La historiografía del siglo XX tiene un pequeño problema de estilo. Le gusta demasiado el héroe solitario. Incluso cuando ese héroe es una mujer. En ese escenario perfectamente iluminado aparece Emma Goldman[i]: oradora volcánica, agitadora profesional del sentido común burgués, cuerpo que convertía cada arresto en un episodio pedagógico sobre el poder. La escena funciona bien. Es potente, es dramática, es reproducible en manuales. El problema es que no es toda la escena.
La persistencia pública de Goldman —durante décadas de vigilancia estatal, censura y prisión— no puede explicarse únicamente por carisma político o energía retórica. Requirió infraestructura. Y la infraestructura tuvo un nombre que la historiografía apenas comienza a pronunciar con seriedad: Mary Eleanor Fitzgerald[ii], conocida entre camaradas como Fitzi.
Su biografía (1877–1955) no se parece a la de una figura heroica. No produjo manifiestos incendiarios ni ocupó tribunas multitudinarias. Su vida se parece más a una red de cables que a una estatua. Fue mecanógrafa, administradora, editora asistente, gestora de correspondencia, organizadora de fianzas, negociadora editorial. En otras palabras: fue la persona que hacía funcionar la máquina.
La cultura tiene una relación incómoda con ese tipo de trabajo. La tradición historiográfica prefiere registrar discursos y obras visibles. Las tareas de mantenimiento intelectual —archivar, imprimir, coordinar, sostener— desaparecen en notas al pie. El resultado es una narrativa ligeramente falsa donde las ideas parecen surgir de la nada.
Décadas después, la teórica feminista Silvia Federici[iii] proporcionaría un concepto útil para describir ese fenómeno: trabajo reproductivo. En su formulación clásica, se trata de las labores invisibles que permiten que la vida social continúe existiendo. Si trasladamos esa categoría al terreno político, la figura de Fitzgerald se vuelve inmediatamente legible: ella realizaba trabajo reproductivo de la revolución.
No era glamour. Era mantenimiento.
El encuentro entre Fitzgerald y Goldman en 1913 fue menos una coincidencia biográfica que una convergencia estructural. Goldman encarnaba el verbo del anarquismo estadounidense. Fitzgerald aportaba algo más raro: una inteligencia organizativa.
El centro de esa colaboración fue la revista Mother Earth[iv], fundada por Goldman y Alexander Berkman[v] en 1906. La publicación era el órgano intelectual del anarquismo norteamericano: traducciones de teoría europea, debates sobre sexualidad, críticas al militarismo, ensayos literarios radicales. También era, en términos financieros, una catástrofe permanente.
Cuando Fitzgerald ingresó al equipo editorial introdujo algo que en los movimientos revolucionarios suele considerarse una vulgaridad: orden administrativo.
En una carta de Goldman a Berkman fechada en 1914 aparece una frase reveladora:
“Fitzi has the patience we lack. Without her steady hand Mother Earth would long ago have turned into a cry in the wilderness.”[vi]
— Emma Goldman, carta a Alexander Berkman, 1914.
La frase no es sentimental. Es institucional.
Fitzgerald reorganizó la contabilidad de la revista, estabilizó la distribución, coordinó colaboraciones y respondió una cantidad absurda de correspondencia política. En términos contemporáneos podría decirse que profesionalizó el aparato editorial de un movimiento que prefería definirse como espontáneo.
La historia puso a prueba esa infraestructura en 1917.
Ese año Goldman y Berkman fueron arrestados por su oposición al servicio militar obligatorio durante la Primera Guerra Mundial. El juicio se convirtió en un espectáculo mediático. Mientras la prensa discutía la peligrosidad del anarquismo, Fitzgerald operaba como centro logístico de la red radical: coordinó la No Conscription League[vii], organizó campañas de financiación, mantuvo comunicación con abogados y activistas.
En otra carta de Goldman desde prisión se lee:
“Dear Fitzi, the movement breathes through the work you are doing outside. Keep the lines open. We must remain a living organism even here.”[viii]
— Emma Goldman, carta desde la cárcel de Jefferson City, 1917.
