Victoria Ocampo se tapa la cara cuando el sentido llega sin pedir permiso. No es pudor ni tristeza: es defensa. El pensamiento, saturado, busca sombra. No llora. El llanto todavía cree en la reparación. Esto es otra cosa: una lucidez que quema porque no encuentra forma.
El salón insiste en su compostura. Los sillones alineados, la mesa baja obediente, el collar de plata en su cuello brillando con la fe ingenua de los objetos bellos. Frío. Exacto. Inútil. Las joyas siempre apuestan a que el resplandor puede parlamentar con el abismo. Nunca funciona, pero lo intentan con disciplina.
Borges permanece quieto. No inmóvil: estructural. Los ojos abiertos no miran, atraviesan. El techo es una convención respetable; él la cruza sin aspavientos. El ciego que alguna vez coleccionó símbolos ya no los persigue. Audita. No observa el mundo: inspecciona su ingeniería interna. Ha nombrado algo —eso es evidente— y ahora asiste, sin épica, a su proliferación.
El silencio gana cuerpo. Se vuelve materia. Las palabras, una vez dichas, dejan de ser sonido y adquieren peso específico. Victoria piensa que siempre se les tuvo miedo por razones equivocadas. No empujan cuerpos. No detienen balas. No cierran arterias. Y sin embargo, ahí está ella, desarmada por una frase. Recuerda que sabe el Martín Fierro de memoria. El dato no sirve de escudo. La literatura no rescata. Despierta. Y despertar rara vez es bienvenido.
Baja la mano. Comprender llega tarde, como los telegramas trágicos. Comprende que la poesía no vive en los versos sino en esa mirada desesperada que intenta fijar un instante donde todo ocurre a la vez. Lo múltiple sin jerarquía. La mutación sin red. El punto exacto en que la forma abdica.
Piensa en un fogonazo. No metafórico. Uno real. Un fogonazo en Gaza. Breve. Preciso. En ese destello entra todo: la política reducida a cálculo, el dogma como plantilla reutilizable, el dolor doméstico inflado hasta volverse cifra, la indiferencia global operando con la regularidad de una ley física. Ve también los otros fogonazos, alineados como una genealogía luminosa de la devastación. La historia brillando por destrucción.
Piensa incluso en el flash. El flash que congela, estetiza, archiva. Que vuelve escena, luego imagen, luego cultura. Borges mirando lo que no se ve. Ella cubriéndose del exceso. El mundo convencido de que registrar equivale a entender. Confundir archivo con conciencia: el gran malentendido moderno.
El Aleph permanece. No como promesa, sino como aviso. Una esfera tornasolada, del tamaño de un ojo, que los hombres creen poseer cuando apenas los atraviesa. Brilla obstinadamente en una casa de la calle Garay. No para salvar a nadie. Para recordar que todo puede verse al mismo tiempo.
Y que casi nadie sale ileso de esa visión.









