Así fue la batalla de las Termópilas, el combate de los 300, que en realidad fueron seis mil

¡Oh, Tierra! Retorna de tu seno

a los nuestros, espartanos muertos.

De los trescientos concédenos solo

tres para forjar unas nuevas Termópilas.

Así evocaba Lord Byron esta batalla que se libró hace 2500 años y se convirtió en símbolo del coraje y la defensa de la libertad; una derrota gloriosa que invitó al mito y a la consagración de héroes legendarios convertidos en modelo de los próceres sacrificados en aras de un ideal.

Una batalla, en un estrecho paso del este de Grecia, adquirió una dimensión épica, encarnada en trescientos espartanos conducidos por su rey Leónidas para detener el avance del colosal ejército de Jerjes, el emperador de Persia.

Este se había criado en el odio a Grecia después de la derrota de su padre, el emperador Darío, en Maratón, otra batalla consagrada como símbolo de la defensa de los valores de los hombres libres contra los esclavos de un imperio. La leyenda del sacrificio del soldado Filípides como emisario de las tropas victoriosas llegó hasta nuestros días.

Heródoto, el primer historiador, relató el desarrollo de las guerras médicas (así llamadas porque los persas eran conocidos como medos) y consagró este combate singular entre las polis griegas unidas contra la agresión de los persas.

Grecia no existía como tal

En ese entonces, Grecia era un conjunto de ciudades (polis) que, dejando de lado sus diferencias, se habían aliado para luchar contra un imperio invasor. Hizo falta esta batalla para que surgiera el concepto de una Grecia como nación.

Al aceptar el desafío de enfrentarse a una fuerza desproporcionadamente superior, Leónidas era consciente de la inevitable derrota. Pero sabía que estaba comprando tiempo para la organización de las defensas de las distintas ciudades por mar y por tierra.

l rey espartano eligió a trescientos guerreros, todos padres de hijos varones, para asegurar la descendencia de aquellos que lo secundarían en la batalla. Estos se encaminaron hacia el desfiladero de las Termópilas —Puertas Calientes—, un estrecho paso entre la montaña y el mar, por donde debían transitar los persas a fin de llegar a Atenas.

A estos célebres 300 espartanos, se sumaron miembros de otras ciudades, como los arcadios, tebanos, corintios y más de mil hoplitas focenses, hasta sumar 5.200 hombres —según Heródoto— y 7.500 —según Diodoro Sículo—.

Todos ellos se dispusieron en ese paso que, entonces, no excedía los 30 metros.

El combate

Jerjes hizo cruzar a sus fuerzas en barcas que sostenían un puente sobre el Helesponto (que hoy llamamos estrecho de los Dardanelos) y avanzó hacia las Termópilas.

Viendo que las fuerzas griegas eran muy inferiores a las suyas, envió a un emisario para negociar su retiro. Leónidas se negó.

El embajador insistió en que depusieran las armas, a lo que el rey de Esparta contestó: «Ven a buscarlas». El enfrentamiento era inevitable.

Antes de la batalla, Leónidas se dirigió a sus hombres: «Desayunad bien, porque esta noche cenaremos en el Hades». Morir en combate era el camino a la gloria para un espartano.

Jerjes lanzó a sus hombres al ataque, solo para que estos se estrellaran contra una muralla de escudos y lanzas. Oleada tras oleada, miles de persas encontraron la muerte frente a la obstinada defensa de los griegos.

Antes de que terminara el primer día de batalla, Jerjes envió a su escolta de élite, «Los Inmortales», así llamados porque cada soldado caído era reemplazado inmediatamente, dando la impresión de que no podían morir… Pero ese día, en las Termópilas, murieron.

Efialtes, el Judas de los griegos

Al segundo día, el traidor Efialtes, un hombre de Tesalia, informó a los persas sobre la existencia de un paso en la montaña que les permitiría acceder a la retaguardia griega. Por esta acción despreciable, Efialtes se convirtió en sinónimo de pesadilla, el traidor, el Judas de los griegos.

Atacados por la retaguardia por fuerzas que los triplicaban en número, no había mucho que pudieran hacer. Leónidas y sus espartanos resistieron mientras los soldados de las otras ciudades huían.

«Jamás será mi patria un reino de esclavos», advirtió Leónidas antes de morir en la batalla que lo inmortalizó, una muerte que sabía cierta, porque cada momento que resistía era una vida ganada…

Mientras esta batalla se libraba en un tenebroso desfiladero, la flota de Atenas, también en inferioridad numérica, usaba la misma táctica de dificultar la movilidad de las naves persas en el mar durante la batalla de Artemisio.

Conocida la noticia sobre la derrota, las naves griegas se retiraron para reorganizarse en Salamina, donde infligirían una grave derrota a la flota persa.

Platea

Un año más tarde se libraba el combate definitivo en Platea, que destruiría las ansias de venganza de Jerjes y sus sueños de conquista.

Más allá del calor de ese glorioso día de agosto y del olor hediondo de miles de muertos, mezclado con las emanaciones sulfurosas propias de las Termópilas, en ese paso tenebroso se libró otro enfrentamiento: la lucha de un imperio de esclavos contra la libertad de las polis griegas, que unían su voluntad para defender su forma de vida, aun ofreciendo la propia en la contienda.

«Id y decid a los espartanos que aquí yacen por obedecer sus leyes», se lee en el epitafio de Leónidas, el hacedor de una derrota gloriosa que exaltó el sacrificio por una causa justa a lo largo de toda la historia de Occidente.

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