La metáfora biológica es interesante. Goldman comprendía que el movimiento funcionaba como un organismo. Fitzgerald era su sistema circulatorio.
La represión estatal de finales de la década produjo el colapso de ese sistema. Durante las redadas del fiscal general Palmer[ix] —el episodio conocido como Red Scare[x]— Goldman y Berkman fueron deportados en 1919 a bordo del barco Buford[xi].
Fitzgerald permaneció en Estados Unidos.
Ese gesto —quedarse cuando el núcleo visible del movimiento era expulsado— tiene un significado político particular. No fue una retirada sino una mutación estratégica. Si el Estado había cerrado el espacio de la militancia abierta, Fitzgerald trasladó su experiencia organizativa a otro territorio donde las ideas podían seguir respirando: el teatro experimental.
Ese territorio fue el colectivo teatral Provincetown Players[xii].
Fundado en Greenwich Village, el grupo rechazaba el modelo comercial de Broadway. Funcionaba mediante suscripciones y aportes cooperativos. El principio era simple y radical: el teatro debía ser sostenido por quienes lo necesitaban, no por quienes querían domesticarlo.
En 1918 Fitzgerald asumió como directora ejecutiva.
El cargo parece burocrático. En realidad, significaba algo más interesante: administrar la autonomía artística.
En una carta dirigida a los miembros del colectivo teatral escribió:
“The theatre must be a place where truth can be spoken without asking permission.”[xiii]
— Mary Eleanor Fitzgerald, carta interna a los Provincetown Players, ca. 1919.
Bajo su gestión, el pequeño escenario de MacDougal Street se convirtió en un laboratorio central del modernismo escénico estadounidense. Allí encontraron espacio dramaturgos como Eugene O’Neill[xiv] y Susan Glaspell[xv], cuyas obras exploraban conflictos psicológicos, desigualdades sociales y tensiones de género que el teatro comercial prefería evitar.
Fitzgerald no intervenía en la escritura. Protegía el ecosistema.
Décadas más tarde, el filósofo Michel Foucault[xvi] formularía una observación que parece describir retrospectivamente esa estrategia: el poder no reside únicamente en las instituciones del Estado; circula en los dispositivos culturales que determinan qué puede decirse.
Un escenario teatral es uno de esos dispositivos.
Controlarlo —o mejor dicho, proteger su autonomía— constituye una intervención directa en la producción de subjetividad.
Algo similar ocurre en la teoría estética contemporánea. El historiador del arte Boris Groys ha señalado que el verdadero poder cultural no siempre pertenece al artista sino a quienes administran las condiciones de visibilidad de la obra. En Art Power[xvii] lo formula de manera brutalmente clara: “to control the archive is to control the future of art”.
Fitzgerald no escribió tratados sobre teoría institucional del arte. Pero su práctica administrativa funcionaba exactamente en esa dirección.
La última gran intervención de Fitzi ocurrió en el campo editorial. Cuando Goldman comenzó a escribir su autobiografía Living My Life[xviii] durante su exilio europeo, Fitzgerald actuó como intermediaria con la editorial Alfred A. Knopf[xix] en Nueva York.
La negociación fue larga y complicada. Fitzgerald gestionó contratos, anticipos y presiones comerciales.
Goldman tenía claro el carácter político del libro:
“I do not write my life for entertainment; I write it as testimony of struggle.”[xx]
— Emma Goldman, carta a Fitzgerald, 1929.
Fitzgerald defendió la integridad del manuscrito con la misma obstinación que había aplicado en Mother Earth. Incluso apoyó la decisión de omitir referencias explícitas a ciertos benefactores burgueses.
La autobiografía debía aparecer como historia de lucha colectiva, no como producto de filantropía liberal.
Podría decirse que protegió la soberanía narrativa del movimiento.
Murió en 1955 en Hancock, Nueva York. Durante décadas su nombre sobrevivió apenas en notas al pie de estudios sobre Goldman o sobre el modernismo teatral.
