La Máquina en el Diván: ¿Sueñan los Algoritmos con Victoria Ocampo?

Dicen que la Inteligencia Artificial va a democratizar la palabra, y lo dicen con esa sonrisa filantrópica con la que se anuncian las plagas inevitables. Democratizar, en este caso, es un eufemismo higiénico: significa producir lenguaje en serie, como pan de molde, siempre fresco, siempre igual, siempre olvidable. La frase nace correcta y muere irrelevante. Nunca pasa la noche. Nunca deja cicatriz.

El algoritmo es el bibliotecario perfecto de Borges, sí, pero sin la ceguera y, por lo tanto, sin la visión. Ve todos los libros y no entiende ninguno. Ordena, clasifica, recomienda. No se pierde. Y ahí está el problema: escribir fue siempre un arte de perderse con elegancia, de llegar tarde a la propia idea, de traicionar el plan inicial por una obsesión que apareció en el camino. La máquina no se obsesiona. Optimiza. Escribe como quien limpia.

Me pregunto qué pensaría Victoria Ocampo de esta nueva gimnasia del “estilo sin cuerpo”, de estos prompts que juegan a invocarla como si fuera un fantasma domesticable. Ella, que construyó su voz a fuerza de caprichos caros, errores estratégicos y desaires transatlánticos, sabía algo que ningún sistema aprende: que escribir no es combinar palabras, sino administrar silencios. El silencio como gesto político. El silencio como cachetada. El silencio como lujo. La IA no sabe callar. No soporta el hueco. Es un loro de silicio con pánico al vacío, condenado a rellenar cada pausa con sentido prefabricado.

No conoce el abismo, porque el abismo exige carne. Exige una rodilla que tiemble, una voz que se quiebre, una biografía que se interponga entre la idea y la frase. El silicio no tiembla. Calcula. No se asoma: simula el vértigo. No desea: predice. Puede escribir sobre el miedo, pero no escribir desde él. Y esa preposición es un territorio que no se terceriza.

Estamos, entonces, ante una nueva arqueología de lo vacío. Un yacimiento infinito de textos bien formados, como ruinas recién construidas. Si el David de Miguel Ángel era la virilidad contenida por el miedo, la IA es la sabiduría inflada por la nada: mucho volumen, ningún pulso. Es una curaduría sin curador, un museo donde todas las obras cuelgan a la misma altura porque ninguna se atreve a sobresalir. El algoritmo no tiene enemigos. Tampoco tiene amigos. Tiene datos.

Por eso la verdadera rebeldía no será escribir mejor que la máquina —esa carrera ya está perdida, y además es vulgar— sino escribir donde la máquina se detiene. Escribir el error torpe, el deseo impresentable, la frase inútil que no produce valor ni engagement ni claridad. Escribir lo que no sirve para nada salvo para arder. La IA puede darnos respuestas impecables; lo que no puede hacer es formular la pregunta que arruina la fiesta.

Victoria Ocampo entendió que la escritura no es un servicio, es una incomodidad. No es una solución, es un problema bien formulado. El algoritmo puede pulir el cristal, pero solo una mujer con un abismo propio sabe cuándo romperlo. Y romperlo no para ver mejor, sino para sangrar un poco, apenas lo suficiente como para recordar que pensar, escribir y vivir nunca fueron procesos limpios.

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