En los primeros días del mes de febrero de 1918, a pesar de tener solo 55 años, Gustav Klimt, el “enfant terrible” del arte vienés, se estaba muriendo.
También agonizaba el Imperio austrohúngaro.
El año previo, Klimt había sufrido un infarto de miocardio y, en ese mismo 1918, padeció un derrame cerebral que lo dejó hemipléjico. Fue internado en una clínica privada, pero inmediatamente lo trasladaron al Hospital General de Viena, debido a un cuadro de gripe española complicada con una neumonía.
Muchos se preguntaban a cuál de sus amantes llamaría para compartir los últimos momentos de su vida. ¿Sería María, la lavandera, o Cleo de Merode, la bailarina francesa que fue amante de Leopoldo II de Bélgica? ¿Llamaría a Mizzi Zimmermann, su modelo preferida, madre de uno de sus hijos, o a Margaretta Wittgenstein, la hermana del filósofo? Pues no llamó ni a Mina, esa pelirroja que tanto le fascinaba, ni a Sonja Knips, ni a Serena Lederer…
Consciente hasta el final, Klimt expresó su deseo: “Emilie debe venir”.
Se refería a su compañera y amiga, Emilie Flöge.

Klimt nunca se casó y mantuvo relaciones con varias mujeres, desde prostitutas hasta damas de la alta burguesía vienesa. Aunque solo había reconocido a tres hijos, se decía que tuvo no menos de catorce descendientes desperdigados por Austria.
Emilie Flöge era una diseñadora de modas, empresaria y cuñada del hermano de Klimt. Gustav y Emilie se conocieron en 1891 y desde entonces ambas familias se frecuentaban; de hecho, en los últimos años y especialmente durante la guerra, Gustav solía veranear con los Flöge.

A Emilie la había retratado en varias oportunidades, la primera vez en 1902. En ese cuadro luce un vestido con diseños geométricos de vivos colores y láminas doradas tan particulares de la obra de Klimt, que creaban un efecto de mosaico brillante. Esta técnica la había conocido durante sus viajes por Italia, especialmente en Rávena, y su reproducción fue adoptada por otros artistas del movimiento vienés secesionista.
El cuadro más notable en el que aparece Emilie es El beso, una de las obras más conocidas de Klimt y que figura entre las 20 pinturas más famosas de la historia del arte.
El beso fue pintado entre 1906 y 1907 y muchos conocedores de la obra de Klimt sostienen que esta obra reflejaba la relación sentimental que unía al artista con Emilie.

Sin embargo, algunos críticos creen que la mujer de El beso era otra de las modelos retratadas por Klimt, conocida como “Red Hilda”, que también aparece en otro cuadro de la misma época, Mujer con boa de plumas.

El beso de Klimt alude a la relación amorosa entre Apolo y Dafne, descrita en Las metamorfosis de Ovidio, donde Dafne se convierte en laurel. ¿Era acaso una metáfora autorreferencial sobre el poder vivificante de Eros?
El deseo de verla a Emilie Flöge antes del desenlace final otorga otra dimensión a esta obra y a este beso en particular.
Gustav pudo verla a Emilie y confiarle el destino de sus pertenencias. El 6 de febrero, Klimt murió frente a la que había sido la mujer más importante de su vida.
Consagración de un artista
Klimt había sido reconocido a temprana edad como decorador y pintor. Para 1888 había recibido la medalla de oro al mérito de manos del emperador Francisco José. También su obra había sido reconocida por las universidades de Múnich y Viena, que lo nombraron miembro honorario de sus claustros.
Sin embargo, el rechazo de sus bocetos para pintar los frescos sobre los cielorrasos de la Universidad de Viena, donde Klimt libera su lenguaje plástico con desnudos y matices provocativos, generó duras críticas entre las autoridades y acusaciones de pornógrafo y perverso que empujaron a Klimt a abandonar la obra y adoptar una posición secesionista, movimiento creado en 1894.
Con este gesto, Klimt había pasado de ser el niño mimado del establishment vienés a convertirse en un cuestionador del status quo de la burguesía, tal como Freud cuestionaba la sexualidad de esa sociedad.
El secesionismo fue un movimiento de vanguardia caracterizado por su heterogeneidad, ya que había miembros naturistas y simbolistas, entre los que se incluía el mismo Klimt.Este adoptó una posición más provocativa y perturbadora en su Nuda Veritas, La verdad desnuda, que se convirtió en espejo de su verdad, coronado con la sentencia de Schiller: “Si no puedes agradar a todos con tus méritos y tu arte, agrada a pocos; agradar a muchos es malo”.

Era una declaración de guerra que se plasmó tiempo más tarde en obras de su llamada Etapa Dorada, donde se destaca El retrato de Adele Bloch-Bauer (también conocido como La dama dorada) y El beso.

A pesar de ser el pintor predilecto de la burguesía vienesa, Klimt llevaba una vida sencilla, absorbida por su trabajo, con escasa vida social, pero una intensa actividad sexual que llevaba con gran discreción y la callada complicidad (¿o resignación?) de Emilie Flöge.
Muchos de sus dibujos y pinturas de desnudos, como los que hizo para la Universidad, fueron robados o destruidos por los nazis cuando se retiraron de Viena en 1945. El retrato de Adele Bloch-Bauer fue objeto de una larga contienda legal que, después de décadas, concluyó en EE. UU., en la Neue Galerie de New York, obra adquirida por 135 millones de dólares a una descendiente de Adele, que había litigado contra el Estado austríaco en el marco de la restitución de bienes confiscados a familias judías durante la guerra.
En cambio, El beso fue adquirido en 1908 y desde entonces la obra se exhibe en el Palacio del Belvedere, Viena.
Los bocetos de la Universidad fueron trasladados al castillo de Schloss Immendorf durante la guerra, donde fueron presa de las llamas durante un incendio provocado por los nazis en su retirada, para evitar que las obras cayeran en manos de los soviéticos.
Solo se conserva un fragmento de la obra destinada a la Facultad de Medicina en el ya mencionado Museo del Belvedere, que aloja la colección más importante de Gustav Klimt.
La vigencia de Klimt como uno de los grandes pintores del siglo XX fue creciendo desde finales de la guerra hasta convertirse en uno de los íconos de la pintura moderna, del Art Nouveau, del Arts and Crafts y del secesionismo vienés, que marcaron distintas etapas de su evolución artística, reflejada en una frase que hizo historia:
“El arte es una línea alrededor de tu pensamiento.”