Pero cuando la historiografía adopta una mirada materialista —cuando se pregunta quién pagaba la imprenta, quién negociaba el alquiler del teatro, quién respondía las cartas— la figura de Fitzgerald aparece con una claridad incómoda.
La modernidad radical estadounidense no fue solo el producto de oradores brillantes o dramaturgos visionarios.
También fue el resultado de mujeres que administraron oficinas, organizaron fianzas, negociaron contratos editoriales y mantuvieron abiertos pequeños teatros donde se podía decir lo que el resto de la sociedad prefería no escuchar.
Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald pertenece a esa genealogía.
No fue musa.
No fue estrella.
No fue protagonista del espectáculo revolucionario.
Fue algo más interesante.
La persona que hacía funcionar la maquinaria.
Y cuando uno mira la historia cultural con suficiente paciencia —una paciencia casi arqueológica— aparece una verdad ligeramente incómoda para el mito del genio autónomo: las revoluciones no sobreviven solo con fuego.
Necesitan electricidad, contabilidad, correspondencia.
Necesitan infraestructura.
Y con una frecuencia que el canon cultural ha preferido ignorar, esa infraestructura tiene rostro de mujer.
[i] Emma Goldman (1869–1940) fue una de las figuras más influyentes del anarquismo moderno. Nacida en el Imperio ruso y emigrada a Estados Unidos en 1885, convirtió la política radical en una práctica pública de agitación: defendió la libertad de expresión, el amor libre, el control de la natalidad y la emancipación obrera. Tras años de persecución estatal y prisión, fue deportada en 1919 después del First Red Scare, y continuó su actividad política entre Europa y América hasta su muerte.
[ii] Mary Eleanor Fitzgerald (1870–1931), conocida como “Fitzi”, fue una organizadora clave del anarquismo estadounidense y colaboradora cercana de Emma Goldman. Actuó como administradora, editora y gestora del circuito político que sostuvo publicaciones y giras anarquistas, especialmente alrededor de la revista Mother Earth. Su trabajo fue menos visible que el de los grandes oradores, pero funcionó como la infraestructura material que permitió que ese movimiento existiera.
[iii] Silvia Federici (1942) es una filósofa, historiadora y teórica feminista italiana vinculada al marxismo autónomo y al feminismo materialista. Su obra analiza la relación entre capitalismo, trabajo reproductivo y control sobre el cuerpo de las mujeres. Alcanzó gran influencia con el libro Caliban and the Witch, donde sostiene que la persecución de las brujas en la Europa moderna formó parte del proceso histórico de disciplinamiento del cuerpo femenino necesario para el surgimiento del capitalismo.
[iv] Mother Earth fue una revista anarquista fundada en 1906 por Emma Goldman en Nueva York. Su objetivo era ser un órgano de difusión de ideas radicales y debates culturales: política, educación libertaria, literatura, crítica social y sexualidad. La publicación se distinguió por combinar teoría política con ensayo cultural, convirtiéndose en un espacio central para la circulación de las ideas anarquistas en Estados Unidos y América Latina. Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald desempeñó un papel fundamental como editora asistente: gestionaba correspondencia, contabilidad, circulación y coordinación de colaboradores. Bajo su organización, la revista sobrevivió a la precariedad económica y a la vigilancia estatal, funcionando como un nodo logístico y cultural que sostenía la red anarquista estadounidense de principios del siglo XX. La revista dejó un legado historiográfico importante: evidencia cómo los movimientos radicales requieren infraestructuras administrativas y logísticas —lo que contemporáneamente se analizaría como “trabajo reproductivo político” según Silvia Federici— para que las ideas puedan existir y circular sin depender únicamente del carisma de sus líderes.
