrial Torcuato Di Tella (Sandro y Guido), el instituto se concibió como una entidad sin fines de lucro destinada a promover el estudio y la investigación de alto nivel. Su creación coincidió con el proyecto desarrollista en Argentina, que buscaba la modernización del país a través del conocimiento técnico y la sofisticación artística.
[x] Donna Jeanne Haraway (Denver, 1944) es una destacada filósofa, bióloga y teórica feminista estadounidense, reconocida internacionalmente como una de las figuras clave en los estudios de ciencia y tecnología (STS) y la teoría posthumanista. Actualmente es Profesora Emérita en los departamentos de Historia de la Conciencia y Estudios Feministas de la Universidad de California, Santa Cruz.
[xi] Un cyborg (o cíborg), abreviatura de “organismo cibernético”, es un ser compuesto por una mezcla de materia viva (orgánica) y dispositivos electrónicos o mecánicos que mejoran sus capacidades. El término fue acuñado en 1960 para describir a humanos mejorados para entornos extremos, fusionando biología y tecnología.









