Toda revolución tiene su Danton y su Robespierre

La Revolución Francesa no sólo marcó el comienzo de los tiempos modernos y el fin de la era monárquica, sino que se convirtió en el paradigma de todas las revoluciones. Por eso, cada una de ellas tiene un Danton y un Robespierre, su Trotsky y su Stalin, su Saavedra y su Mariano Moreno…

Toda revolución se inicia con una comunión de ideas que lleva a un grupo al poder, pero inevitablemente surgen diferencias. Antes de acceder a éste, esas diferencias parecían minúsculas o meramente semánticas, pero con el tiempo terminan sembrando enemistades y odios entre fracciones. Con el tiempo, resulta muy difícil saber cómo y cuándo surgieron esas divergencias, que sólo son analizadas por historiadores, quienes registran el fervor opositor y los castigos violentos. En este caso, tanto Danton como Robespierre terminaron sus días en la guillotina.

Conocer los acontecimientos nos permite comprender las claves secretas de la trama que, con variables, se repite en cada movimiento revolucionario.

George Jacques Danton y Maximilien Robespierre eran abogados talentosos, hijos de familias burguesas, que compartían las nuevas ideas contrarias a las arbitrariedades de la justicia monárquica y bregaban por la representatividad de las masas a través de una primitiva democracia. 

Ambos se conocían y se profesaban mutuo afecto. De hecho, se conserva una carta de condolencias por la muerte de la esposa de Danton, firmada por Robespierre con un “te quiero más que nunca y hasta la muerte, palabras que hoy suenan cínicas.

Danton, un hombre corpulento, con el rostro marcado por la viruela y voz atronadora, se convirtió en un personaje popular cuando, durante la toma de Bastilla, arengó al pueblo para enfrentar al ejército monárquico.

Por su oratoria lo llamaban el “Mirabeau de la alcantarilla”. Fue un político de ideas republicanas y fundador del “Club de los Cordeliers”, una sociedad que representaba al grupo más humilde de los sans-culottes.

Danton tenía un talante conciliador y solía intervenir como mediador entre los grupos dominantes de la Asamblea: los jacobinos, de políticas más radicales, y los girondinos, más moderados.

Mientras se desempeñaba como ministro de Justicia, llegó a París la noticia de la caída de Verdún en manos de los ejércitos prusianos. Ante la posibilidad de un retorno a la monarquía, una turba enardecida atacó las cárceles de París, atestadas de nobles que esperaban ser enjuiciados, ocasionando la muerte de más de 1.100 reclusos. Si bien Danton no había dado la orden, tampoco hizo mucho para evitar la masacre.

Ante la amenaza exterior, instó por todos los medios a reclutar ciudadanos a fin de defender la ciudad. “¡Audacia, más audacia y siempre audacia, solo así salvaremos a Francia!”, proclamó.

Con las tropas reclutadas y la audacia propuesta, los franceses lograron rechazar a los prusianos y conquistar Bélgica.

Estando en Bruselas, Danton recibió la carta de su amigo Robespierre comunicándole la muerte de su esposa. Para cuando llegó a París, ella ya llevaba cuatro días enterrada. Aun así, la exhumó y llevó un escultor para hacer una máscara mortuoria. Apenas cinco meses más tarde, se casaba con una joven de 16 años.

Por su relación con generales desertores como Dumouriez y por su fastuoso ritmo de vida, Danton fue acusado de monárquico y corrupto, expulsado del Comité de Salvación Pública y reemplazado por Robespierre. 

Cansado de la política y de las críticas de los seguidores de este último, declaró: “El que odia los vicios, odia a la humanidad”, y se recluyó en su casa de Arcis-sur-Aube, en las afueras de París.

Sin embargo, hasta allí llegaban los lamentos por la campaña del Terror impuesta por sus antiguos aliados. Ya no solo eran víctimas los nobles y aristócratas, sino que las diferencias entre los propios revolucionarios también eran motivo para poner a funcionar la máquina que falsamente atribuían al doctor Guillotine.

Danton volvió a París y encabezó al grupo de indulgentes, quienes creían que había llegado el momento de detener el horror. Muchos amigos le advirtieron que su vida peligraba, más aún cuando se opuso a la ejecución de María Antonieta; pero, con la soberbia y audacia que lo caracterizaba, desafió la posición de Robespierre.

Una mañana de marzo de 1794, tanto Danton como su amigo Desmoulins fueron arrestados, acusados de traición y enriquecimiento ilícito. A pesar de su elocuente defensa, su suerte estaba echada. El 5 de abril fue el último de los quince condenados en ser decapitado.

Tras presenciar la muerte de sus amigos y compañeros, Danton subió al cadalso con orgullo y, mientras preparaban la guillotina, se dirigió a Sansón, el verdugo, y le dijo en voz fuerte y clara, para que no hubiesen dudas de que afrontaba la muerte con la audacia que lo caracterizaba: “Mostrad mi cabeza al pueblo, será digna de verse”.

Tres meses más tarde, Robespierre corría la misma suerte después de haberse resistido a ser arrestado. De esta forma, se cumplía la profecía que Danton le había hecho: “El primero de los dos que caiga arrastrará al otro y hará caer a la Revolución”.

La figura de Danton fue olvidada por un tiempo. Su venalidad no podía ser negada, al igual que sus discutibles acciones durante los primeros años de la Revolución.

Después de la aparición de la Tercera República Francesa, tras la derrota de Sedán en 1871, el relato de los nuevos actores necesitaba héroes revolucionarios que hubiesen defendido la incipiente y efímera Primera República. 

Sus escritos, su prédica conciliadora y su defensa de la democracia convirtieron a Danton en un prócer, de aquellos que se necesitan para sostener los ideales republicanos.

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