[v] Alexander Berkman (1870–1936) fue un anarquista, escritor y activista político nacido en el Imperio ruso y emigrado a Estados Unidos en 1888. Conocido por su estrecha colaboración con Emma Goldman, desempeñó un papel central en el anarquismo norteamericano de principios del siglo XX. Berkman ganó notoriedad en 1892 tras intentar asesinar al industrial Henry Clay Frick como acto de solidaridad con los huelguistas de Homestead, un evento que subraya su compromiso con la acción directa y el anarquismo insurreccional. Tras cumplir cárcel por este acto, se convirtió en teórico y propagandista del movimiento, escribiendo ensayos y artículos sobre capitalismo, violencia política y organización obrera. Colaboró estrechamente con Mary Eleanor Fitzgerald en la edición del periódico radical The Blast en San Francisco, coordinando estrategias de comunicación y ampliando la crítica anarquista al capitalismo y al militarismo. Durante la Primera Guerra Mundial, junto con Goldman, se opuso al servicio militar obligatorio y fue arrestado, siendo finalmente deportado en 1919 durante las Palmer Raids a bordo del barco Buford. La vida de Berkman evidencia la combinación de militancia directa, teoría política y acción editorial que caracterizó al núcleo radical que sostenía, junto a Goldman y Fitzgerald, al anarquismo estadounidense de su tiempo.
[vi] “Fitzi tiene la paciencia que nos falta. Sin su mano firme, la Madre Tierra hace mucho tiempo se habría convertido en un grito en el desierto”.
[vii] La No Conscription League fue una organización fundada en 1917 en Estados Unidos por Emma Goldman y Alexander Berkman para oponerse al servicio militar obligatorio impuesto durante la Primera Guerra Mundial. Su objetivo era coordinar la resistencia pacífica y política al reclutamiento forzoso, defendiendo el derecho individual a la objeción de conciencia y denunciando la guerra como instrumento de opresión estatal y capitalista. La organización combinaba propaganda, asesoramiento legal y apoyo logístico a los objetores de conciencia. Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald jugó un papel central como coordinadora de esta red: gestionaba correspondencia, recaudación de fondos, organización de abogados y comunicación entre los militantes encarcelados, sosteniendo así la infraestructura material de la resistencia. La No Conscription League ejemplifica cómo los movimientos radicales dependían no solo de la visibilidad pública de sus líderes, sino de redes de apoyo discretas y organizadas que aseguraban la continuidad de la acción política bajo condiciones de represión estatal.
[viii] “Querida Fitzi, el movimiento se respira a través del trabajo que haces afuera. Mantén las líneas abiertas. Debemos seguir siendo un organismo vivo incluso aquí”.
[ix] A. Mitchell Palmer (1872–1936) fue el fiscal general de Estados Unidos entre 1919 y 1921, conocido principalmente por liderar las Palmer Raids, una serie de redadas contra anarquistas, socialistas, comunistas e inmigrantes radicales durante el llamado First Red Scare. Palmer promovió la persecución de militantes considerados subversivos, organizando detenciones masivas, deportaciones y censura, en un contexto de miedo social frente a la Revolución Rusa y la agitación laboral interna. Su política buscaba desarticular los movimientos radicales estadounidenses, incluyendo a figuras como Emma Goldman y Alexander Berkman, deportados en 1919 a bordo del USAT Buford. Su intervención revela la tensión entre Estado y movimientos radicales en EE. UU. de comienzos del siglo XX y marca un momento clave en la biografía de Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald, quien permaneció en Estados Unidos coordinando la logística del anarquismo mientras Palmer desarticulaba sus estructuras visibles.
[x] El Red Scare o Primer Red Scare fue un período de intensa represión política en Estados Unidos entre 1917 y 1920, marcado por el miedo al comunismo, el anarquismo y otros movimientos radicales tras la Revolución Rusa de 1917 y la agitación social interna en EE. UU. Durante este episodio, el gobierno federal, bajo la dirección del fiscal general Palmer, llevó a cabo las Palmer Raids, redadas masivas contra organizaciones y personas sospechosas de subversión. Muchos militantes anarquistas y socialistas, incluidos Emma Goldman y Alexander Berkman, fueron arrestados y deportados en el barco USAT Buford. Este clima de persecución afectó directamente a Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald, quien permaneció en Estados Unidos, coordinando la logística del movimiento anarquista y asegurando la continuidad de sus publicaciones y redes, mientras los líderes visibles eran expulsados o encarcelados. El Red Scare evidencia cómo la represión estatal puede redefinir las estrategias de resistencia y la importancia del trabajo invisible en la supervivencia de un movimiento.
