Cuando en 1719, Daniel Defoe describió las peripecias del náufrago Alexander Selkirk (aunque también conocía la historia del español Pedro Serrano, otro náufrago que pasó 8 años en una isla del Caribe) ya era un conocido escritor y panfletista inglés, famoso por sus disidencias con el partido conservador y sus pocos felices negocios que lo obligaban a huir de sus acreedores y de la justicia.
Por sus opiniones políticas (“Los ingleses serán esclavos tanto del Parlamento como del Rey”), Defoe fue condenado a prisión y a una humillante exposición en la picota.
La publicación de su “Himno a la Picota”, un extenso poema que concluye que esta pena “se ha convertido en un ejemplo que hace temblar a los hombres altivos”, provocó la simpatía del público congregado. En lugar de hostigarlo, le lanzaban flores y bebían a su salud.
El conde de Oxford tomó contacto con Defoe y acortó su sentencia a cambio de que actuase como espía e informante del ministro Harley sobre la delicada situación en Escocia, que por entonces discutía el Acta de Unión con Inglaterra.
Las obras que precedieron al relato del náufrago (”Moll Flanders”, escrita en la prisión, y “Diario del año de la peste”) eran una pintura de la compleja vida social de Inglaterra que convirtieron a su autor en un pionero de la prensa económica.
Por tal razón, Robinson Crusoe no solo debe ser analizado como una novela de aventuras, sino como una lección de economía donde “la inteligencia es la capacidad de adaptarse a nuevas situaciones”. El náufrago se convierte en un “homo economicus”, actuando siempre con eficiencia, valiéndose de los instrumentos que había rescatado del naufragio.
La economía clásica y la escuela de Austria suelen utilizar el ejemplo de Robinson Crusoe para ilustrar la teoría de producción. Este se vale del autocontrol a fin de trabajar para satisfacer sus necesidades y usar el tiempo libre para el ocio mientras está solo. Cuando Viernes aparece en escena, surge la posibilidad de dividir el trabajo y de comerciar.
La novela ha sido leída como un manifiesto en favor del individualismo, exaltando las cualidades de la autosuficiencia.
Por otro lado, la obra también refleja la ideología puritana de Defoe al describir a un caballero que aparentemente no experimenta o, mejor dicho, no expresa sus deseos sexuales.
En la narrativa, el autor reconoce la imperfección humana, aunque exalta la búsqueda del compromiso espiritual.
Sin embargo, no todos ven virtudes en el náufrago. James Joyce, el célebre escritor irlandés, consideraba a Robinson Crusoe como el prototipo del colonialista británico y en la relación amo-sirviente entre Viernes y Crusoe veía un proceso de asimilación cultural, donde el náufrago es el europeo ilustrado y el hombre de color, el salvaje que solo puede redimirse mediante el aprendizaje de la cultura europea.
De todas maneras, de poco le sirvieron a Defoe sus elucubraciones económicas y el éxito editorial de esta, que es considerada como la primera gran novela inglesa, un clásico inclaudicable, pero que no le permitió al autor aliviar sus problemas crematísticos, ya que el 24 de abril de 1731 falleció mientras vivía en la clandestinidad, escondiéndose de sus acreedores.