[xi] El USAT Buford fue un transporte militar estadounidense utilizado en 1919 para deportar a decenas de militantes radicales durante el First Red Scare. Entre sus pasajeros se encontraban figuras destacadas del anarquismo estadounidense como Emma Goldman y Alexander Berkman, quienes fueron expulsados del país tras las redadas dirigidas por el fiscal general Palmer. El viaje del Buford simboliza el punto de inflexión en la historia del anarquismo estadounidense: los líderes visibles fueron físicamente eliminados del territorio, mientras Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald permaneció, asumiendo la coordinación de la red logística que mantenía vivas las publicaciones, la correspondencia y la infraestructura del movimiento. El barco se convirtió así en un ícono material de la represión estatal y de la reorganización estratégica del radicalismo en EE. UU.
[xii] Los Provincetown Players fueron un colectivo teatral experimental fundado en 1915 en Greenwich Village, Nueva York, considerado uno de los laboratorios más influyentes del modernismo escénico estadounidense. Su objetivo era crear un teatro autónomo, independiente del modelo comercial de Broadway, donde dramaturgos pudieran experimentar con formas, temáticas y estructuras sin someterse a las restricciones del mercado. Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald asumió el cargo de directora ejecutiva del grupo a partir de 1918. En esa función, no intervenía en la escritura de las obras, pero administraba la logística: presupuestos, conflictos organizativos, coordinación de miembros y defensa de la autonomía del colectivo. Bajo su gestión, los Provincetown Players funcionaron mediante suscripciones y aportes comunitarios, un modelo de autogestión que reflejaba principios inspirados en el anarquismo: cooperación voluntaria, sostenibilidad colectiva y protección de la libertad creativa. El colectivo se convirtió en el espacio donde surgieron obras tempranas de dramaturgos como Eugene O’Neill y Susan Glaspell, explorando conflictos sociales, desigualdad de género y tensiones psicológicas que el teatro comercial de la época evitaba. Desde la perspectiva historiográfica y feminista, la gestión de Fitzgerald demuestra cómo la infraestructura material —administración, logística, mediación— permite que la vanguardia cultural exista y prospere, trasladando las estrategias del anarquismo político a un terreno estético y cultural.
[xiii] “El teatro debe ser un lugar donde se pueda decir la verdad sin pedir permiso”.
[xiv] Eugene O’Neill (1888–1953) fue un dramaturgo estadounidense considerado uno de los fundadores del teatro moderno en Estados Unidos. Su obra se caracteriza por la exploración profunda de la psicología de los personajes, los conflictos familiares, la culpa, el destino y la alienación social. O’Neill introdujo en el teatro estadounidense técnicas del simbolismo europeo y del realismo psicológico, transformando la dramaturgia de su país hacia una mayor complejidad emocional y social. O’Neill colaboró estrechamente con el colectivo Provincetown Players, donde Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald desempeñó un papel decisivo como directora ejecutiva. Fitzgerald no escribía ni intervenía en su obra, pero garantizaba el entorno logístico y administrativo que permitía a O’Neill experimentar con formas dramáticas y temáticas audaces. Su relación evidencia cómo la innovación artística depende tanto de talento creativo como de la infraestructura que protege la autonomía de los creadores frente a las presiones comerciales y sociales.
[xv] Susan Glaspell (1876–1948) fue una dramaturga, novelista y periodista estadounidense vinculada al modernismo escénico de principios del siglo XX. Cofundadora del colectivo Provincetown Players, Glaspell impulsó un teatro que exploraba temas sociales tabúes, conflictos de género y tensiones psicológicas, rompiendo con los moldes del teatro comercial de Broadway. Su obra se caracterizó por el realismo psicológico y la crítica social sutil, abordando cuestiones como la opresión femenina y la moralidad convencional. Bajo la administración de Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald, Glaspell pudo experimentar libremente en un entorno protegido y autosustentable, donde las decisiones administrativas y logísticas aseguraban la continuidad de su trabajo y de la vanguardia teatral. Esta colaboración demuestra cómo la infraestructura organizada permite que el discurso creativo radical prospere sin depender del mercado ni de la aprobación institucional.
[xvi] Michel Foucault (1926–1984) fue un filósofo y teórico social francés cuya obra transformó la comprensión del poder, la disciplina y la producción de conocimiento en la sociedad moderna. Entre sus temas centrales destacan la genealogía de las instituciones, la relación entre poder y saber, y los dispositivos que regulan lo decible y lo pensable. Foucault señaló que el poder no reside únicamente en el Estado o en estructuras visibles de autoridad, sino que circula a través de redes, normas y dispositivos culturales que producen subjetividad. En este sentido, la gestión de espacios como el teatro experimental —como los Provincetown Players bajo Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald— puede considerarse un ejemplo concreto de cómo se interviene en la producción de experiencia, conocimiento y libertad dentro de un campo social. Su perspectiva permite leer la labor de Fitzgerald no solo como administración logística, sino como acción política y estética: crear entornos autónomos donde puedan existir voces disidentes es, desde la mirada foucaultiana, una forma de disputar y redirigir los flujos de poder en la cultura.
[xvii] Art Power es un libro del crítico y teórico del arte Boris Groys publicado en 2014 que reformula la comprensión del arte contemporáneo desde una perspectiva institucionalista y materialista. Groys argumenta que el verdadero poder del arte no depende únicamente de la genialidad del artista ni de la calidad estética de una obra aislada, sino de las redes, archivos, instituciones y procedimientos que determinan qué obras se producen, exhiben, preservan y canonizan. En Art Power, Groys subraya que controlar la producción cultural —los archivos, las colecciones, los museos y los discursos críticos— equivale a controlar la historia y el futuro del arte. La obra invita a pensar el arte como un sistema complejo de relaciones entre creadores, instituciones y públicos, donde la infraestructura institucional es tan relevante como la creatividad individual. Este enfoque teórico puede aplicarse retrospectivamente a figuras como Mary Eleanor Fitzgerald en la medida en que su labor organizativa y administrativa en proyectos como Mother Earth o los Provincetown Players no solo sostenía la existencia de espacios culturales y políticos radicales, sino que determinaba qué discursos y prácticas creativas podían circular y perdurar. En otras palabras, Art Power ofrece herramientas para pensar la labor de mediación, logística y mantenimiento cultural como formas de poder artístico en sí mismas.
[xviii] Living My Life es la autobiografía de Emma Goldman, publicada en dos volúmenes en 1931 por la editorial Alfred A. Knopf. La obra narra su trayectoria desde la emigración a Estados Unidos hasta su militancia anarquista, las experiencias de encarcelamiento, la participación en movimientos sociales y su vida en el exilio europeo tras ser deportada en 1919.
Link al libro traducido al español:
https://proletarios.org/books/Goldman-Viviendo_mi_vida.pdf
[xix] Alfred A. Knopf es una editorial estadounidense fundada en 1915 por Alfred A. Knopf y Blanche Knopf en Nueva York. Reconocida por su catálogo de literatura, ensayo y no ficción de alta calidad, la editorial se convirtió en un referente de publicaciones intelectuales y culturales durante el siglo XX. En el contexto del anarquismo estadounidense, Knopf publicó en 1931 la autobiografía Living My Life, de Emma Goldman. Mary Eleanor “Fitzi” Fitzgerald actuó como intermediaria entre Goldman y la editorial, gestionando contratos, anticipos y protegiendo la integridad del manuscrito frente a posibles modificaciones comerciales, asegurando que la obra se mantuviera como un testimonio político y no como un producto adaptado al mercado literario. La relación entre Knopf y Fitzgerald ejemplifica cómo las decisiones editoriales y logísticas pueden ser fundamentales para la preservación de discursos radicales, demostrando que la infraestructura material es parte integral de la historia cultural y política.
[xx] “No escribo mi vida por entretenimiento, la escribo como testimonio de lucha”.









